justicia y mano propia

Tampoco en los dominios de su majestad la justicia llega con la premura que requieren los que necesitamos de su auxilio.

Hay que templar la víscera para no entregarse manso a la derrota de saber que aquí como allá la balanza está en las sucias manos de cipayos que se queman las pestañas para preservar el actual estado de cosas, este régimen que bendice sus bolsillos y el valor de las participaciones accionarias de la logia de mal nacidos que nos gobierna.

Quizá huela distinto el almidón de sus ropajes, su teatral solemnidad, la jactancia de saberse la proa del mundo. También es diverso el tarifario.

Y a pesar de la secuela, de la convivencia irreparable con el recuerdo salado que se mete en la herida abierta, de sus ropas, de sus cartas de amor trunco, de la neumonía que duró todo el pasillo hasta la última puerta, y a pesar de mí y la minucia de juntar los pedazos del cristal roto, la convicción de la voluntad puede ser más fuerte que la muerte.

Por eso cuando escuché la otra voz, la gemela, cifrando su esperanza en una criatura por venir, recordé que la justicia no ha de ser un remedio tardío ni un gesto de compasión con el resignado que está borracho de esperar. Justicia es ir a buscar con nuestra propia mano lo que nos pertenece.

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