revés y derecho

Por qué las ganas de incendiarlo todo. Sencillo, pensé.
Porque a golpes de timón sobre las sienes uno se toma a pecho eso de ser una atracción circense y un día es el mago y saca palomas desde la mismísima manga y va cambiando el truco sobre la marcha y nunca igual pero nunca distinto, y otro día es el payaso que baila la estúpida danza de congraciarse con los otros, y se regodea en la conducta vergonzante para establecer un código de complicidad, una avanzada contra su inteligencia, una variante del insulto, y de a poco se anima y se hace domador y con la mayor gravedad mete la cabeza donde no debe y se adentra en el fangoso terreno de lo desconocido, mitad por ignorante, mitad por valiente, por ganar el aplauso siendo el propio señuelo, la misma estafa y el último peldaño sea el equilibrista, el que en pequeños pasos se deshace de la red y la varilla y se hace fuerte en el centro, igualando el peso de las periferias, anulando la vocación por el temblor.
Es el último escalón, la última prueba. El desafío es darle pelea a un llanto que no sale de los lagrimales sino que se ha propagado como epidemia y sale de los tobillos, del pelo, de la columna vertebral. Para ese llanto, mi fuego; para neutralizarlo, dejarme aniquilar, ni una gota de más ni una llama de menos.

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