hombres de barro

Para darse cuenta de que uno es un energúmeno no hay que mirarse al espejo, mejor mirar cómo nos trata la gente, no los de trato habitual porque con ellos, mal que mal, se crean códigos de tolerancia que van desde la más edificante amistad hasta el desdén que se tiene por las cosas diurnas, las que no deparan ningún misterio o, para mejor decir, ningún interés.
A continuación voy a hablar de un sujetos de esos a los que (oh fortuna!) veo esporádicamente. Cada vez que tropiezo con él es un mal momento o está en vías de serlo. Aunque esté en la feria escogiendo las menos peores cebollas, ahí se arrimará él con su sonrisa de tipo mal nacido, presto a estrecharme la diestra, darme una palmada, decirme cómo le va, contador. Veníamos bien, pero qué necesidad de nombrarle a uno la profesión. Que a uno le llamen por el nombre de pila o el apellido es un placer que queda en un segundo plano en el caso de los poetas o los carpinteros, en cambio no hay necesidad alguna, no la concibo, de enrostrarle al tipo ese mote para toda la vida. Quizá la culpa no sea de la profesión misma sino de la errónea apreciación que tiene la gente de a pie acerca de ella. El incidente basta para que las tres doñas Rosa que están en el mismo trámite que yo se volteen con violencia a ver quién es el agraciado y y propinarle a uno esas miradas crípticas que le van igual a un ex convicto que al dueño de la fama del torero. Encima el amigazo ya se está haciendo conocido y no por sus emprendimientos. Cuentan cada cosa que mejor dios me aparte, pero dentro de todo son habladurías. Aquí suele creerse livianamente que la sexualidad licenciosa, el consumo de drogas o alguna extravagancia de ese estilo es patrimonio de la juventud que ya no tiene remedio. Qué va!.

Debí pararle el carro a la primera de cambio, pero qué iba a sospechar yo que un tipo tan amable, con una estampa de entrepeneur me resultaría de tal tedio. No es, quiero convencerme, un mal tipo, sólo que la ha pintado la cincuentena y aun goza de buena salud el espíritu de emprendedor de un niño inocente, lo cual no es malo para él sino para uno, que termina siendo la oreja de sus disparates.
Ahora que me detengo a pensarlo, de aquella primera vez mucho no recuerdo pero nunca olvidaré la vez que me dijo: contador, tengo un negocio para usted que le viene de perillas, ¿me daría cinco minutos de su precioso tiempo?. Naturalmente era viernes, yo sabía que Elena y Mariana se encargarían de tener todo al día para el lunes, de modo que sólo restaba pasarlo bien en lo que quedaba del día y después sí, no digamos la loca jarana, pero sí un fernet, unas fichas en la ruleta, algo necesariamente superador de las medulosas planillas o la lectura de las novedades impositivas. Sí, le digo, pero tenga la amabilidad de ser breve, que seis en punto tengo otros compromisos. Quitarme la pelusa del ombligo, me dije para mis adentros.

Pues bien, me han dicho que usted tiene un matadero, ¿cierto? Lo que yo tengo para ofrecerle es una fuente alternativa de ahorro en lo que a fuerza motriz se refiere. Esto no ha tenido mayor difusión por el momento porque como es de imaginarse, hay unos pocos avivados que hacen una millonada con lo que usted consume en su empresa, yo en la mía, en mi casa, vamos, todo el mundo en este mismo momento y en todas partes. Pero al grano, se trata de un pequeño dispositivo, espere que le muestro, a ver, aquí, como el de esta figura, que se instala en el medidor de la energía eléctrica… Un momento, le dije, usted se refiere a un mecanismo para alterar la lectora del consumo?. No, no exactamente. Entonces cómo es que opera. No se intranquilice, contador, yo pretendo la brevedad pero no deja que desarrolle el concepto. Este pitorrito que usted ve acá, colocado en un lugar estratégico de su medidor es capaz de interceptar el circuito. No tenga miedo, nadie podría notarlo.

Le rogué que se mandase a mudar con buenos modos, aunque no me faltaron ganas de darle una buena pateadura. Está bien, ejerciendo esta profesión más que en ni ninguna otra, uno está expuesto a que lo consideren un delincuente en potencia, pero nadie tiene la menor idea del esfuerzo que representa sacarle el máximo jugo a la ley para después intentar cobrarle los honorarios al bendito cliente. La ecuación es simple: un tipo cae con el rabo entre las patas, el fisco le quiere rematar la casa, fenómeno, por bueno no ha de ser, lógico. El tipo no pago antes. Tampoco quiere pagar ahora. Y encima quiere zafar gratis. Entonces uno se convierte en un perfecto garca, que suda corbatas italianas no para estar más presentable sino como jactancia de sus dineros mal habidos. Qué gente, por favor, dan ganas de… Bueh, se sabe. Y entonces los abogados qué?, y los médicos? Encima hay que exponerse a que caiga este muchacho y con un guiño cómplice quiera sacarme unos mangos, y a cambio de qué? A cambio de que yo robe a mi nombre para que después el hampa mismo con el antifaz de la ley me quite hasta lo que no tengo!, pero si está visto, todos están locos.

A un tipo de moral todo terreno, como el que suscribe, ya nada le sorprende en la esfera del estado. Nada. Ni siquiera encontrarlo al referido sujeto embaucando viejas. Parece que ahora ofrece un barro que rejuvenece la piel. No es cualquier barro, según le oigo decir, es del fondo del río Quemquemtreu al que nuestros antepasados mapuches veneraban como fuente de eterna juventud y qué sé yo. Quien sepa de qué río estoy hablando corre severos riesgos de que se le disloque la mandíbula. Me resisto a creerlo. Después del fracaso de su proyecto de ahorro eléctrico y de otros varios que me da pereza enumerar (delivery de líquidos, establecimiento helicícola, revista de compraventa de cosas usadas) es para caerse de traste verlo así, tan suelto de cuerpo en el medio de un pasillo ministerial. Siendo como es, me la veo venir: o se consigue un socio capitalista, o un crédito de esos que nadie paga o, la jeta se me haga a un lao, le ofrecen algún cargo.

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