De mentiras, vascos y epitafios

Uno de mis amigos es mi amigo básicamente porque es flor de mentiroso. Ya sé que con él nunca seremos socios ni que puedo confiar en que pagaremos a medias la cuenta en el bar, pero no es que eso me preocupe de veras. Quizá la escuela económica haya hecho mella en mí y yo ante cada circunstancia que me toque enfrentar pondré los costos y los beneficios en la balanza y a resultas de esa compulsa decidiré. Y con él me pasa que me gustan mucho sus mentiras. No sé cuánto tiempo le demandará la elaboración de cada una, la selección, su ingreso a la base de datos, su integración al tejido de mentiras que me ha contado antes y de las mentiras que apenas son boceto. Pero tengo asumido que es una artista cabal aunque el se jacte de ser licenciado en ciencias políticas. Todo en él es un inmenso fraude, una pegajosa telaraña de ardides y uno que lo escucha es una mosca que carga con las costas del ejercicio. Eso que otro miraría como un defecto de una dimensión tal que justifica su internación en un hospital neuropsiquiátrico para mí es mejor que jugar al póker porque el juego no termina cuando él se va, sino que puedo apropiarme de sus mentiras, hacerles una ligera corrección y hacerme pasar por experto en otros foros.

Alguna tarde de estas que han pasado intenté llevar la charla a cauces menos artísticos y creí oportuno charlar de la familia y no tardó en sorprenderme cuando me reveló la longevidad de sus antepasados. Qué sé yo respecto de las razones que puedan llevar a una persona a vivir muchos más años que el común de las viejas de su barrio. Sospecho que habrá, sí, alguna cuestión genética, algo relacionado con la vida que ha llevado, los lugares en que ha vivido, en fin, lo que dicta el sentido común, es decir puras sandeces. El no se inmutó al culpar a la sangre vasca y ahí sí que me quedé de una pieza. Según tengo entendido los vascos que han venido por acá no se han caracterizado por su inteligencia precisamente sino por ciertos modales torpes e intransigentes, algo que nadie les envidiaría.

-No, macho, nosotros somos gente de cuero duro, eso sí, pero tenemos un secreto: sólo nos cruzamos entre vascos.

Francamente no me pareció un argumento esclarecedor ni nada por el estilo, pero yo con un vasco no discuto. Debe ser por eso que viven tanto.

Tuve que retirarme de la reunión. Lo hice previo realizar el desembolso de la adición y mientras nos estrechábamos la mano hubiera querido decirle que no le encuentro el sentido al pan con pan. Pero afortunadamente antes de decir nada me acordé de que hay mucha gente que es partidaria de los apareamientos intrabarriales, todo sea por conservar la estirpe del barrio, aunque más no sea Villa Ortúzar.

-Los trapitos sucios se lavan adentro -me dijo mi madre.

-Todo bien, madre, pero por qué razón cuando se les infiltra uno de Haedo no pueden disfrazar su derrota y…

-… pero la concha de la lora, me quemé del dedo.

-Eso es lo que dicen!

-…las viejas, querido. Eso sólo lo dicen las viejas.

Mi madre debiera escribir epitafios.

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