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blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

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Intemperie/2

Publicado por jorgemayer en 10 10e Julio 10e 2008

Dada mi proverbial timidez, preparé un pequeño escrito para leer en La Rioja.
Finalmente, de común acuerdo con mis contertulios, preferimos hacer algo descontracturado: bajamos de la tarima preparada al efecto y nos sentamos casi entre la gente, lo que facilitó una cálida conversación con el público. Lo que sigue es el texto escrito -a los apurones y en tinta de vino beaujoulais- y finalmente -¡y felizmente!- no leído en aquélla ocasión. Leer el resto de esta entrada »

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Intemperie

Publicado por jorgemayer en 9 09e Julio 09e 2008

Mi bolso ya es tres libros más pesado de lo que vino.
Nielsen me regaló Marvin. La primera vez que me regaló un libro tuvo hasta la gentileza de preguntarme qué quería. Esta vez no. Esta vez no tuve que pedirle una dedicatoria.
Mori me regaló No somos perfectas. No sé si vas a quererlo, me dijo, aunque el modo en que me lo dijo no fue exactamente así, que es el modo en que yo tengo de decir las cosas. Su modo, en cambio, es tan suave, tan caribeño, que lleva en la voz una caricia de sol. Encima el libro es extraordinario. Una amiga me lo advirtió: este es un manual de instrucciones para el enemigo; para el que sepa leerlo la mujer no tendrá secretos. Me aterra la posibilidad. Y me fascina. Y leo de a poco el libro. No sea cosa que la advertencia sea cierta.
Un autor que no sabe titular sus libros me regaló uno. Habíamos departido un largo rato ante una mesa tapada de botellas de Heinecken. Nos oía una chica llamada Valeria, la más linda de la feria, se ufanaba alguien de la organización. Yo no iba a desmentirlo en su presencia, pero varias de las chicas que trabajan en la organización eran de una hermosura que reducían a Valeria la condición de borrador. Un bonito borrador.
Me pregunto cuál será el código postal de La Rioja. Estas dudas a veces me asisten en lo mejor del amor. No soy yo sin esas dudas. No sé. A lo mejor siento que debo marcar mi territorio. Dejar en claro que soy el auténtico, como si hubiera otro que tuviera pies para mis zapatos.
En mi valija falta una remera negra. Queda en buenas manos, supongo. No me gustaría que fuese un recuerdo, algo para atesorar. Un trofeo. Hay gente, me dicen, que vive en el museo de su vida. No los entiendo. Yo no tengo nada de mí. Me siento extraño cada vez. Como si fuese la primera vez que me toca esta piel y este dolor en las muñecas. Como si jamás me hubiesen ardido los ojos y mi espalda fuese virgen de sol. No, que no sea un trofeo.
Y sobra una cámara de fotos. Ay, el tiempo, maldita llaga. Si me la regalaban una semana antes, tendría en mi poder una increíble toma de el Indiana Jones de las pampas. Y a Francis Mallman. Y a esa chica que decía que no le gustaban las fotos con el sol en la cara.
A veces es tan cálida la intemperie que dan ganas de quedarse así.
Sí, un rato más.

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Cuidado con lo que sueñas, que a veces se cumple

Publicado por jorgemayer en 9 09e Julio 09e 2008

El viernes 4 de julio participé, junto a Fabiana Carrillo, Mori Ponsowy y Gustavo Nielsen, de una charla sobre blogs y literatura en la feria provincial del libro de la Rioja, una excelente excusa para disfrutar unos días de ese cálido invierno, de carnes y vinos exquisitos, de paisajes de ensueño y abusar de la hospitalidad de un puñado de buenos amigos que he conocido.
Dejo anotada aquí mi eterna gratitud por los momentos compartidos y también la promesa -¿o la amenaza?- de volver pronto.
Gracias a todos.

