De la incompatibilidad entre la escritura y el deber

(dedicado a Juan Filloy y a Héctor Tizón, esclavos de la judicatura y la literatura)

I
El redactor de este espacio debe brindar excusas a sus asiduos visitantes.
No sé si serán voraces lectores o cumplen con el rito amistoso de hacerle favores a la gente que les cae bien. Poco importa eso. Se valora tanto lo uno como lo otro.
Los motivos de la ausencia, que se prolongará algún tiempo más, obedecen a que el redactor tomó la decisión política de dejar de ser estudiante crónico de la carrera Contador Público.

II
La búsqueda de nuevos horizontes laborales, geográficos y sentimentales, el deseo de cerrar un ciclo vital caracterizado por los excesivos tránsito y estadía en los pasillos universitarios, el hartazgo por sí solo, el compromiso familiar, el orgullo que obliga a cotizar caro el quebranto y muchas otras razones me han puesto en este camino.
Así es que -antes de que cambie de opinión- aprovecho que soplan buenos vientos y me pongo a estudiar de una puta vez.

III
Asimismo enfrento una temporada un poco más exigente de lo habitual en mi trabajo, lo cual hace que dedique mis horas de ocio recreativo a estudiar las minucias del Derecho Falencial. Esto reduce mi lectura a un solo libro que podría sustituir a la biblia: el manual sobre la materia que ha preparado el Doctor Rouillon.
Allí es cuando me cuestiono que no pueda invertir más tiempo en esto. Quiero decir, si estudiara por placer y no al mero efecto de superar un examen final oral y público (sí, como los juicios), me dedicaría a disfrutar de las ironías del profesor Maffía que, en los tratados que ha escrito, demuestra que no tiene nada que envidiarle a muchos escritores profesionales de ficciones.

IV
Con todo, me sobra algo de tiempo. Podría dedicarme a seguir trabajando las dos ideas sobre las que siempre escribo.
Lamento defraudarme y defraudarlos. Las perenciones de instancia, la imposibilidad de apelar, el exhaustivo régimen de liquidación, la inquisitoriedad del proceso, el síndico y la masa pasiva se confabulan para que yo no pueda pensar en otra cosa que en eso.
No ha de costarles demasiado imaginar el desorden de mis apuntes. Es compleja la brega del estudiante abnegado que sin pasión ni amanuense descula conceptos que no entiende y memoriza plazos que no se dejan y esquematiza lo inasible.
En eso estoy.

V
Ayer el teléfono me devolvió una voz amiga a la que francamente echaba de menos. Quizá no por la dueña en sí, sino por asociarla a buenos momentos compartidos.
Me agradecía un correo electrónico en el que yo le comentaba que estaba abocado al estudio de el régimen de concursos y quiebras.
Naturalmente yo no lo había escrito. Hay dos posibilidades:
(1) Que le haya llegado algún envío de hace cinco años. Por esa época yo también andaba abocado a esos menesteres.
(2) Que haya tenido en mente enviárselo en estos días.
En cualquier caso, sigo sumando tímidas confirmaciones a mi teoría de la esfericidad del tiempo.
Por lo que tengo entendido, devotos de la física de las quantas e integrantes de la secta fundada por Carl Gustav Jung ya han fatigado esos caminos.
Confío en que no falte demasiado tiempo para que se sume a ellos gente decente que ejerza profesiones serias.

VI
Ah! Y esta sarta de sandeces era para decirles que voy a subir textos con menos frecuencia que la que a mí me gustaría. Pongamos que es un poco por pereza y otro poco por un ejercicio noble aunque su propósito sea de una porquería.

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