re, faaaaa, síii!

Este opúsculo va dirigido al público polaco que lee este weblog. Uno nunca sabe si son muchos en realidad, pero el álea de la barrita superior de blogger es capaz de inesperados milagros.

El objeto en cuestión es la sílaba “re” en cuanto a su utilización como prefijo. Comúnmente alude a repetición aunque la usanza de los adolescentes de otro tiempo (esos inocentes vanguardistas que hablan el idioma del futuro) sirvió para que dotar de énfasis, en primer lugar a los adjetivos calificativos, y luego a todo cuanto se les puso delante. Era bastante feo escuchar decir “Fulana es relinda”. Peor resultaba “te fuiste al recarajo”. Pero decir “me refui” es directamente horroroso.

Sin embargo, que una palabra cualquiera se inicie por la sílaba “re” no siempre implica que quiera referirse a una repetición ni a una un significado dotado de un suplemento de intensidad. Así como renuncio no es igual a dos o más veces nuncio ni remonto es lo mismo que montar intensamente, la palabra resentimiento tiene bien poco que ver con sentimiento. Esta lengua que habitamos no es tan lineal como para subestimarla de ese modo.

El sentimiento es difícil de poner en palabras. La poesía nace en esa dificultad y en la idoneidad de un puñado de elegidos de reducir a palabras eso que pasa por las venas. Pero por salir del paso digamos que sentimiento es la reacción del todo humano al estímulo del contexto. Se puede sentir tristeza, desazón o furia según se nos haya muerto alguien cercano, nos enteremos de la reelección de W o demos nuestra nariz contra alguna injusticia callejera. Esa reacción no guarda relación con ningún cálculo previo que pueda hacer la persona respecto de la perfecta medida que le cupe a un episodio eventual.

El resentimiento es muy otra cosa. Superado cierto umbral de la vida la frustración se filtra en lo cotidiano y el individuo actúa con una pesadez de movimientos que retroalimenta a ese estado de insatisfacción. Siendo el tiempo unidireccional y nuestra estancia en estas soledades una cosa pasajera, es natural que la frustración asalte a la generalidad de los individuos pero no siempre reviste la aptitud para situarse en el ámbito de las patologías.

Si viniéramos al mundo armados sólo con una bicicleta nadie podría arrancarnos la esperanza de alcanzar la luna mediante un trayecto lleno de ventura, mas la desgracia y las leyes de la física y la biología no permiten tal empresa. Cuando se está más cerca del fin más fuerza cobra la imposibilidad sin que esto justifique ningún asombro.

Al alcance de nuestra mano tenemos el antídoto. Se trata de no de comparar quién puede ir más lejos sino de disfrutar del pedaleo pero nuestra propia naturaleza algunas veces nos traiciona y nos da por medirnos con la vara que a otros les corresponde. El que apenas alcanzó a dejar atrás a las calles de su pueblo siente envidia del que le sacó un par de kilómetros de ventaja en razón de la ventaja misma y eso no resulta óbice para que también se fastidie por la conducta del que decidió cargar su bicicleta al hombro y volver al origen. Perdió de vista su propia acción, juzgó los andares ajenos y multiplicó su desconsuelo de un modo tal que le espera la suerte del caballo pialado: no avanzar, caerse, justificarse, maldecir.

Dicho de otro modo: nadie es dueño de administrar sus sentimientos. Ni siquiera de entenderlos acabadamente pero sí puede elegir no ser un resentido. Nadie puede refugiarse en la jactancia de que nada le ha pasado como para despertar el sentimiento. El que lo haga muy probablemente haya maleducado su vista y saque conclusiones como las hormigas que sólo pueden ver las cosas pequeñas y sin embargo son enteramente ciegas a lo que es grande. La capacidad de lidiar con la palabra es la que pone la precisa frontera que no se puede franquear. En cambio el resentimiento es una enfermedad letal que aparece en el exacto momento en que uno hace de la virtud ajena su propio error.

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