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blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

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Archivos para 'Summa voluptas' Categoría


Intemperie/9

Publicado por jorgemayer en 19 19e Julio 19e 2008

No estés triste por cosas tontas, me dice ella. Tonta, pienso, pero no se lo digo, cada uno sabe qué cosas tiene por tontas. A veces se arrepiente, a veces es más tonto de lo que debería, pero cada quien merece para sí la soberanía de separar las cosas tontas de las no. En cambio sobre la tristeza no hay decisión posible. Llega, no ha pedido permiso y ya está desempacando. Trae maletas grandes, pero guay que no las traiga vacías, o rellenas con papel de diario. Pero yo no estoy triste por cosas tontas, simplemente me vengo triste porque soy un tonto. Me vengo, me cierro. Como un animal amenazado se me erizan los pelos de la nuca . Y no hay muchas manos como las de ella, suaves de nunca haber lavado un plato, me dice pero yo no le creo, sabias, pienso pero no se lo digo, de haber andado a tientas mil caminos, sabias por el arte que demuestran puestas a deshacer el nudo. El animal amenazado es ahora una pieza líquida. Puede tomar la forma que ella quiera. La forma, incluso, y esto es grave, la forma que quiera él. Es tan simple que da miedo. Porque él quisiera ser una piola que le ciña el talle contra sí, una piola de nudo duradero, pero no. Es triste: ella tiene la magia que dehace todos los nudos.

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Intemperie/4

Publicado por jorgemayer en 14 14e Julio 14e 2008

No sé qué hora marquen los relojes. Llevo en mi piel un sudor que me hace un poco más flaco, menos débil. Me siento en un banco de plaza a ver la vida pasar. Le queda poca luz a este día pero nada me importa. Nada. Podría morirme dentro de un rato y estaría bien. Tengo que aprenderlo todo de nuevo. Creo que soy un recién nacido. Que algo en mí se ha muerto. Que algo en mí ha vuelto a florecer.

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Intemperie/3

Publicado por jorgemayer en 11 11e Julio 11e 2008

Las manos frías, me decís, los pies fríos, te sonrojás, siempre, te encogés de hombros, no sé por qué, te justificás. No me importa lo que vos puedas pensar. Ni lo que piensen ellos. Si los apuras van a decirte, a decirme, que no hay frío sino falta de calor. Tienen razón. Vos decí que sí. No hay dolor. Sólo manos frías. Sólo pies fríos. Fríos siempre. Y hombros encogidos. No sabés por qué. Inexplicable. Como el sol en la cara, como la noche en el pelo. Das calor. Das todo el que tenés. Por eso pasa lo que pasa. Porque no hay frío, es todo una ilusión. Y no hay calor sino allí, en la frontera de tus manos.

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Lastifold

Publicado por jorgemayer en 13 13e Junio 13e 2008

Una noche te das cuenta que ya van muchas noches, demasiadas, de dormir espalda con espalda, y el mero roce, que no es roce sino estela de calor que se propaga, la certeza de tocar sin que haga falta, sin que te lo pidan, sin que vos a ella, que sueña y algo dice entre sueños, y vos en la modorra no te preocupás por descifrar, no sea cosa que del todo te despiertes, porque si te despertás, ya sabés, las cosas siempre resultan más o menos igual, tal vez con menos cáscara cada vez, más cara y menos cuero cada vez o menos máscara, en el fondo más de lo mismo, de modo que no te cuesta casi nada dar esa media vuelta y ponerte a tiro y si esa última ejecución poco tendría que envidiarle a alguna otra pretérita, te das cuenta de que no tiene el menor sentido pedirle que sea una más entre todas ellas, cuántas, decenas, centenas, de la primera a la última las vez alineadas, prestas a saludar la autoridad de un alguien que se cree dueño de los dones y no es otro que uno más en la tertulia de un bar de mala muerte, infestado de un olor a humo que ya nadie fuma, qué va, y si ya nadie, pensás, qué se pierde si en vez de tu aliento ponés una mano y nada más sobre el hombro de ella, el hombro que ya no es tuyo, qué se pierde en la intrusión y cuánto se gana en ella, mucho sino aquel cerco de dientes de la primera vez bien podría suceder que al cabo de ese abismo se sospechase el mismísimo perfil de un más allá, tan justo, tan necesario, tan improbable, que ya esos dedos que han sabido de mejores disfraces para el repetido temblor se fingen la caricia justa, necesaria, improbable y la vocecita que la noche no termina de robarle al sueño no es más que un movimiento llamada a cortarla suavemente en dos, a convocar a los fantasmas y reunirlos en asamblea, que ya es la hora, que ya no hay sitio para los pacientes, oh las formas de la imprudencia, cerrojos que ceden, arrebato de turbadas humedades, feroces martillazos para saber qué es lo que esconde el cristal.
Nada.
Nada es lo que esconde.

