Las convenciones del género

Se trata de asumir la necesidad higiénica que representa toda mudanza. Todo aquel que se considere libre debería mudarse un par de veces al año. De tal modo se ejercitaría en el hábito del viaje, que según es fama produce alguna apertura mental; no llevaría consigo más que lo elemental para su subsistencia, lo que haría lugar a más aire para respirar; se educaría en la provisoriedad y sabría que es mito gastado aquello de «echar raíces». Eso es cosa de árboles, y así les va.
El suscripto se declara limitado en cuanto a sus posibilidades de mudarse. El magro sueldo estatal lo aleja de las empresas inmobiliarias y, no obstante eso, lo acerca a lo que algunos llaman inestabilidad emocional, aunque el argot de la calle es un poco más cruel con los inestables: chapita, tiro al aire, colifato, son los nombres que la gente erige como frontera. De acá para allá, todos cuerdos; de acá para allá, todos locos.
El costo más caro de la locura es perder a los amigos. El camino a golpes de muerte nos enseña a separarnos y eso duele. Por eso quizá duela un poco más que alguien se vaya por voluntad propia, sin decir chau, estuvo bueno, o fue una pena, no hiciste más que defraudarme.
La amistad es una planta muy frágil: hay que regarla a diario o abrigarla con una red de hipocresía que la ponga al cuidado de los vientos fuertes y los bichos de jardín. De otro modo no escapará a la condición del que la forja: será efímera y no dejará ni una huella miserable. Cuando alguien a quien valoro se aleja de mí, no evito la congoja. No es cierto que los vacíos son definitivos por definición, pero esa alternativa se ofrece como una angustiosa posibilidad. Ojalá los seres humanos fueran fungibles como los perros y las ausencias fuesen borradas a gusto del consumidor.
Al que no pueda mudarse de casa le recomiendo cambiar de opinión, mudar de piel, como yo le llamo. Los cuerdos, los que están del lado de allá, los hipócritas, se espantan de ver la piel desgarrada por el sol. Su mirada es corta. No pueden avizorar que con el resto de piel quemada vendrá la nueva y otro será el cantar. No saben que lo que quema es el sol, la verdad, la vida. Claro que uno puede escoger otra cosa: usar pantalla solar, caminar por el lado de la sombra, gastar siempre la misma piel, estarse al cuidado de la verdad que ciega, preservarse en una armadura de frases de ocasión que nunca hieran, que nunca inquieran, tener un manual de excusas para estar siempre al margen de toda discusión.
Sólo aquellos que ven a los otros hombres como medio (y no como fin, como quería Kant) no se dejan llevar por la piel chamuscada pronta a mutar. Es que debajo está el hueso y él no cambia ni a costa de gastarse. A los otros, sin embargo, los admiro en su esfuerzo de construir castillos de naipes. Me atrevería a decir que los envidio: si yo supiera mentir con método escribiría novelas y acaso con eso fuera feliz.

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