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blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

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Cuidado con lo que sueñas, que a veces se cumple

Publicado por jorgemayer en 9 09e Julio 09e 2008

El viernes 4 de julio participé, junto a Fabiana Carrillo, Mori Ponsowy y Gustavo Nielsen, de una charla sobre blogs y literatura en la feria provincial del libro de la Rioja, una excelente excusa para disfrutar unos días de ese cálido invierno, de carnes y vinos exquisitos, de paisajes de ensueño y abusar de la hospitalidad de un puñado de buenos amigos que he conocido.
Dejo anotada aquí mi eterna gratitud por los momentos compartidos y también la promesa -¿o la amenaza?- de volver pronto.
Gracias a todos.

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La última vez

Publicado por jorgemayer en 3 03e Julio 03e 2008

Sensación rara, la de entrar al bulín de la calle Acevedo y verlo tan acogedor como siempre incluso a pesar de un frío de los mil demonios. Alguien durmió aquí anoche y esta noche dormiré yo. Dormiré. Llegado el caso, intentaré conciliar el sueño. Me da un poco de miedo tomar aviones. Me da miedo llegar y que la niebla sea tan espesa. Tan espesa como la nube de ceniza ayer mismo no dejaba ver las sierras de mi pueblo desde la ruta. Un segundo y zas, ya no hay más pueblo. Y después la noche, una película de las malas. Siempre así. La vida en los colectivos siempre es así. Ves a las azafatas, que esta vez, y sólo por esta vez, son dos, y te das cuenta. La nueva, la pupila, lleva unos tacos tan delicados que da la sensación de que en cualquier momento se viene al piso y un pasajero, dos, incluso yo, dejaremos nuestra mullida butaca para socorrerla. La otra no. Avanza con paso seguro, aunque de vez en cuando se le caigan las mantas, las almohadas. Sus tacones son lo bastante gruesos como para sostener sus pasos en firme y su nariz tan fina, tan larga, que todo se echa a perder. Creo que ya no volveré a tomar este colectivo. Demasiados viajes y ninguna azafata que merezca la pena el esfuerzo de comportarse como el que no soy. Incluso aquella, la del delantalito con bolsillo, que daba la sensación de ser un canguro, que en vez de cría llevaba una botella de Blenders y lo bien que le sentaba al pasaje. Anoche no había ninguna así. Desprecié el escocés. Lo mío es el bourbon. El escocés tiene olor a pis. Las azafatas lucen mal. Entrada la noche el viaje es penoso. La noche ocurre a las seis de la tarde. En los televisores una comedia destila los mismos viejos chistes que a mí padre nunca han hecho reír. Hay una pareja con un bebé. Hay una pareja de ancianos. Pero lo que más me llama la atención es la paz del bebé. Sobre todo si la considero en relación al comportamiento del ejemplar macho de la pareja de ancianos. Es una cagada llegar a viejo. Es una cagada haber sido hombre y volverse viejo. Porque volverse viejo es ser de nuevo un chico, sólo que ya no hay chances de redención. El tipo se queja por todo. No le han dejado subir el equipaje de mano. Por lo visto le ha hecho una escena a los choferes. De eso me enteraré después, cuando una de las azafatas diga que no hay necesidad de insultar a nadie. Que no es bueno poner nerviosos a los choferes. Que a nadie se le ocurriría hacer eso ni siquiera dentro de una familia. Porque todos queremos llegar. Y todos tenemos familia. Estoy cansado de oír esa frase. Todos tendremos familia, pero a lo mejor tenemos deseos de llegar porque hay mejores obligaciones que atender. Además, suena mafioso. Antes le oí al tipo algunas murmuraciones. En otras empresas permiten llevar más equipaje de mano. Tengo ganas de preguntarle por qué no viaja en alguna otra empresa. Como si me hubiese oído, dice: porque hay muchas empresas que hacen el recorrido. Además, ¿por qué no dan factura?. Si me sale el contable que llevo dentro, lo acomodo. Pero él es un chico y me hago a la idea de que no va a crecer por largas veinte horas que dure el viaje. La culpa es de su esposa. Ella lo apaña. Si por lo menos informarán en la factura que no permiten mucho equipaje de mano. Van a tener que hacerlo, dice él. Y a continuación dan paso a otra deliberación. Los posibles bolsos de mano que podrían haber venido y se han quedado en caso. Evalúan volúmenes y maniobrabilidades. No salgo de mi asombro. Debo ser un tipo muy corto. Yo no puedo hablar más que medio minuto sobre mi equipaje. Eso es lo que tardo en localizar mi valija en la bodega. Siempre es igual. Podría mejorar mi marca, creo. Debería hacerlo. Pero no me sobra el dinero para comprarme una valija que sea más fácilmente identificable. Se me ocurre que un color naranja daría bien. Los maleteros que me conocen sabrían que con la naranja no se jode. No lleva nada de valor. Es más: la mitad o más de la mitad de las cosas que debió levantar el loco de la valija naranja no las ha levantado. Se va a dar cuenta dentro de un par de días. Siempre es así. Busco el Parque Centenario y me extravío prolijamente. Hay cosas que nunca cambiarán. Lo que pude hacer en media hora me insume casi hora y cuarto. Una chica de ojos azules me da las llaves y me cuenta las peripecias por las que anduvo esa llave que ahora tengo en el bolsillo de mi gabán. Nos damos tres besos. Me sonrío. Siempre nos saludamos en exceso. Maldigo las calles vecinas al parque. Así no hay modo de orientarse, hasta que doy con Camargo y me alegro. Es una calle solitaria. Tal vez sea buen lugar para vivir. No me recibe el encargado. El viejo Luis últimamente andaba medio achacoso. Me preguntaría por mi amigo, el que hace rato que no anda por acá. Yo le hubiese dicho que hay buenas noticias, pero que mejor las diga él. Quién sabe si las buenas noticias de unos no son las malas de otro. El mensajero nunca gana para sustos. Pero él no estaba ahí, en su silla, tan parecido a tantos viejos de pueblo, de esos que salen en camiseta con un par de sillas a la vereda para tomarse un mate con la fresca. Casi lo escucho. Cuánto hace que no viene a visitarnos, amigo. Sí, hubiese dicho yo, pero me guardaría de decirle que esta es la última vez. Es que el frío de los mil demonios del bulín de la calle Acevedo tiene por causa una ventana abierta en pleno invierno. Al nuevo inquilino no le gustaría que haya el menor rastro del anterior.