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La última vez

Publicado por jorgemayer en 3 03e Julio 03e 2008

Sensación rara, la de entrar al bulín de la calle Acevedo y verlo tan acogedor como siempre incluso a pesar de un frío de los mil demonios. Alguien durmió aquí anoche y esta noche dormiré yo. Dormiré. Llegado el caso, intentaré conciliar el sueño. Me da un poco de miedo tomar aviones. Me da miedo llegar y que la niebla sea tan espesa. Tan espesa como la nube de ceniza ayer mismo no dejaba ver las sierras de mi pueblo desde la ruta. Un segundo y zas, ya no hay más pueblo. Y después la noche, una película de las malas. Siempre así. La vida en los colectivos siempre es así. Ves a las azafatas, que esta vez, y sólo por esta vez, son dos, y te das cuenta. La nueva, la pupila, lleva unos tacos tan delicados que da la sensación de que en cualquier momento se viene al piso y un pasajero, dos, incluso yo, dejaremos nuestra mullida butaca para socorrerla. La otra no. Avanza con paso seguro, aunque de vez en cuando se le caigan las mantas, las almohadas. Sus tacones son lo bastante gruesos como para sostener sus pasos en firme y su nariz tan fina, tan larga, que todo se echa a perder. Creo que ya no volveré a tomar este colectivo. Demasiados viajes y ninguna azafata que merezca la pena el esfuerzo de comportarse como el que no soy. Incluso aquella, la del delantalito con bolsillo, que daba la sensación de ser un canguro, que en vez de cría llevaba una botella de Blenders y lo bien que le sentaba al pasaje. Anoche no había ninguna así. Desprecié el escocés. Lo mío es el bourbon. El escocés tiene olor a pis. Las azafatas lucen mal. Entrada la noche el viaje es penoso. La noche ocurre a las seis de la tarde. En los televisores una comedia destila los mismos viejos chistes que a mí padre nunca han hecho reír. Hay una pareja con un bebé. Hay una pareja de ancianos. Pero lo que más me llama la atención es la paz del bebé. Sobre todo si la considero en relación al comportamiento del ejemplar macho de la pareja de ancianos. Es una cagada llegar a viejo. Es una cagada haber sido hombre y volverse viejo. Porque volverse viejo es ser de nuevo un chico, sólo que ya no hay chances de redención. El tipo se queja por todo. No le han dejado subir el equipaje de mano. Por lo visto le ha hecho una escena a los choferes. De eso me enteraré después, cuando una de las azafatas diga que no hay necesidad de insultar a nadie. Que no es bueno poner nerviosos a los choferes. Que a nadie se le ocurriría hacer eso ni siquiera dentro de una familia. Porque todos queremos llegar. Y todos tenemos familia. Estoy cansado de oír esa frase. Todos tendremos familia, pero a lo mejor tenemos deseos de llegar porque hay mejores obligaciones que atender. Además, suena mafioso. Antes le oí al tipo algunas murmuraciones. En otras empresas permiten llevar más equipaje de mano. Tengo ganas de preguntarle por qué no viaja en alguna otra empresa. Como si me hubiese oído, dice: porque hay muchas empresas que hacen el recorrido. Además, ¿por qué no dan factura?. Si me sale el contable que llevo dentro, lo acomodo. Pero él es un chico y me hago a la idea de que no va a crecer por largas veinte horas que dure el viaje. La culpa es de su esposa. Ella lo apaña. Si por lo menos informarán en la factura que no permiten mucho equipaje de mano. Van a tener que hacerlo, dice él. Y a continuación dan paso a otra deliberación. Los posibles bolsos de mano que podrían haber venido y se han quedado en caso. Evalúan volúmenes y maniobrabilidades. No salgo de mi asombro. Debo ser un tipo muy corto. Yo no puedo hablar más que medio minuto sobre mi equipaje. Eso es lo que tardo en localizar mi valija en la bodega. Siempre es igual. Podría mejorar mi marca, creo. Debería hacerlo. Pero no me sobra el dinero para comprarme una valija que sea más fácilmente identificable. Se me ocurre que un color naranja daría bien. Los maleteros que me conocen sabrían que con la naranja no se jode. No lleva nada de valor. Es más: la mitad o más de la mitad de las cosas que debió levantar el loco de la valija naranja no las ha levantado. Se va a dar cuenta dentro de un par de días. Siempre es así. Busco el Parque Centenario y me extravío prolijamente. Hay cosas que nunca cambiarán. Lo que pude hacer en media hora me insume casi hora y cuarto. Una chica de ojos azules me da las llaves y me cuenta las peripecias por las que anduvo esa llave que ahora tengo en el bolsillo de mi gabán. Nos damos tres besos. Me sonrío. Siempre nos saludamos en exceso. Maldigo las calles vecinas al parque. Así no hay modo de orientarse, hasta que doy con Camargo y me alegro. Es una calle solitaria. Tal vez sea buen lugar para vivir. No me recibe el encargado. El viejo Luis últimamente andaba medio achacoso. Me preguntaría por mi amigo, el que hace rato que no anda por acá. Yo le hubiese dicho que hay buenas noticias, pero que mejor las diga él. Quién sabe si las buenas noticias de unos no son las malas de otro. El mensajero nunca gana para sustos. Pero él no estaba ahí, en su silla, tan parecido a tantos viejos de pueblo, de esos que salen en camiseta con un par de sillas a la vereda para tomarse un mate con la fresca. Casi lo escucho. Cuánto hace que no viene a visitarnos, amigo. Sí, hubiese dicho yo, pero me guardaría de decirle que esta es la última vez. Es que el frío de los mil demonios del bulín de la calle Acevedo tiene por causa una ventana abierta en pleno invierno. Al nuevo inquilino no le gustaría que haya el menor rastro del anterior.

