regatear

Quisiera no perpetuarme en la fatiga de trabajar para evitar pensar. Enfrascarme en labores rutinarias, impropias de un empleado calificado, ser cruel conmigo e invertir mi valioso tiempo en nimiedades.
Pero, y es triste saberlo, la maquinaria del pensar termina por atormentarnos.
Es así que uno, presa de la furia o el desencanto, de la pena cuando no de la ira, comienza a sentir las secuelas en su propio palacete, su cuerpo. Y son las primeras señales de a alerta a las que uno no responde, tan carne se nos ha hecho el convivir con las derrotas parciales.
Los dolores se curan con amores, los dolores del alma, digo. No hay enfermería que atesore un botiquín con los implementos para mitigarlos.
Pero la verdad es que el amor hoy escasea. Un pantallazo aquí, una colisión inesperada allá, una huida para mejores batallas y cuando te querés acordar silbando un tango y con las manos vacías.
El dolor no se dosifica. Entonces qué sentido tienen los amores en cuotas. La vida se vive en cuotas me decís? Sí, pero no nos damos cuenta. Nos emperramos en vivir hoy. Qué nos puede importar que gastamos la cuota diaria, y encima no le hemos dado un fin honorable.
El dolor aparece todo junto, por la puerta inesperada. Puede tomarte por sorpresa, en tu sillón, leyendo las necrológicas en el diario, o escribiendo poesías o fumando el último faso. Y no hay nadie más.

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