Publicado en -doc-, Queríaundiario | 5 Comentarios »

Lastifold

Publicado por jorgemayer en 13 13e Junio 13e 2008

Una noche te das cuenta que ya van muchas noches, demasiadas, de dormir espalda con espalda, y el mero roce, que no es roce sino estela de calor que se propaga, la certeza de tocar sin que haga falta, sin que te lo pidan, sin que vos a ella, que sueña y algo dice entre sueños, y vos en la modorra no te preocupás por descifrar, no sea cosa que del todo te despiertes, porque si te despertás, ya sabés, las cosas siempre resultan más o menos igual, tal vez con menos cáscara cada vez, más cara y menos cuero cada vez o menos máscara, en el fondo más de lo mismo, de modo que no te cuesta casi nada dar esa media vuelta y ponerte a tiro y si esa última ejecución poco tendría que envidiarle a alguna otra pretérita, te das cuenta de que no tiene el menor sentido pedirle que sea una más entre todas ellas, cuántas, decenas, centenas, de la primera a la última las vez alineadas, prestas a saludar la autoridad de un alguien que se cree dueño de los dones y no es otro que uno más en la tertulia de un bar de mala muerte, infestado de un olor a humo que ya nadie fuma, qué va, y si ya nadie, pensás, qué se pierde si en vez de tu aliento ponés una mano y nada más sobre el hombro de ella, el hombro que ya no es tuyo, qué se pierde en la intrusión y cuánto se gana en ella, mucho sino aquel cerco de dientes de la primera vez bien podría suceder que al cabo de ese abismo se sospechase el mismísimo perfil de un más allá, tan justo, tan necesario, tan improbable, que ya esos dedos que han sabido de mejores disfraces para el repetido temblor se fingen la caricia justa, necesaria, improbable y la vocecita que la noche no termina de robarle al sueño no es más que un movimiento llamada a cortarla suavemente en dos, a convocar a los fantasmas y reunirlos en asamblea, que ya es la hora, que ya no hay sitio para los pacientes, oh las formas de la imprudencia, cerrojos que ceden, arrebato de turbadas humedades, feroces martillazos para saber qué es lo que esconde el cristal.
Nada.
Nada es lo que esconde.