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desandenes

Publicado por jorgemayer en 16 16e Enero 16e 2008

yo no sé a qué viene tanta necesidad de corset, yo no sé a qué tanto corset de amenaza, de mejor que no te agarre, si después, y pongamos que después no queda lejos, y que incluso lejos suponga al alcance de la mano, lo mismo estaremos en la sangre abatidos de esas cosas que por dentro pasan antes de que les pongamos nombre y apellido y estado civil, urdiendo planes que jamás de los nuncas acometeremos, gallardos perdedores del último tren, el que acaba de pasar a deshoras

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Pacta sunt servanda

Publicado por jorgemayer en 4 04e Diciembre 04e 2007

Si apenas pudiera articular una frase sin las palabras de siempre.

Si tuviera algo que decir, juro que lo diría. Mucho me temo que se tratase de las palabras de siempre, algo opacadas por el calor, por el peso de las semanas que han pasado y el temor por las que vendrán, pero hay cosas que no cambian. Sigo temiendo: quizá no cambien nunca.
Ahora escucho la voz de la flaquita del locutorio. Es la que siempre hace las suplencias. Una figura que, sin ser lo abundante que a mí me gustaría, luce lo que en la jerga conocen como “buena percha”. Es increíble. No puedo dejar de mirarla. Trato de distraerme con alguna cosa. Escribiendo, por ejemplo.
Debería decir que esto no es un locutorio convencional, sino que es, al mismo tiempo, la recepción de la cooperativa de servicios públicos del pueblo, lo que la convierte en una romería en las horas pico y, como si eso fuera poco, cumple las funciones del 110. Sí, cada vez que suena el teléfono, la flaquita levanta el tubo y dice: central, como si preguntara. Le preguntan por mí, por ejemplo, Pérez Esquivada, y ella dice cuatro noventa y dos seis treinta y ocho; no, de nada. Y así a cada rato.
A cada hora sale alguno de los empleados de la cooperativa. Los hay administrativos, que poco importan, del servicio telefónico, del servicio eléctrico, del de aguas, todos toscos, morrudos. Cada cual, camino a la puerta, se detiene un momento para saludar a Rosa, que así se llama la flaquita.
Tendrá unos treinta y cinco años, eso creo yo. Al menos eso me parecía cuando le veía el pelo dorado caer sobre el gesto de mil horas bajo el sol del lago. Unos ojos celestes que darían ganas de comerlos, si no fuera por los párpados algo apretados de quien quiere acabar rápido con el asunto.
Es ronca. Eso me resulta cómico. Buena parte de su trabajo consiste en ser amable por teléfono, justo a ella que la voz no le favorece ni un poco. Bueno, he de admitir que en algún punto la voz de lija tiene su encanto. Para empezar, por el contraste con su figura tan delicada. Cada vez que se a fumar, y para esto debe asomarse a la vereda, entiendo algunas cosas. Pero basta que traiga al cachorrito guacho que tiene, para que a mí me salte la térmica.
Soy así. Odio los gatos, los perros y los niños. No sé si en ese orden, pero más o menos.
Acabo de verla. Está incluso más delgada que en el invierno. Se planchó los rulos; se ha puesto una tintura color chocolate. La oigo toser en la vereda.
Me distraigo. Con ella y de ella.
La verdad es que pensaba en otra cosa. Pensaba, y de eso quería escaparme, en la mala costumbre de no respetar la palabra empeñada, costumbre, por lo que se ve, bastante extendida en estas pampas. Somos, yo también, de olvido fácil. Y es una pena, no porque haya mucho y bueno que recordar. No hace falta que diga con todas las letras lo que opino de esta hora aciaga de la patria y el trato que le dispensa al diferente. Sino, redondamente, porque el olvido se basta a sí misma. Las promesas incumplidas hoy apadrinan las penurias de mañana.
Esa palabra empeñada primero y mancillada después, será la que se vuelva contra el lenguaraz. Sólo así será justicia. Y enhorabuena.

