un zapatito rojo

Casi no la reconozco.
Fue una pase de magia verla. Ahora que me he acostumbrado a salir del trabajo a cualquier hora comencé a ver a otra gente en el colectivo. Es así. En la Administración Pública todo es tan rutinario. No hay manera de escapar de la telaraña. Uno, con los ojos cerrados, adivina conductas, atrofias burocráticas, compañeros de asiento, partes diarios y demás acumulaciones de tristeza.
Yo estaba sentado, o parado quizá, ya no recuerdo. Apagaba el faso número 14 de un día que se había prolongado demasiado. Llegó. La saludé casi con apatía. Dejé caer un “hola” insustancioso, mecánico, absurdo, y ella lo respondió con sorpresa.
Apenas la conocí. Está ancha de caderas, más que antes, y las luces de antaño ya no visitan sus ojitos.
Le han pasado cosas. Se quedó tres veces sin trabajo. Se mudó de ciudad persiguiendo a un médico que está tan enamorado de ella que se casó con otra. Fue amante de un capo de la burocracia pero con el tiempo el chabón se hartó de su persecutas. Debe haber sido terrible paranoica me parece. ¿Tanto como para opacar sus virtudes de felatriz? Quien diría.
Un día me gustó. Fue cuando nos conocimos. Me regaló un beso y una sonrisa. No hacía falta que mencionara que le habían hablado bien de mí. Esas cosas no me asombran. Un cuarto de la gente que me conoce me ama y el resto me odia. Nunca quedo a media agua.
Escribía. Mal. No sé explicar el porqué pero me recordaba a Neruda, carnicero del romanticismo. Mucho lugar común salpicado con palabras recónditas del diccionario.
Los tiempos ya eran otros. Las cartas perfumadas ahora eran presentaciones de power point enviadas por correo electrónico. Así, cada poesía cobraba vida en colores lánguidos, vívidos, mórbidos. Lo malo es que dio con un guacho muy hijo de puta que les mandaba a otras minas esos mismos poemas y las minas son de derretirse por cosas así. En realidad no. Pero se alteran. Se sienten correspondidas. Ejecutan proyectos mentales con alfombra roja y vestido blanco. No, con este era imposible.
La ví prender un cigarrillo. Viceroy era, y ahí supe que está cagada. Sus pergaminos como secretaria van cediendo. La edad y sus empeño en dejar marcas. También claudican las esperanzas que abrigó de casarse con algún principito, preferentemente profesional o acomodado. Ahora que lo pienso, lo uno es prácticamente igual a lo otro. Equivalente.
Sólo que la ví apagar el pucho y aplastar la colilla hacia una muerte sin más y me detuve en los zapatitos. Eran rojos, de taco alto. Lógico, si con ellos apenas tiene mi estatura y yo… Esforzadamente combinaban con eso que llevaba puesto, que le daba aires de vieja. Lo que es peor vieja con aires de pendeja.
Llegó el cole. Parecía que no había asientos libres, así que le cedí mi lugar en la fila de los partizanos. Ella tal vez pensó que yo ya me había graduado o que había trocado mis modales pendencieros. De repente me sentí un tipo interesante a sus ansias. No tengo título nobiliario ni dotes de caballero. Sólo la dejé pasar para verla subiendo ese par de escalones delante de mí. Quería sentir la proximidad de su pie desnudo y el zapatito rojo.

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