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Sofía

Publicado por jorgemayer en 27 27e Mayo 27e 2008

Ha muerto una niña que conocí.

No sé su nombre. No recuerdo su cara. Tampoco el día o la noche en que la conocí. Sólo sé que estuve en una casa amiga y alguien me lo dijo. Trató de no hacerme daño. Eligió las palabras. No tuvo éxito. Que digan lo que quieran. Si hay algo inocente en este mundo, si hay algo digno de ser salvado y a fortiori legado a una nueva civilización, eso es la palabra. Las palabras.

Pasamos un fin de semana de locos.

Con esto del incendio, todo el sábado en el hospital. No te imaginás.

¿Te acordás de Sofía?

No. ¿Quién es Sofía?

Digo Sofía sólo porque es el primer nombre que acude a mi mente. Tal vez por reina. Tal vez por capital. Tal vez porque una niña merece un nombre perpetua promesa. Pero tal vez se llamó de otro modo. No importa. Ahora que sólo vive en estos compases temblorosos se llamará Sofía.

La amiguita de Cami, la hija de Néstor.

¿Néstor? ¿Mi compañero en la facultad?

Sí, eso es lo más tremendo.

Tengo el vago recuerdo de Néstor en la facultad. Todos cargamos menos de veinte años. Le sobran ínfulas, todas las que a mí me faltan. Me lo cruzo en un pasillo. Lo saludo. Me deja colgado. Por un momento soy todo perplejidad. Ahí nomás, los ojos perdidos en una rugosa pared blanca, la cartelera, los ojos azules de Valeria, la piba de la fotocopiadora, hurgo. Me planteo si habrá un sitio para los saludos truncos. Debería existir un lugar así. Sería el destino de las medias extraviadas, de los guantes viudos. De los hombres sin mujer.

El está en terapia intensiva. Quisimos verlo y no pudimos.

Siempre lo supe: él no llegaría a ninguna parte. Con suerte, podría levantar una minita de esas que abundan en los primeros años. Una minita que quiera levantarse a un tipito cualquiera. Colgarse de él. Estrujarlo. Conseguir de él lo único que tiene para dar. Apuntes en mala letra, polvos furtivos, una vaga sensación de seguridad. Tal vez ni eso.

Está incomunicado. Hay un cana en la puerta, por las dudas se escape.

Llevaba demasiado apuro en los pasillos. Tal vez por eso no me saludó esa vez. Tal vez porque sabía de sobra que ese lugar no era el suyo. Que pronto limpiaría sus sandalias del fango ingrato de esos pasillos.

Dónde va a ir. Tiene cuarenta por ciento de quemaduras.

¿Habría un limbo para los cuerpos quemados a la mitad?

Imaginé a los enfermeros poniendo su cuerpo en remojo. La espera. Los cepillos que removieron la piel chamuscada. La carne viva. La carne muerta. Y pensé que la burocracia de nuestro señor del fuego haría bien en quedarse con la vida de los cuerpos quemados a la mitad. Sería un acto de justicia para con la mitad sana. No hay pena que quepa en la mitad de un cuerpo.

Sospechan que él quiso matarla.

Sí, hay quien piensa que a Sofía, la niña sin rostro y sin nombre, su padre ha querido matarla. Paladeo su nombre. Soplo. Recuerdo la vez aquella en que una pequeña niña robusta se acercó a mí, que tal vez estuviese distraído, fumando, ajeno al bullicio que enfrascaba al resto de los asistentes a ese cumpleaños. La pequeña niña robusta me tocó a la altura de la cintura. Me preguntó: ¿no me hacés upa?

