amor y perros

Me apuntan que un señor, que ha hecho de su profesión el escribir libros, ha anotado por ahí que no saben nada del amor aquellos que no han besado a un perro.
Dije que escribe libros, y esta vez no es una errata, porque no creo en absoluto que eso que él hace pueda siquiera aspirar a ser una forma menor de la literatura.
Is the power of the words me decía hace poco una amiga. En esa frase ambicionaba elucubrar el encanto que le había provocado un texto. La literatura es eso: sacudir los chinchulines con una vibración hecha de palabras. Literaria es la anotación en una pared antes que un recetario impreso en papel de lujo y tapas duras. Pero el problema no es ése.
Lo que verdaderamente me produce un escozor de esos que no pueden disimularse es que pueda pasar por la cabeza de alguien la meridiana posibilidad de trazar un vínculo entre el amor, la única excreción humana capaz de ser espejo de la naturaleza, y un perro, ni más ni menos que un perro.
No cuestiono el cariño que pueda tenerse por animales y plantas. Del mismo modo, o quizá más enfermiza aun, es mi devoción por la tierra y la lluvia, pero rebajar el amor a esas instancias me parece cuantimenos una metáfora poco feliz.
Amar es entregarse con la guardia baja a la eventualidad más que probable de ser lastimado allí donde no llegan los apósitos ni surten efecto los analgésicos. Ya quisiera un caniche ser capaz de urdir la traición más elemental.
Me duele ser el árbol que le da su pulpa a tanto palabrerío hueco como ese que supone que erradicadas las razones del mal seremos todos felices como perros. Eso no es más que la aspiración de erigir leyes generales sin haberse mirado ni tan siquiera el propio ombligo. No demasiado lejos de ahí se libra cada día la única batalla, la que no debe de acabarse porque con ella se termina esto que llamamos Humanidad. Es la tensión de esas fuerzas contrapuestas que habitan en nuestra esencia la que nos mantiene despiertos, con deseos de poner la mejilla aunque nos espere la bofeteda.
La existencia de ese brasa caliente que de vez en vez se convierte en llamarada es la que distingue a la raza humana de esos pobres seres. Por eso los Hombres -así, con mayúscula- aman y los perros son perros.

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