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blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

Sano y salvo, que es ya decir.
Eso sí: 20 grados es demasiado.

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Estamos contigo, Alemania.

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La previa

gana Argentina
cuatro a dos
en los penales
los polacos con camiseta alemana
arrugan

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un diario ajeno
la descripción de tres niveles de la tierra
sueltos muchos sueltos
lo peor es que sé
-y sé porque lo he visto-
que hay al menos dos personas
que lo han impreso todo
eso dicen
eso creen

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Qué

Cada vez más seguido debo enfrentarme a la pregunta qué escribís.
Yo qué sé.
A ratos escribo lo que la mano pide y esos ratos suelen ser los mejores. La proa puesta con rumbo a ningún lugar y una maldita palabra tomada de la mano de la otra. Y así hasta el final. Hasta cansarme.
Pero eso no podría explicárselo, por ejemplo, a mi padre y me pasa muchas veces que, si quiero encontrar una respuesta que me (lo/los) satisfaga, me bloqueo.
Tal vez sea porque sea la vida misma la que pida proas y la cada vez menos pretendida adultez sea el límite que demarque: la dirección, el sentido, la razón es hacia allí.
Más confortable resulta, por el contrario, la incertidumbre, tener a la mano el ramillete de todas las posibilidades como la imposibilidad, la madre de las imposibilidades.
Así, en cierto modo, a falta de parámetros, de horizontes, a falta del deber ser, pareciera no haber modo de chingar el vizcachazo.
Sucede que, llevando ya varios años a la deriva, determinados puertos poco seductores (pero puertos al fin) van quedando cada vez más lejos y se roza ya el no retorno. No ha hecho falta quemar la nave porque yo mismo estoy en llamas.
He perdido la facilidad para encarar ciertas cosas. Distritos técnicos en los que hasta anteayer era baqueano se han vuelto casi inexpugnables, sólo que de vez en cuando, haciendo de tripas corazón he conseguido sobre ellos alguna victoria parcial y me he sentido tocado por la varita que distingue a los unos de los otros.
Pamplinas. Creer que la noche puede acabarse en un relámpago.
Entonces, casi sin quererlo, llega el día en que la pregunta se repite y la respuesta se demora más de la cuenta.
Ese día ha sido hoy.

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Allez!

La sensación es agridulce.
Los restos del campeón de la copa del 98 despertaron del sueño de los justos a la inflada España.
Dulce por la France. No la de estos crotos sino la de Deleuze o Bataille. Por ratificar que lo efímero hace bellas a las pompas de jabón.
Agria por Henry. Más agria por Zidane que a punto estuvo de repetir la primera ronda del mundial pasado, sólo que esta vez como director técnico de estreno. Tan de estreno que hizo un equipo con sus amigos.
Dulce por Puyol.
Agria por Barthez. Por Thuram. Por Domenech.
Dulce por La marsellesa. Por Vieira. Por Vanessa Paradis. Por Juliette Binoche.

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Se me ocurre que ya hay demasiada literatura de escritores borrachos y lo que está haciendo falta es que alguien se ofrende en sacrificio al lector borracho. Es más: me he planteado algunos recursos para utilizar en tal liturgia, pero creo que no merece la pena. Los borrachos desprecian los libros. Y lo bien que hacen.

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Fraude en perjuicio de Australia.

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Y por fin una noche de pizza y recuento del botín que esta mano el parque Rivadavia ha soltado para estos sures.
Elegimos oír a Frankie.
Y yo, que no he sido jamás docto en su obra, me maravillo con una canción y tengo ganas de cortarle los dedos al sujeto que ha castellanizado los nombres.
Hablo, claro, de Comienza el beguin.

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Bien pudo Borges haber imaginado su paraíso con forma de biblioteca. Y James como un hospital. Mucho más modesto, yo he descubierto que el infierno puede ser Rawson. Rawson bajo una llovizna invernal. Rawson bajo una llovizna invernal en un día de corte de luz.
Hay que ver la destreza del condenado avanzando a tientas entre los charcos, pisando baldosones que esconden géiseres, calculando casi al centímetro la ubicación de la acera que no está donde aparenta estar y en el ligero roce de lo último del taco de su zapato con la arista de la vereda, asido a la vida por ese hilo despreciable, recordar que hace nada más unos metros, cuatro o cinco, un tipo de barba crecida, perdido en la noche laberíntica, acaba de dirigirle la palabra, más exactamente un buenos días señor bien propio de quien está perdido y echa mano al bendito socorro de un transeúnte que lo ignora y apura el paso, que apremiado por ganarle a la lluvia va a llegar al final de la vereda y se va a cagar de un golpe que -por descortés- en buena ley se ha ganado.

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El viernes va a volver el sol. Acabo de oírlo en la radio.

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Desgramatizándonos

Me cansé de corregirla. De intentar hacerlo. A mi madre, digo. A las cosas que dice mi madre. Al modo que tiene para decir las cosas mi madre, he querido decir.
Y eso que en materia de correcciones siempre me he portado como un maníaco y sino que diga lo contrario Norma, mi maestra de quinto grado que cada vez que llenaba el pizarrón con algo para que copiásemos en el cuaderno se daba vuelta para preguntarme si todo estaba bien.
Eso me daba un cierto orgullo pero hasta ahí nomás porque siempre supe que ella me odiaba, como todos los maestros de escuela que saben que tienen un agitador entre sus blancas palomitas.
Sin embargo es el día de hoy y todavía no he aprendido a usar correctamente los signos de puntuación.
Y ni decir el desprecio que guardo para con los signos de pregunta y de admiración, para las rayas de diálogo, para las comillas y para una larga lista de símbolos que deberían ser inocuos.
Por eso, supongo, me gusta Lobo. Cada quien se invente su gramática y los demás -qué importan los demás- que lean como puedan.

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Así, tan torpe, no hay quien pueda ir demasiado lejos. Bien lo sé. Pero a quién le importan los lejos. ¿Y los demasiados? Se impone derogar la polución de adverbios. En esta cruzada estamos solos. No alcanzan los culos de carnaval ni las colaboraciones que piden los muchachos de mameluco naranja. Tampoco los decretos. Por más que exista necesidad agravada por la urgencia. Por más que mediare ratificación de la horda de pájaros bobos reunidos en parlamento. En esto estamos solos. Perdón: quise decir estoy.

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