¿Cómo pudiste, pensé, dar una sola vuelta de rosca y pasar del irrespeto de llamar la atención de ese que no atiende a pedir una muestra de cariño que nadie podría negarte?

Cuando conté ese episodio, la respuesta no pudo ser más triste.

Ay, si supieras la historia de esa nena.

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El dilema de Belén

Publicado por jorgemayer en 25 25e Abril 25e 2008

[Este es un texto recobrado. Fue publicado originalmente hace un año en Crónicas inútiles, el único blog que se ocupa de la Feria del Libro de Buenos Aires]

Aquí, en este mismo espacio, se supone que yo debía ir anotando mis impresiones sobre la treintaytresava (el sufijo avo/a se utiliza para señalar la parte de un todo, no en el sentido ordinal, boludo, decí trigésimotercera) feria del libro. ¿Seguirá siendo del autor al lector? Qué feo, qué opinarán de eso mis amigos editores, los agentes literarios, los vendedores de panchos. Pero el caso es que no, que no pudieron conchabarme para que yo escriba una columna diaria. Yo creo que me rechazaron por celos profesionales. Todo el mundo sabe quién soy y qué tan malo soy escribiendo, qué les costaba pagarme el viático. ¿Muy caro? ¿Muy caro para tan magro resultado? Puede ser. Reconozco que estoy vacunado contra el periodismo. No sirvo para eso. Es más: tengo amigos periodistas. Los tengo, pero cuando se lo cuento a alguien (¿por qué contarle a alguien que tengo un amigo periodista? ¿para hacer roncha?) siento que le digo que tengo un amigo puto. Y sí, tengo un amigo puto, pero cuando lo conocí yo no sabía que era puto. Creo que no lo tenía decidido. Es más: hasta se dio el lujo de soplarme una mina que ya casi tenía a tiro para darle el tarascón. Pamela. Pamela no era muy cuidadosa al depilarse. Tampoco tenía buena dotación pectoral. Pamela tenía por única virtud el darme pelota. Le gustaba escucharme hablar y a mí me gusta mucho hablar. Hablar y que me escuchen, o al menos que pongan cara de, y ella, si es que no me escuchaba, era una artista en el arte de poner cara de. ¿Lo ven? Yo no podría ser periodista. Ahora mismo me acabo de dar cuenta de que todo lo escrito hasta acá no tiene ninguna relevancia. Por eso mismo me da fastidio, los zapatitos me aprietan, las medias me dan calor. Un periodista no se pone colorado por escribir cosas intrascendentes. Al contrario: me imagino que pensando en la paga mensual hasta se convencerán de que no se trata de decir la verdad, ni la mentira, ni de ponerlo en palabras bonitas ni feas. Es el sueldo, estúpido. Comprendo, no hace falta que me griten. Yo también he tenido épocas de malganarme un sueldo haciendo algo que no me gustaba. Tenía un jefe bajito. A veces se enojaba, pero en vez de meter miedo, daba risa. Igual, un día estuve tentado de darle una trompada. Casi lo hago, pero yo también soy bajito y de por medio teníamos mi escritorio, que es el más grande de la oficina. O sea que no le pegué por razones logísticas y me quedé con las ganas. No hay jefe que no haya hecho mérito para que le den una buena trompada, o es que alguien se atreve a decir lo contrario. Díganlo, imbéciles, anótenlo. Qué digo anótenlo, péguenle. Odio el capitalismo, pero más odio la opresión a la que son sometidos millones de cubanos de buena voluntad, qué quieren que les diga, pero es así, si no hay