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Los que aman a David Lynch

Publicado por jorgemayer en 16 16e Octubre 16e 2007

¿Me dejás que te cuente de ella?
Te dejo.
Me dejó.
Bah, qué me va a dejar. Nadie deja a nadie en realidad. Esa cosa tonta de pensar que el otro viene, el otro va y uno siempre en el mismo lugar, mirando las cosas pasar. Nadie deja a nadie. Todos están tan solos como yo.
Al principio era una voz. De esto hace ya muchos años. Era una voz salida de la radio. Una voz, que si fuera vino, podría decir con todas las de la ley que se trataba de una voz con cuerpo, una voz de un cálido retrogusto, que es el gusto que en el paladar deja el vino cuando se va. Lástima el nombre. Demasiado feo para tan bonita cosa.
A lo mejor ella pensaba lo mismo, aunque tengo para mí que ella no pensaba demasiado las cosas. Nos vimos un día en un pasillo apartado. Cada quien cumplía con el trámite de rigor a esa hora de la mañana. Yo estaba cansado de trabajar y ella precisamente de lo contrario. Qué bicho jodido el cristiano. No le gusta trabajar pero tampoco se siente cómodo si tiene mucho tiempo al pedo. Ha de ser, yo lo creo así, la diferente concepción del ocio que lleva grabada cada cual. Por caso yo ya sé que no quiero trabajar. Ni ahora ni nunca. Ni para un patrón de carne y hueso ni para una multinacional ni para mí mismo. No quiero laburar y a otra cosa. Entonces edifiqué mi vida, o esto que mal podría hacer sus veces, en torno al ocio. Chicas, libros, alcoholes, películas, discos, drogas, las horas al servicio de la nada, sentado en un banco de la plaza, mirando -sí, de nuevo- la gente pasar. Ella no. Ella es una susanita. Suerte que siendo muy piba dio en el clavo. Marido tartamudo que da dos veces en el blanco y ese blanco perforado de la distante juventud echa a sangrar un par de retoños, que yo no conozco pero me gusta imaginar parecidos a la madre. Pero bien podrían parecerse al padre y el mundo seguiría andando.
Y es bello escuchar voces. Voces lejanas, que de a ratos hablan cosas que uno no entiende. Por eso tiene éxito David Lynch. La gente, alguna gente, no el populacho, no los que van a infestar las urnas con la podredumbre que les carcome los dedos y las tripas, sino esa gente de carne y hueso, que puede tomarse un vino sin pedirle permiso al almanaque, los que se despiertan a la hora que el sol quiere y no los relojes, esos aman a David Lynch. Esos están hartos de entender. De entender qué mierda.
Ella decía llamarse Majela, pero yo nunca he conocido nadie que sea digno de llevar un nombre así. A veces pienso que yo me lo inventé, que no tenía otra cosa que hacer que pasarme mil horas en la cama esperando la hora de estar en la cama y que ella hablase. Ella, una voz de radio, una voz con cuerpo. Una voz sin piel. Una voz toda piel.
Me pedía trabajo o algo así. Me pedía que intercediera ante mi señor o el de ella, no sé bien, como si yo pudiera. Como si yo fuera influyente. Como si cada cinco minutos se me escapase una paloma de la manga del saco o fuera el inventor de todos los nombres, de todas las voces, de todas las pieles sin cuerpo que por las noches hablan a los adolescentes insomnes.
Le dije que sí. O que no, ya no me acuerdo. Le dije también que todo esto era un chubasco y que pronto pasaría y que cuando ese momento llegase, que siempre llega aunque uno ya esté afligido por otra cosa, por la falta de ese cuerpo al que pedirle que interceda ante un señor u otro, nos reiríamos. Le brillaban los ojos. Me aterré. Me dan miedo lo fáciles que resultan algunas conversiones. A lo mejor tenía deseos de llorar y también vergüenza de hacerlo delante de un extraño que no paraba de decir cosas como si alguien se las dictase. Si existiera el diablo, yo creo que hubiese hecho lo mismo.
¿Y por qué no los viejos? Si los viejos lo único en lo que piensan cuando ponen la cabeza en la almohada es en la suerte de trocar en almohada cualquier cosa que te guste. Una caja de chicles Adams, la banda de sonido de Lost Highway, las tetas de la gorda de Fellini cinco segundos después de haber bajado la persiana.
Yo estuve demasiadas veces ahí. Lo decía y ya no la miraba. No podía soportarlo. Yo alguna vez estuve acostado a pocos metros de un lago de terciopelo azul. El sol me calentaba la cara y la migraña. Mi cuerpo era lánguido para el feroz deseo de que la columna vertebral no me respondiese y quedarme allí, tendido para siempre, a la espera del socorro de la sanidad pública y la caridad, pero también esa vez pude incorporarme, sacudir la tierra de mi atavío, ya que no el rubor que pare el gesto pálido de los tristes que se acuestan al sol.
Me defraudó, decía, y hablaba de una que supo ser su amiga. No hay animal más tonto que el cristiano cuando es nuevo. Eso decía mi padre. Eso se cansaba de decirme mi padre cuando yo cometía la misma bobada que había cometido ayer y anteayer. Lo que nunca me dijo es cuándo el cristiano deja de ser nuevo. En una de esas la novedad le da a uno la chance de regatear el castigo que le toca por lo tonto que pudiera ser. De tal suerte, dejaría de ser nuevo cuando ya nadie preste atención a los pedidos de clemencia. Pero siempre hay un roto para un descosido. Eso decía mi madre cuando me echaba a la calle a que me busque una novia. Y eso me decía cuando echaba a la calle a la que le traía y no le gustaba. Porque siempre hay un roto, siempre un descosido. Siempre una modista. Nunca bastante sutura.
Vení, tocame, decía la voz toda piel y dejaba de importar que faltasen apenas veintitrés horas para una nueva ceremonia.
Vení, que es este momento y ningún otro el posible. La belleza no se posa en el dominio de tontos. Por eso el desprecio.

