para el lunario/2

Si un perro como Lou Reed es capaz de cantar Satellite of love cómo es que yo no puedo articular un par de frases que testimonien mi culto por las lunas que son señuelo de ese planeta. En el fondo es así, lo atractivo posterga lo esencial y el periscopio se detiene en los satélites y se olvida del planeta que los contiene con circunspecta gravedad. Y el crecido ojo echa de menos al tacto pero se sueña topógrafo y el sueño es delicado incluso en esos confines en que se asoma la vigilia y el estiletazo solar perfora la resistencia y el camino más corto es argüir las razones de una venganza que siempre es corta, tardía, baladí. Es preferible, por no decir inmediata consecuencia, abocarse a los adentros, a los recovecos del planeta, a escrutar orografía, trazar mapas con sus ríos y detenerse en la silueta de esos mares que parecen de agua y quizá sean sólo la vana esperanza de trazar un paralelo entre este mundo y ése, qué aburridos los mundos, qué simpáticos sus distritos laterales, sus recodos, sus promesas erigidas sobre las arenas de la ignorancia, qué tentadora es la sospecha de que casi todo lo que pueda suceder allí es mejor que aquí. Pensar por ejemplo que sea posible la orfandad del tiempo y la abolición de lo sólido para que al fin todo sea una masa mutable, inescrutable, viscosa. Pensar en que cada luna pueda escindirse, brillar con la luz de su propio latido, capturar para sí lo rosado de la estrella sin temer que la ebullición allá se la muerte de acá.

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