efectivo, no hay crónica. Lo mejor de todo es que tomé parte en reuniones. Llegamos a diagramar el formato de las crónicas y no, no pudo ser. En lo mejor del amor siempre pasa algo. Una vez llamaron a la puerta. Suerte que le había puesto llave, porque yo estaba de prestado en lo de un amigo. Y justo era mi amigo. O sea que lo dejé afuera. Ameritaba, no digo que no, pero cada vez que recuerdo la escena pienso en los tipos que toman viagra. ¿Cómo es que atienden los llamados a la puerta? ¿Se puede llevar una vida normal si uno consume? Digamos, si se me ocurre ir a batirme un café, que es lo que suelo hacer cuando necesito calmar mi ansiedad, cómo hago. O se supone que tengo que comportarme como los conejos. No envidio a los conejos. Se ve que hay gente que sí. Yo les guardo mucho aprecio a los conejos. Su carne es lo más delicioso que he comido en el último cuarto de siglo. No, seguro que miento. Antes decía lo mismo de una pizza a la parrilla que comí en Rosario, pero creo que la pizza no era tan buena y que Rosario debe ser la ciudad más fea del mundo y que estar bien acompañado mejora bastante las cosas. La compañía en cuestión sí tenía buena dotación pectoral y eso lo justificaba todo. Era taurina. Yo estaba en esa época de la vida de los capricornianos en que nos enamora tauro. Vamos, un estúpido. Pero es así nomás, una buena dotación pectoral puede lograr que uno se convenza de que acaba de comer la mejor pizza del mundo. Es un bulevar. Nada especial. En mi pueblo, hay sólo dos bulevares. Uno tenía unos canteros preciosos. A esos los regaba mi papá. No eran raras las noches en que los caballos del turco Mussi cenaban el césped. Una vez, quizá en parte de pago, le regalaron a mi hermano un caballito. Papá le puso Noble, pero hubo que devolverlo, o venderlo, o quitárselo de encima. La carne de caballo, en lugares como mi pueblo, llega a ser mucho más apreciada que la carne de conejo. Cosas del hambre que le dicen. Hablando de hambre, me estaba acordando de Belén. A Belén la conocí antes que a Pamela. Era la mina ideal. En algún punto creo que todavía lo es, o lo sería, si no fuera que está embarazada de otro. Morochita, delgada, alta. Bastante más alta que yo, simpática, lectora. Un poco tonta, también le gustaba escucharme perorar. A veces soñábamos con los ojos abiertos. Nos daba por querer una casa llena de libros. Colchones y libros. Colchones para coger como conejos, dondequiera fuéramos presa del deseo y libros para el resto de la vida, que no es poca. Algo falló en los planes. Habría que trabajar o algo así. Si uno no trabaja se muere de hambre y si trabaja le dan menos ganas de coger, menos ganas de leer libros. O al contrario, más ganas le dan pero menos fuerzas tiene. Me dejó, pero yo me quedé pensando. Siempre me quedo pensando. A veces, les juro, no hago otra cosa. Pensaba que la solución a lo que podríamos llamar el dilema de Belén (te voy a decir una cosa: de un tiempo a esta parte te has mudado al barrio de la cacofonía, no sé cómo hacés, pero hay una grosería cada dos frases). Hay que trabajar en algo ligado a coger. O de última, a los libros. Considerando que no podría comportarme como un conejo, descartemos el cine pornográfico, la prostitución y todo eso. Nos quedan los libros. Los libros cogen mentes. Coger y dejarse. De eso se trata.