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No gastes fuerzas para comprender

Publicado por jorgemayer en 28 28e Septiembre 28e 2007

¿Ya es hora? No lo sé. Un día de estos voy a volver a ponerle pilas al reloj. ¿Será posible que los únicos dos relojes que he usado estos años se queden sin pilas al mismo tiempo? Está el teléfono, claro, pero su alarma, por melodiosa que se pretenda, me pone siempre al borde de la histeria. Pero peor resulta que cada vez que escuche un sonido ligeramente similar, sólo atine a mirarlo. Esto es 1984. Ya me reclutaron para sus filas, pero no por eso soy menos feliz.
¿Es hora? Sí, ahora sí, y si no le metés pata vas a quedar muy atrás en la cola. Eso no es malo en sí mismo: hay lugar para todos. Casi siempre. Pero si por esas cosas de la vida, el mío se atrasa y antes viene otro, por ley de Murphy se equivocará de andén, se romperán las filas proletarias y ahí sí que me broto.
Pero voy a tiempo, eso creo. Me cruzo el bolso, prendo un pucho y me lanzo cuesta abajo. Siempre igual, todo lo mismo. Es el piloto automático de mis días a esa hora, sólo que ya es primavera y más gratos los pasos. Cruzo la calle al trote. Es doble mano y -aunque hace mil años que viva por el barrio- todavía no me acostumbro a mirar para los dos lados. Entonces corro, me agito, trepo a la vereda, veo los árboles pasar. Me distraigo. Añoré todo este invierno los días de sol y ahora me falta la luna.
Pienso en ella. En la luna. Todos merecemos una luna. Algunos, tal vez, dos.
Ahí vienen. Ahí vienen sólo para mí. Un, dos, un dos. Un dios. Me pregunto cómo será su rostro pero no tengo tiempo para averiguarlo. Quizá se haya propuesto facilitarme las cosas y por eso me dijo hola, cómo andás. Muy bien, ¿y vos?, le dije, pero ya nos habíamos cruzado. Ahora era un culito blanco que se marchaba y yo un tonto que se daba vuelta a mirar.
Un, dos, un dos.
Un dios.

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Publicado por jorgemayer en 10 10e Agosto 10e 2007

La extraño un poco. No puedo negarlo. Un poco, pero no lo suficiente como para levantar el tubo y marcar las benditas ocho cifras. Debe estar allí detrás. Es más: debe saber lo que yo ahora mismo estoy pensando. Pobrecita. Yo ahora mismo no pienso en nada. O a lo mejor sí, en el llamado de los buenos días, en el pudor con el que se refería a algunas de nuestras cosas en común. Contame cosotas, me decía, y yo no es que tuviera un libreto preparado ni nada, sino que echaba a rodar la bola del pinball. Pim, pum, te has ganado una vida. Qué manera de decir cosotas. No alcanzamos a ser una manada. Siempre los dos, siempre ella y yo, el pucho colgando entre los labios. Parece que hubieran pasado mil años y sólo fueron tres o cuatro. Ahora el pucho entre los labios es un acto necesario, casi subversivo. Ahora las cosas graves que sucedían a nuestro alrededor parecen niñerías. Las mías siempre fueron las más graves. Yo no me daba cuenta. Yo sonreía, yo ejercitaba la memoria y metía una cosota atrás de la otra. El tren. Todas las estaciones de la vida. A punto de llorar. La servilleta limpiando la humedad traicionera. La pucha. Ahora la panza llena de huesos, algunos meses todavía por delante, la discusión por el nombre y ojalá que nunca te abandonen. Te esperaba la otra noche. Sí, sí, te lo juro. Apenas hubieras traspuesto el umbral que tengo detrás de mí no sé la cara que hubiese hecho. Qué importa, ¿no?, a esta altura, treintaytrés en mesa, somos otra gente.

