Aquellos martes

Pese a ser un alumno brillante, mi educación media estuvo plagada de contratiempos.
Los martes me acosaban los fantasmas de una asignatura que es preferible condenar al olvido. Sin embargo, recuerdo perfectamente que salía de mi casa haciendo el simulacro de ir a la escuela. Salía de casa, emprendía el camino habitual pero no llegaba a destino sino que me extraviaba por ahí.
Un buen día se me ocurrió que el mejor lugar para pasar desapercibido -cara de nene, libros bajo el brazo en hora sospechosa- era la Biblioteca Popular Manuel Rayniero Novillo -el prócer de mi pueblo, descubridor del yacimiento de hierro-. No era mala idea. Había muchos libros. La bibliotecaria solía no molestar. Los anaqueles, las paredes y algunos de los concurrentes regurgitaban silencios que daba gusto.
Un día llegó a mis manos Ficciones de Borges y de ahí en más sentí que mi vida estaba signada por ese libro demónico. Desconozco a qué razones obedecía ese espejismo. La gramática era simple pero el vocabulario me superaba olimpícamente. Los relatos atrapaban pero no me dejaban más que temblores, incógnitas. Fue mi primera sospecha de la existencia de la metafísica. Mi reacción fue robármelo. En alguna de las cajas que mi madre custodia de los rigores del pueblo polvoriento yacerá por mucho tiempo más.
Otra tarde dí con La invención de Morel y la odié. Vasta e infundadamente la odié. Supongo que no entendí la obra. No volví a leerla desde entonces y no veo por qué hacerlo ahora. Pero el descubrimiento fue afortunado. Si mi primera aproximación a Bioy hubiese sido grata hoy no disfrutaría con sus cuentos. Ya estarían ajados por la temprana fascinación. Al decir romano la vida es un furor breve. Mi entusiasmo por el recoleto escriba ya hubiese fenecido.
Pero quería referir otra ocasión. No sé si di con alguna antología, algún libro para estudiantes secundarios. Sé que no era Todos los fuegos, el fuego. Sí: dí con Julio, el mago, el cómplice.
Hoy me río cuando leo que “a los pibes les gusta porque Cortazar se caga en todo“. Qué maravilla. Se caga en todo y la borregada se divierte, tropieza con un libro, quizá el topiezo sea fatal caída y ojalá.
Me topé con esa belleza que es La señorita Cora, esa historia dueña de una potencia que encandila. Y me deslumbré. Yo quiero escribir así, se que me dije esa vez y de hecho mi tacho de basura sabe mucho de esas intentonas. Descubrí lo que ninguna profesora -pobrecitas, ellas, sus errores de ortografía y su peregrinaje por provincias lejanas a la justicia- me había mostrado: el monólogo interior. Tal vez el convivir con esos soliloquios de almadentro hicieron que me sintiera al leer como si reposara en un colchón de plumas.
Son aburridas las efemérides, en particular lo son cuando su ejecución queda librada a los ignorantes como el que esto suscribe.
Hace 20 años moría físicamente Julio. Unos meses antes lo había visto en mi televisor en blanco y negro. Me llamó laatención su tonada y su vocación por un reconocimiento que -parecía- le negaban. Mi impresión fue pintoresca pero mala.
Hoy, repasando mi vida de hace quince años sé que Borges me dijo nada vale la pena, lo mejor ha sido ya. Julio, en cambio, me abrazó como sólo los hacen los compinches de las tempranas aventuras. No es que vos puedas o dejes de poder, vos debés.
Sí, debo.

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