El primer día de todos los demás

Esta es la anotación que nunca quise escribir, la que tienta mi solemnidad, la que pone a prueba mi capacidad de sacar fuera el componente más visceral de un hombre, de un hombre que escribe si de ser exactos se trata. ¿Por qué lo hago? No lo sé a ciencia cierta pero supongo que las personas normales no se aguantan tener esto en la garganta y andar por la calle como si nada pasara. Yo no soy normal. Lo que me quedaba de normalidad lo despilfarré en los años en que mi economía dubitativa me confinó a una pensión de mala vida. No digo de mala muerte quizá porque hasta este momento no había tenido ocasión de tutearme con ella. Y llegado ese momento, a las verdades más gastadas, a las palabras más manoseadas, a los lugares comunes donde nos llama cierta religiosidad, a todos ellos les cae un violento y helado baño de humildad. Pasa que puesto en esos zapatos uno descubre que ha destinado una vida entera a los lugares comunes, se mira al espejo y ve a un lugar común, una obviedad de esas que de tan repetidas comienzan a esfumarse ante lo novedoso.

Y a poco que comienzo a desplegar esta idea, me veo como cuando comencé esta bitácora (hace generosos quince meses): estoy poseído por ella de tal modo que me resulta imposible domesticarla, cobra vida propia, invade mis actos, se regodea en las noches empujándome al mismo insomnio de siempre, sólo que esta vez mis ojos manan un par de ríos salados.

No resulta casual la mención de aquel comienzo. En ese invierno tenía la mitad de las sensaciones que provoca la escritura: la ambivalente hoja en que atormenta y desatormenta en su cíclico andar. Tuvieron que pasar muchos meses para que yo cayera en la cuenta de lo que pasaba del otro lado: otros con inquietudes similares a las mías se interesaban por esos rizos que el viento enredaba más de lo que el buen gusto aconseja. Y eso no era del todo extraño. Con ellos compartía inquietudes de talante parecido y el componente afín empuja a alistarse en la trinchera común.

Sin embargo la catarsis cotidiana (no por eso exenta de honestidad intelectual) llegó en el momento menos pensado a los ojos de alguien que lo necesitaba como el aire. No fue casual: para alguien de habla inglesa y doctorado en Bellas Artes el título Patagonian Review resultó seductor en la lista de enlaces del crédito local, el Hotel Céline. Y desde que lo supe no pude dejar de escribir. Lo hice movido por el instinto pasional de ser en lo escrito y, en efecto, fui en lo escrito y mucho más y mejor de lo que soy en realidad. Ponerle empeño, defender a capa y espada el dominio que forjaban mis parrafadas se convirtió para mi en una obsesión vital y para ese alguien la letra escrita fue tan grata como un pedazo de pan, un saludo de buenos días, una necesidad de leer simétrica a mi necesidad de decir. Poco importaba el qué. En materia de obsesiones no conviene darle demasiadas vueltas a las causas. El motor era otro.

Me sorprendí entonces con la ropa de un aprendiz de hechicero y me di cuenta de que algo de eso había en la relación escriba-lector: el mismo truco disfrazado, la torpe imitación de natura, el plagio de la obra de los mejores hechiceros. También supe que no tendría otra escuela que el andar, que de poco sirven los maestros cuando uno carece del don de sorprender. Pero cuando el truco es efectivo, el pase mágico llega a destino, se modifica algo en el espectador, algo ha cambiado y aunque hurgue en las razones no las encuentra. Encantamiento es la mejor palabra. Eso lo logré. Aunque más no fuera con una sola persona.

Y no era cualquier persona. Ella también tenía el don de encantarme, de perseguirme, de alentarme a más, de señalarme el camino. Y hoy que todo ha pasado y en la lengua tengo la pesadez de la brevedad (que por lo demás tiene un sabor que no dista del exceso de tabaco) me siento en el deber, en el grave deber, de cumplir el cometido al que ella me empujó de un modo que recién hoy puedo entender.

De vez en cuando la divinidad se manifiesta en enviados. Está en uno confiar en sus palabras aunque parezcan disparates y subirse a esa aventura que elude holgadamente a la razón. Y si aceptamos el pacto siempre sentimos próxima la guadaña, y sufrimos y la vida se nos llena de fantasmas y queremos abandonar, pero para disuadirnos están ellos.

Así fue conmigo. Un llamado como una visión. La palabra puesta en una boca de aires gitanos que balbuceaba el español con decenas de giros de diccionario, la sensibilidad a flor de piel por culpa de haber vivido veintiocho años y diez meses en el infierno. Lo demás era una novela de esas que yo no soporto leer: toda la infamia volcada sobre una sola persona, un mártir del siglo xxi. Una fugitiva casi suicida que leyendo este espacio y los anteriores, (todo en una carpetita prolija) con mucho esfuerzo vivió cinco meses más. Cinco. Poco o mucho según se mire, pero el corazón tiene derecho a decir basta. Y así ha sido.

Fue el primer día de octubre, en una cárcel de Londres. Hoy sus restos son cenizas y junto a las cenizas de esa carpeta abonan la tierra de Escocia en orgía perpetua. Precisamente por ella, que no toleraría que me ponga todo lo triste que debo, ni que deje de escribir, es que el resto de mi vida será vivido como una venganza contra la puta muerte. No soy de esos que se vengan con baratijas. Creo que no habrá venganza si en ella no se me va la vida. Y así será. Por Jade May Hoey. Y por mí.

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