nacer

Un día de esos que cae encima de uno como una topadora y entones uno se borra de los lugares que suele frecuentar con la antelación suficiente para que nadie lo eche en menos pero en un día de notificaciones cómo hacer para montar una excusa sólida para ausentarme de esa reunión. En eso pensaba cuando me encontré parando el taxi del Chivo Saez, amigo como pocos, bah, no tanto, conocido de mi viejo durante los años dorados y dueño de un poroto en su currículum vitae que nadie envidia pero yo valoro desmedidamente: él fue quien cargó en la calle a mi madre parturienta bajo las llamas del sol serrano el día en que nací y eso bastaba para fundar un vínculo inexplicable, de esos que no se trazan en palabras sino en gestos, y para gestos ya no habría ninguno que superase aquél. O al menos eso pensaba yo mientras le estrechaba la diestra y dejaba caer las palabras de rigor:

-Qué calor, la putísima madre que lo parió.

-Ha de ser la presión atmosférica, chivo querido. Según tengo entendido cuando baja la presión el aire se pone pesado y nosotros actuamos como energúmenos.

-Jorgito querido, vos sabés que yo no creo en esas cosas. Te lo dice un energúmeno ajeno a las circunstancias atmosféricas. ¿Dónde vas?

-Al café Tribunales.

-Acá a la vuelta… Bueno, esperá un poquito y charlamos a la sombra y después vamos.

-No seas gil, venite con los muchachos, se pone bueno, te cagás de risa y de paso nos comemos el mejor churrasco del condado.

-Esto te lo quiero contar sólo a vos, así que te agradezco mucho. A lo mejor otro día.

Por el tonito adiviné que estaría por pedirme guita prestada o algo así. No solíamos charlar demasiado. Treinta años nos separaban y sólo las corbatas nos juntaban. Ese era su toque de distinción entre la polvadera. En mi caso no, yo me he vuelto un yuppie hecho y derecho y si no ando en auto es porque acá queda todo cerca y además tengo miedo de que si dejo de caminar el culo me quede de tamaño familiar.

-Sí, decime.

-No sabés la que me pasó. Me apareció una hija.

-Sí?, chiquita?. Acá?

-No, nada que ver. En Punta Alta. Viajé hace cosa de dos meses. Toda la vida habían estado buscándome con su mamá. Fue un fato de esos que pintan en los ratos de aburrimiento y la carne es débil y qué iba a pensar yo que pasaría de ahí.

El Chivo vivía solo desde hacía muchos años. Con veintipico de años de casado su mujer se había cansado de sus amigos y de la timba así que hizo la valija y lo dejo en pelotas. No tenía a nadie y se la pasaba laburando. No creo que lo apurara la necesidad de guita tanto como charlar con la gente, parecer ocupado.

-La piba tiene tu edad. Vieras lo hermosa que es. Una cosita hermosa, chiquitita y el pelito se le vuelve sobre la cara…

…como si el pelo tuviera alguna envidia de la belleza de la cara pensé yo mientras desenfundaba el tabaco y le ofrecía.

-A mi edad, padre de nuevo, no tenés idea de cómo me siento.

Claro que yo no tenía ni la menor idea pero le veía el brillo en los ojos, la emoción con que me lo contaba justo a mí, que era casi como un hijo para él.

Casi le digo que no me llevé nada al café. Tenía ganas de comprarle una flor a Grichi y emprender la búsqueda desde ese mismo momento.

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