primaveras

Hasta no hace demasiado tiempo me daba por pensar en el mito platónico de la caverna para detenerme en las sombras, pobres imitaciones de la noche, estirando hasta deformar las imágenes que recibimos y procesamos tratando de elucubrar los porqués del destino (¿o será mejor desatino?). Pero acá y ahora, a noventa minutos del equinoccio que nos eche de lleno en el hemisferio austral a la primavera, y aunque eso no sea más que una abstracción, una excusa, una convención como tantas a la que nos hemos acostumbrado, me pareció propicio pensar en la luz, la madre de esas sombras. Acaso todo sea culpa de una visión que no por ser demasiado real deja de encarnar un designio poético o de una misión que por titánica que pueda ser no pierde su encanto. Sea por lo que fuere, me maravilla pensar que algo de esto que escribo pueda ser como la luz que entra en cuentagotas a la caverna, y que así lo entienda una sola persona aunque sean veinte los que a diario asomen sus narices a este mundo que me he inventado, lleno de pliegues melancólicos y polvo de otros hombres que han sabido mejor escribir estas cosas que de mi puño y letra son apenas tímidos balbuceos.
También pienso en el destino (sí, el desatino sería mejor por esta vez) que detuvo un par de ojos verdes en estas modestas palabras y en el impulso primero que fue el que echó a andar esta rueda, sin saber bien donde iba, como quien se aferra a la tabla de su navío y afloja brazos y piernas para entregarse al manso devenir de las aguas. No por caprichosa fue mala elección. Al contrario, a ese desatino he sido capaz de anudarme yo también, trocando el rol de tabla por el de náufrago, esta vez con los ojos y los oídos bien abiertos, presto a encontrarle una razón de ser a las escenas previas, las del desconcierto, las del mero fluir, las que parecían un vano intentar. Y es suerte que haya esperado hasta ese momento, que no haya escuchado la voz interior que marcaba la voz de alto, la señal de que era el tiempo de enfundar de nuevo la espada y buscar otro horizonte. Qué tonto. Todos los horizontes son uno solo. En esa delgada línea en la que caben todos los objetos, todas las policromías, todos los futuros posibles sin embargo hay sólo uno que será el cierto, el verdadero, el definitivo en la medida en que la historia pueda ser cierta para alguien que está de paso por estas soledades. Y en vez de ser muchos objetos, el futuro es una delgada línea, y nuestra huella no hace otra cosa que encaminarse a un módico punto.
Esos ojos también divisaron la duda. Se preguntaron quizá más de una vez si no sería ya demasiado el dolor de antes, pero no. La vida que nos queda no puede ser escapar porque en el mejor de los casos siempre tendremos al peor juez en nuestro pellejo y se agitarán en nuestra carne los fantasmas, lo que fue, lo que pudo ser, lo que es, lo que parece, lo que pueda llegar a ser si.
Si fuésemos capaces muchas veces de ser presas de ese empujón en las vísceras, ese que no entiende mucho de razones, que no pondera ni mérito, ni oportunidad ni conveniencia, si tan sólo por un momento nos diera por echar a patadas a los fantasmas de los otros yo que atesoramos en nuestro interior, yo estoy seguro, podríamos volar como pájaros tan sólo de representar en nuestras retinas la imagen de un nido. Y también podríamos ser agua, voz, sangre, cielo, primavera, pampa, farol de esquina, luciérnaga, uno.
Así las cosas, aunque demasiadas veces se abata sobre mí la calma que presagia la derrota, no puedo ni debo dejar a un costado ese momento, ese impulso primero, el que desordenó la grafía para decir que lo que venía era un amor absoluto y inútil. Sí: ese es el único posible, el único cierto, el único al que pueden aspirar los hombres. Sí.

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