lengua, derecho y reveses

I

Me sé el tipo menos autorizado para hablar de extranjería en tanto no he tenido jamás la necesidad de tramitar el pasaporte. Todos mis vuelos han sido cortos y no demasiado lejos de acá, así que de mucho de lo que dicen que pasa me entero por la televisión (cuando tenía) o por la radio.

Y crecer en este lugar, la patagonia, tan poco amigable para quedarse a vivir, que se ofreció y se ofrece como una promesa de ventura a miles de gentes que vienen de otros lados, no me inculcó un sentido de patria como el que pretendían enseñar en las escuelas en mis tiempos de educando.

Al contrario, siendo un paisano de cada pueblo lograr la identidad colectiva siempre ha sido una quimera y no veo ninguna razón para que eso cambie. Tal vez por el carácter recio del clima o por la condición de escapados de alguna parte que tienen sus habitantes, la idea de sociedad y cultura luce más borrosa que la que presentan los sociólogos.

Entonces el tipo que mira fijamente las cosas no puede otra cosa que sentirse extranjero y a falta de una tierra que añorar o de una deuda por saldar se convierte, sin remedio, en un exilado de ninguna parte.

II

Una posición que me gusta adoptar es esa que dice que la patria es el idioma.

Muchas extrañezas cotidianas encuentran una explicación en eso de convivir manejando distintos códigos de comunicación.

Sucede en mi propia casa. Cada día la posibilidad de entendernos trepa a un techo inalcanzable y no queda alternativa más que contentarse con aproximaciones que a nadie satisfacen.

La jerga del oficio de mi padre, la lengua de origen de mi madre, el insondable lenguaje que cabalgan mis hermanas adolescentes y mis lugares comunes de universitario no se han llevado bien nunca o tal vez sí, cuando el árbol no era más que un delgado tallo pero a ese punto no hay modo de regresar.

III

Esta reflexión surgió del disparador que cité hace un par de días: ya no sé ni la lengua que hablo y todo es culpa de mi vocación de abandonar la comodidad de la playa y adentrarme en otras profundidades.

Fatigados hasta el cansancio ciertos tópicos la necesidad de exploración se impone como un deber y en lo que a mí respecta no me resisto a la tentación de meterme a todo terreno que me resulte borrasca.

Tal vez por eso me gusta el derecho. O bien será que opté por ese capricho estéril de cansarse bien para dormir mejor.

IV

No hay derecho ni ciencia jurídica sino otra lengua. Una lengua caprichosa que se vale de las palabras que a cualquiera le resultan familiares pero les da una coloratura diversa para lograr su propósito: incurrir en la grosería permanente pero hacerlo con elegancia y a su vez lucir áspera con la delicada fiereza de cosa rústica en constante ebullición.

Precisamente ese desorden intrínseco de las cosas cuando crecen es lo que me deleita. Quien crea dominarla y se descuide en poco tiempo la pierde.

El hablante no iniciado titubea, trastabilla y a menudo retrocede cuando no logra dar en el blanco fijado. Es que el flechazo es devuelto prontamente y con precisión.

V

Por eso la timidez del que hace sus primeras armas y en vano esconde su rostro para ocultar el rubor. La piel debe hacerse dura en el tropiezo. No hay mesías ni padrinos. No hay soporte técnico ni una ambulancia con tan sólo un golpe de teléfono.

Existe la posibilidad de la sonrisa. Siempre estuvo. Pero eso no obsta a la cruda realidad: estamos solos.

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