Publicado en -doc-, Hipomanía | 2 Comentarios »

Lo que vendrá

Publicado por jorgemayer en 18 18e Abril 18e 2008

Lástima El eternauta, pero la verdad es que una ciudad sitiada por el humo sería un buen comienzo para una novela apocalíptica como esas que se estilan ahora.

Publicado en Piquis | 3 Comentarios »

I´m gonna give you the slip

Publicado por jorgemayer en 16 16e Abril 16e 2008

Si no mal recuerdo, mi yo de hace unos años gastaba sus mañanas en una mal llamada oficina pública.

Si lo digo así, tan suelto, es porque esa oficina pública ya no existe. Algo hizo el tiempo con ella y, si es tan sabio como la gente cree, haríamos bien en pensar que lo hecho ha sido lo correcto.

Gastaba, digo, y ya no gasta, porque yo ya es otro tipo. Pero sin embargo el gasto, que no la pérdida según me lo han enseñado mis maestros contables, sólo era de tiempo.

Lo escribo, lo veo escrito y me parece una patraña. Lo único que puede perderse es el tiempo; el resto se maquilla, se transforma, cambia de manos. Pero no ahondemos.

Mi yo ocupaba un escritorio cerca de la puerta de salida. Mi yo era el encargado último de echar un vistazo a la documentación antes de girarla al archivo. El archivo era un lugar remoto o el subsuelo, ya no lo recuerdo. El caso es que las horas se iban mientras mi yo leía la política hecha carne.

Por hache o por be, cada uno los trámites en los que mi yo era llamado ha intervenir se habían truncado. Entre hache y be se forjaba una vasta y morosa literatura de la dilación. Las excusas de las que se valía el funcionario competente para desligarse de aquello a lo que su investidura lo obligaba eran de lo más floridas.

La mal llamada oficina publica abarcaba demasiadas funciones pero su funcionariado se sentía cómodo hablando de fomento a la producción primaria. El estado y la producción, cualquiera lo sabe, tienen bien poco que ver. Como las rectas paralelas, sólo se cruzan en el infinito.
So pretexto de mejorar la especie, se importaron unos raros bichos al que los papeles bautizaron castrones de angora. El pueblo, no obstante, acaso por su perfume poco grato, siempre los conoció como chivos.

Los chivos viajaron en avión. Algo debía fallar y, de toda la tramitación, eso es lo único que se cumplió puntual: la fatalidad. Llegaron tarde, con el pelo crecido. Algún otro ruido impidió que se los internase en una cabaña adecuada a los fines originalmente previstos. Lo cierto es que todo el calor de diciembre se desplomó sobre el breve corral en el que doce fieras embravecidas bailaban una danza siniestra.

A esto lo supe leyendo el informe -desesperado, descarnado- de un ingeniero agrónomo. Y si resalto su condición profesional es porque siempre me ha gustado mucho leer informes técnicos. Me gusta la forma en que cada ciencia se forja su propio acervo y el modo en que lo retuerce hasta dar lugar a un idioma casi por completo ajeno al idioma padre que lo parió.

Los agrónomos no gozan de buena reputación entre los ingenieros. Los ingenieros no tienen buena relación con la palabra escrita. El informe, ya lo imaginan, era desopilante.

Como si fueran soldados de alguna tribu punk celebrando Transmission de Joy Division, los bichos se daban todos contra todos, hasta que, al fin, uno se daba contra el piso. En ese momento iban todos contra el caído. Hasta matarlo.
Estos días me ha visitado varias veces la imagen del pobre infeliz al que, culpa de un inoportuno mal paso, todos le cayeron encima. Ante el indicio de un ejemplar poco digno, la tribu lo ajusticiaba.

Lo ajusticia.

El ser humano, pensaba, no se maneja de un modo muy diferente. Hagamos leña que se viene el invierno.
Lo extraño es que un tipo se mande un moco y le caigan todos encima y antes -o después, poco importa cuándo- otro tipo se manda el mismo moco -o uno muy parecido o uno más gravoso- y el mundo siga su curso como si nada.

Eso sucede y no muy lejos de aquí.
No sé por qué lo harían los castrones, pero me late que hay una explicación para la conducta de los bípedos implumes.

Cuando el moco se lo manda un tipo que no vale nada, todos le caen contra él no por la razón episódica sino por la estructural. Si el moco es cometido por un individuo que goza de una cierta reputación a nadie le importa. Todos saben que, más temprano que tarde, el tipo volverá de su espasmo.

Cuando eso suceda nadie tomara nota de su rubor.

Publicado en -rtf-, Hipomanía | Sin Comentarios »

