Summa voluptas

Hace varios días que me siento ante mis papeles y no puedo escribirme un par de párrafos que valgan la pena.
Sé que mis condiciones para escribir son lo suficientemente limitadas como para no hacerme la gran ilusión de parir algún texto capital. Además, soy dueño de la impunidad de ser joven por veinte años más, según lo indican las escalas que utilizan en el medio literario.
A pesar de tantas cosas que ignoro redondamente, y de las que el tiempo me ha ido alejando, como es el caso de las reglas gramaticales y sintácticas, sé perfectamente cuando escribo algo valioso.
Sí. Es que cuando termino de colocar el último punto final no puedo evitar romper en lágrimas. Como si los procesos mentales se condujeran, en un instante mágico, a lograr la excreción de la idea que golpea contra los límites de mi caja craneana.
Primero es la catarata verbosa fluyendo por los dedos antes que una idea rozagante. Después es el orgasmo lacrimógeno.
Finalmente, muestro lo que hago, trato de esconderme, justificarme, de dar explicaciones innecesarias, todas ellas destinadas a macular lo que tanto me costó. Y para ese momento aun no sé qué color de antifaz usar.
***
Apuntes del brumario VI

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