una mirada sobre la mirada

Apenas el cristiano nace se voltea hacia los pequeños rudimentos que lo pondrán a salvo de los tormentos que lo amenacen y en ese crucial giro que tiene lugar apenas quita su cabeza del limbo cuenta, en la gran mayoría de los casos, con el fundamental socorro de sus ojos.

En un principio la amenaza se circunscribe a un pequeño distrito que no excede de un palmo, pero demasiado pronto va extendiendo sus dominios y se entrega con algún desconcierto a los colores, violentos los unos, tersos los demás, imperceptibles unos pocos, acaso el domicilio de peligros inauditos, inexorables y, al fin, fatales si el gabinete no estuviese bien provisto de otros herramentales menos rudos pero de mayor detalle.

A nadie escapa que todo instrumento que se precie de bondad guarda dentro del velo epitelial una mayor o menor vocación por el daño. La medida en que esa potencia deja paso a la concreción suele ser un factor exógeno al análisis y esa condición nos releva en esta ocasión de mayores indagaciones.

La menesterosa biblioteca en la materia atestigua que todos los ojos desean herir pero por fortuna son bien pocos los que poseen esa idoneidad. Peor aun: es tan vasta la ignorancia que no hay autor que nos haya esclarecido sobre el origen y la evolución (si es que la hubiera) de la alianza entre la óptica y el factor hiriente. En el terreno de la ignorancia han germinado las previsibles teorías antagónicas sin mayor elucidación teórica: ¿ojo punzante se nace o se hace?. Nadie puede afirmar ni lo uno ni lo otro si no es sobre las arenas de la suposición infundada.

De estos asuntos charlaba yo con una piba que conocí en el colectivo esta mañana.

Uno que no tiene mucho de lo que hablar siempre se ve tentado a mirar algo como quien busca gambetear los inacabados jarillales que escoltan el ir y venir de la ruta nacional 25, uno que tiene especial predilección por las tetas cuando son jóvenes y la suficiente imaginación para adentrarse en camisa, suéter y campera -si es que hiciera falta- con un golpe de mirada errático como el vuelo de un mosquito y, ora descubierto, difuminar la perspectiva de modo que el insecto parezca posado en un inocente botón, en una carpeta o en la columna Necrológicas del diario Jornada, haciendo las veces de la nada, como perro que tiró la olla. Y del otro lado ella con la piel interpelada por el volido caprichoso de un estilete que se fija en el vericueto extraño, toma las medidas, saca conclusiones, y de un golpe le urge anoticiarse del acontecer: qué datos, qué destino.

Hola ¿A mí? Si, a vos, te felicito por el ingenio puesto al servicio de…

Mirar puede herir, ya lo sabíamos, pero reconciliar a la mirada con el cuerpo del delito… Eso ya es otro cantar.

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