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Varadero

Publicado por jorgemayer en 10 10e Julio 10e 2007

Ah, dónde habrá quedado el Mayer existencialista, pregunta en los comentarios un viejo y querido amigo de este blog. Bueno, no esperarán que yo lo responda. O sí, mejor voy a responder al interrogante, no del modo concluyente que se supone debe tener una respuesta a una pregunta bien concreta sino, más afín a mi estilo, yéndome por las ramas.
Entonces, ramas, allá voy.
La última vez que me dijeron existencialista, y de esto hace ya varios años, varios y qué años, los mejores y peores de mi vida, los más intensos, fue un reproche, un reproche por una voz femenina pronunciado, y no fue existencialista lo que me dijo, o al menos no a secas: existencialista de mierda, eso me dijo. Ella era grande, mucho mayor que yo, y no teníamos casi ningún punto en común. Todo lo que ella tenía de versada, yo lo tenía (lo sigo teniendo) de ignorante. Pueden sospechar lo interesantes que pueden resultar las charlas con una mina que lo llama a uno Michel, no por Peyronel, no por Platini, sino por el pelado Foucault.
Bueno, sí, yo voy a quedarme pelado pronto y estimo que, llegado el caso, borraré de mi cabeza toda marca de haber tenido pelo alguna vez. Ya lo saben: siempre tuve pelo, desde bebé, aunque en esa época era nada más una pelusa, algo que mi madre dio en llamar piel de durazno, lo mismo en las orejas, en las mejillas, si hasta en casa atesoran un cuadro (en esa época escaseaban las fotos) con mi imagen, una imagen intervenida (mucho antes del photoshop) a manos del artista autor, que dejó su marca con un gorrito amarillo. Qué detalle: todos pensaban que el cuadro sería más bonito si el bebé pelado tenía la cabeza cubierta con un gorro amarillo.
Nadie me consultó a mí. Menos mal. Yo ahora me las ingenio para encontrarle una palabra a cada cosa. Antes, se los juro, yo decía cosas como ajojó, gugú, tata y no pluscuamperfecto, metempsicosis o desoxiribonucleico. A mí modo era más certero. Con el tiempo, es obvio, aprendí muchas más palabras, pero no he logrado más que ganar en confusión, pero ese en verdad no es mi problema; el problema es que la gente quiere entender. No saben qué mierda, pero algo quieren entender. Bueno, no cuenten conmigo. Yo dimito redondamente. Anoten mi saldo y cobrénselo a Magoya.
No era linda. Tenía cara de gata, el gesto felino, y se vestía como si fuera linda, como si fuera joven, como si en verdad todos sus alumnos no quisieran otra cosa que acostarse con ella. No era mi caso, yo no era su alumno, pero tampoco se me ocurría razón alguna para tener esperanzas de conquistar a una mujer que me doblaba en edad. No las había, no las hay al día de la fecha, de modo que me limité a ser yo, que es lo que todo el mundo debería hacer, especialmente cuando ha perdido el rumbo. Gugú, tata, ajojó, así todo es más claro.
Señora, le juro por lo que más quiera que no tengo la menor intención de cogerla. Cuente con mi buena voluntad. Enséñeme Foucault, nadie lo entiende pero los que lo entienden dice que el pelado es un fenómeno. Déjeme averiguar si es para tanto.
No pude haber escogido peor camino. La mina se enamoró y yo qué culpa tuve, la puta madre, si querés es porque querés y si dejás de querer es por eso mismo. Siempre hay un problema y estos sí que son problemas, che, que la mina plantee la intrusión como si tal cosa.
Un fracaso, sí.
Hablando de eso, quizá mañana les charle un poco sobre Fitzgerald, que sigo leyendo.
Cariños desde acá.

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