rolar

Va Rolando de tapia en tapia como cada tarde, pasando revista a la cuadra, eligiendo un lugar donde el sol pegue suavecito para echarse como dios manda. Debe saber que lo miro y toma precauciones, apura el tranco, enarca el lomo. Cómo es que puede saberlo todo un bicho así y yo que me he quemado las pestañas estoy chupando la condena detrás de una reja. El, allá, la libertad de ser el dueño, o de hacer de cuenta que, aunque a mi me asiste la sospecha de que él ha estado aquí desde siempre, antes de que se levantaran estas casitas y esto dejara de pagar un suculento impuesto inmobiliario por ser un baldío, mucho antes de que la vieja Hortensia me alquilara esta pocilga. Sí, ahora todo me cierra: siendo el único que no le da pelota es entendible que me haya mandado un plomero a romperme todo el azulejado del baño, que se haya roto la termoculpa del calefactor, que los mecheros de la cocina estén trabajando a mitad de reglamento. Yo en realidad no es que no quiera a los gatos, al contrario, los envidio. Esa indiferencia me resulta fascinante. Si uno fuera capaz de tomar distancia de lo inmediato como quien se corrige el peinado, de administrar el olvido con mano férrea, si no le importara despertar el vecindario cortejando a la más puta del barrio, si la ducha cupiera en un puño, si los años no poblaran este cuerpo de arrugas y de llagas, si fuera posible preservar la voz y reducir la verdad a una sola palabra, en ese caso -y sólo en ese- seríamos dioses y no ánimas en pena.

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