el viaje

Pasan los días, pasan como los colectivos, unos detrás de otros, con más o con menos gente, con el mismo apuro cuando uno los corre, con la misma calma cuando uno los espera bajo la garita que no alcanza a servir de reparo.

Y ya son casi dos años en que me mudé cerca de la Terminal. De ahí salen todos los colectivos. Que estén vacíos es una ventaja apreciable en mi caso, que estoy a media hora de viaje hasta mi trabajo y tengo unas várices que no me dejan estar demasiado tiempo parado.

Desde que me mudé traté de armarme un mundo sobre la ventaja de tener cerca de la terminal y unas de las primeras medidas que tomé fue restringir el uso de esa palabra detestable. Empecé a llamarle estación, como le llamaban los lugareños a la parada del tren, que por cierto me hubiese quedado cerca sino fuera porque acá lo que han sido los rieles del tren son más una ocasión de visita al museo antes que un medio de transporte.

Odio la palabra terminal. Supongo que gran parte del odio se asienta en que no me siento especialmente preparado para terminar con nada, como tanta gente en estas latitudes, entonces no es casual asociar esta palabra a la enfermedad que lo va comiendo a uno poco a poco. Terminal es el calificativo cuando el cristiano tiene fecha de vencimiento aunque esa fecha siga sin ser cierta y el tránsito se hace cada vez más lento.

Si morir es algo que a todos nos va a alcanzar en algún momento más o menos cercano difícil comprender por qué ese castigo de que los días transcurran más lentamente cuando uno debe convivir con esa fecha malévola que se desplaza lentamente en los calendarios. Da la impresión de que los días avanzan de a dos y la fecha de vencimiento de a uno. Al menos eso para el que padece la enfermedad; para el resto, para el que fue su grupo de pertenencia cuando se lo consideraba un par, para la familia, para los amigos, es como si los días no pasaran, salvo por esa pesadez en los movimientos, por el énfasis de los dolores, por la amarga melancolía de los días en que casi todo era posible.

El 27 de setiembre dejó de sufrir doña Mercedes. No sé, ni quiero saberlo, cuántos han sido los meses en que ha vivido postrada, viendo como el brazo era cada vez menos brazo, como el pecho era cada vez menos pecho, como la pesadumbre de sus hijas que la cuidaban se iba haciendo más tensa, como si la agonía fuera de ella, y el brazo y el pecho; y la muerte fuera una transición, no un estadio definitivo.

Y acá a la vuelta la estación, vendiendo boletos a otra parte, la ilusión de desprenderse de esta herida aunque fuera cada vez más caro y uno esperando que se haga la hora de partir, con cierta impaciencia, un poco por uno mismo que está apurado, y mucho por la impaciencia de los que están detrás en la fila.

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