rompiendo mitos urbanos

No había caso: más entretenido que quitarse la pelusa del ombligo resultaba mirarse en el espejo ensayando poses de femme fatal, sintiéndose la reina aunque más no fuera del módico baño. Tal vez no fuera casual que se regodeara en un ámbito tan pequeño pero dicen los que saben que es mejor ser cabeza de ratón que cola de no sé qué. Lo triste del caso es que no se verificara en los hechos aquella máxima del corto de vista que dice que todo cambia según se sea capaz de sostener la mirada el tiempo suficiente para que el objeto en cuestión reduzca su tamaño y se adapte a la forma deseada. Ella deseaba una nariz decente, por decirlo así, algo que fuera conteste con su cultura de esmeril, un garbanzo, que para gorgojos tenía unos mocos muy orondos por toda decoración y sabido es que quien cultiva los esmeriles se queda estrecho en las horas cátedra que mansamente debiera dedicar a aprendizajes urbanos como higienizarse el napio. Lástima que lastima que nadie la ponga al tanto de lo que sucede fuera de su habitáculo y que funde un modo de pensar, o algo más o menos así, en la cara del barbeta que ha quedado muerto en las remeras de tantos que, como ella, no saben limpiarse ni los mocos.

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