suburbio de la muerte

Anoche salí a caminar a la madrugada. No pregunten por qué. Debe ser el insomnio, la maquinola que no deja de pedalear ni cuando deja de ser la hora. Llovía, pero llovía con una cierta suavidad que me colmó de sorpresa. Parecía que a las tres AM necesariamente las gotas tuvieran que andar en puntas de pie, aminorar la marcha antes del pavimento, no fuera cosa que saliera algún vecino en camiseta a protestar que esos no son ruidos para esta hora.

Y me pareció inútil que pudiera llover tan tarde, a la vista de nadie, tan levemente que no se juntara agua en las cunetas, o mejor: llovía solo para mi, tan dulcemente que las gotas eran imperceptibles como un parpadeo de mariposa. Sin viejas alborotadas que apuren la marcha usurpando todo el ancho de la vereda. Sin el tránsito frenético ni la chance de inundación. Sin la ropa colgada en el tendal ni lechuga recién sembrada.

Todo para decir que mi ciudad me pareció tan rutinaria como una casa de familia, siempre precisada de cuidar los horarios y los modos, con apenas una luz encendida por si acaso, y un paraguas y todas las llaves juntas, cerca de la puerta. Nadie ejercitando el hábito de la conversación, ningún Piazzolla rodando en la bandeja y llenando la habitación de colores, ni el menor atisbo de tensión.

Me dio un poco de pena la ciudad dormida. Pena por ella que se da tan largo respiro por las noches y pena por mí cuando noté que los músculos tensos de mi cara helada eran un insulto para toda esta gente que jubiló los sueños y cerró los postigos.

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