Midnight

Publicado por jorgemayer en 10 10e Abril 10e 2008

Hasta cuándo, pensará ella, lo sospecho, cuando pone su cabeza enrulada sobre la almohada, de espaldas a él, que acaso en ese preciso instante esté haciendo el repaso de un día que no se resigna a morir sin pelear, uno de tantos, casi igual a todos, de esos en que te levantás,, te das una ducha, ves tu cara en el espejo brumoso de la hora, pensás que hoy es un buen día para ser el último día de algo, de este maldito trabajo, pongamos, de la facultad, de la vida en pareja, no como quien dice para empezar alguna otra cosa sino más bien con locas ganas de terminar algo y ver a los ojos el mismo abismo que ya nunca vas a ver. Ella ya no te quiere. Nunca te lo diría. Es demasiado… Demasiado no sabés qué, y a la vez tan suave al tacto, y de esos ojos sangrantes ya de ver tantos abismos y a vos mismo acurrucado, muerto de frío pero sin parar de hablar de esas cosas que a ella no le interesan. Un jefe que molesta demasiado. ¿A quién podrá importarle? No sabés bien ni te interesa saber por qué ha dejado de interesarte. El tiempo pasa y la primera cana que se infiltra en la cabeza enrulada que antes tanto le gustaba. Es el primer tipo que quise, dijiste alguna vez. ¿Eso debería ser bastante? Sí, pero quién lo pone por escrito, quién apechuga por vos. Quién podría poner en tela de juicio la segunda ley de la termodinámica, esa que dice… Las cosas, sólo en un sentido, y te aferrás a ese que conocías de mil y una referencias y la casualidad te pone un día en su delante y te despedís la segunda vez más cariñosa y al rato pensás va a darse cuenta y de qué me disfrazo si me mira a los ojos y me pregunta cómo me siento y qué planes tengo, no voy a tener otra alternativa que quedarme en silencio o suspirar y él se va a dar cuenta la tercera vez, cuando, sin soltarlo en abrazo, dejes caer la confesión: pusiste el dedo en la llaga y yo ya no quiera soltarla.

Publicado en -rtf-, Insomnia | Sin Comentarios »

Escritorio

Publicado por jorgemayer en 9 09e Abril 09e 2008

Abrochadora roja y ajena. Lapicera de tinta azul y prosodia lacrimosa Teléfono sin llamadas perdidas, sin mensajes sin leer. Primeros Philip a tres cuarenta el atado. Una hoja manuscrita en tinta azul de prosodia lacrimosa, tres ítem y una firma en mayúsculas. Cuatro hojas impresas. Tres vuelos semanales. Tres ciudades remotas. Una bien ganada ansiedad. Un robusto miedo a los aviones. Una deuda de sangre. Un jefe molesto. Una parejita en ciernes que cuchichea apenas por debajo de la canción por la que el mundo conoció a Scorpions. Una orden de pago sin imputación. Un señor de apellido impronunciable que espera a que lo atiendan. Tildes de tinta azul y prosodia lacrimosa para los días posibles. Los ojos en pleno brote de hastío. Un texto para escribir. Y otro no que merecería llamarse sí, o al menos quizá, en una de ésas.

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I´m gonna win ya

Publicado por jorgemayer en 31 31e Marzo 31e 2008

Si no fuera lo que soy, posiblemente hubiese seguido la huella de mi viejo. Estaría vestido de blanco y haciéndome el galán con todas las mujeres. Es algo inevitable, flota en el aire. Las clientas gozan con el buen trato. Es importante la higiene, suma puntos tener la mejor carne del condado, pero la carta ganadora es el trato. Mi viejo es tan amargo como yo pero se las ingeniaba, no sé cómo, para ganarse algún celo de mi madre, que es, sobra que lo diga, una santa.

Me impresiona la sangre. No me gusta el color rojo. No tengo espaldas para hombrear una res. Pero me hubiese gustado dedicarme. Sería un homenaje a los años felices, cuando en casa se comía carne vacuna en cantidades industriales. De allí sé que comer carne porcina es criminal, que el pollo es un bicho triste, que el cordero patagónico es un invento de la prensa obsecuente, que el conejo es una delicia de la que nadie debería privarse.

A veces salgo de mí para mejor verme.

Ayer salí de mí para mejor verme.

Me vi y era un perro. Oteaba del otro lado de la vidriera de una carnicería de mi barrio. Tramaba el modo en que daría el golpe. Me regodeaba mirando eso que el hombre de blanco cortaba en jirones. Pensaba qué bueno ser terrorista. Qué bueno hablar en castellano. Qué bueno tener manos para poder abrir la puerta, enseñarles una granada y decirles dénme lo que es mío y nadie saldrá lastimado. Y llevarme no mucho, un vacío, un matambrito, algo que sea digno de compartirse. Eso, por si me hiciera cosquillas el roce del amor.

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