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Una línea al día

Publicado por jorgemayer en 20 20e Enero 20e 2008

Me prometí escribir una línea al día. Las líneas que escribo en privado tienden a su destrucción, un poco por autocrítica, otro poco por lo limitado de mi hábitat natural, de suerte que lo mejor es que deje la línea de hoy escrita acá mismo. No importa qué tan mala sea, que carezca de todo sentido, que a nadie le importe. No importa. Es como tomar un medicamento. No me gusta tomarlo, pero si no lo hago quién sabe me muero. Entonces, ¿qué cuesta?
Pues bien, sólo por rellenar el espacio. Hoy me dediqué por entero a romper papel. Lo único que hice en el día de hoy fue destruir. Al principio me costaba un poco, como que me daba cierta nostalgia. A ver: había algunos incunables, de la época en que no tenía computadora y transcribía mis apuntes a mano. Romperlos me dolió más que nada en el mundo. Quizá porque fueran los primeros. Quizá porque las hojas estaban escritas con la prolijidad de una Remington y las hojas se habían teñido de un hermoso amarillo agravado en los bordes. Y trabajos práticos de la facultad. Y diarios viejos. El advenimiento es uno de los modos conclusivos de la. Craj.
Y cartas de amor nunca enviadas. Qué desastre he sido todos estos años. No conozco nadie al que se le arrumben las cartas en un desván. A mí se me arrumban. Yo las tiro. Pero antes me fijo a quién iban dirigidas. A veces el nombre resulta tan hueco que me parece mentira haberme tomado ese trabajo. A veces el recuerdo es tan fresco, y tan grande la bronca, y tan grande la letra, que el craj suena a fractura de clavícula, a golpe de estado, a quiebra fraudulenta, a homicidio agravado por el vínculo.
Pero yo rompo.
Rompo porque me gusta.
Rompo porque tengo ganas de vivir más a lo ancho y tanto papel en casa, tanto papel en vano, comienza a apretarme el cuello. Y la nariz. Y la razón.
Rompo hasta que me canso.
Rompo hasta que encuentro algún papel que me resulta vagamente necesario.
Rompo hasta leerlo.
Hasta que se me llenan los ojos de lágrimas.
Dudo entre escribir lo que allí dice en otra parte y romperlo o guardarlo así, con la suma de los daños, con la suma de los años, con todos los perjuicios. Los prejuicios. Pienso un poco y lo rompo. Si tanto me gusta, podré volver a escribirlo. Si de verdad lo sentí alguna vez, tendré espaldas para hacerlo de nuevo.
Y así, las horas.

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Postrero

Publicado por jorgemayer en 27 27e Diciembre 27e 2007

Y se acabó el año de este blog.

Bah, considerando la frecuencia de actualización de los últimos meses, poco hay que pedirle a las escasas horas que faltan para que nos comamos las veinticuatro uvas (¿o eran doce?).

Por lo pronto, y siguiendo el mandato genovesiano, estamos a la procura de un postito optimista y pocas razones tenemos para evitarlo.

De modo que, no siendo para más, comiencen los brindis.

Seamos felices.

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Di un examen de mierda

Publicado por jorgemayer en 19 19e Diciembre 19e 2007

Me dieron la apaleada que nunca en la carrera. Pero aprobé, y eso es lo único que cuenta. Ahora, apenas le de enter a esto, me voy al touring, a brindar a la salud de los amigos que están lejos. No se alarmen los que estén cerca: comienza la semana de festejos.

¡VAMOS AL POGOOOOOO!

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La previa

Publicado por jorgemayer en 17 17e Diciembre 17e 2007

Dos días antes ya empezás a mirar con cariño la parrilla, me contaba Mauri. Yo no tengo parrilla. Ni patio. Ni tampoco ganas de comer asado. Pero empiezo a sentir el mismo cosquilleo. El resto es previsible. Hoy podría decir que estoy contento porque me costó despegar de la cama. Que salí al sol de la calle a media mañana y me sentí un extraño, un tipo en alpargatas al que todos miran. Chicas metidas en horrendos pantalones blancos. Oficinistas de corbata floja y tranco apurado. Señoras con bolsones de la compra. Cartones revolviendo la basura de un jardín de infantes. Así es el Trelew a pocas horas del examen.

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Apostilla sobre el destejido social

Publicado por jorgemayer en 13 13e Diciembre 13e 2007

Me canso.
Pero me canso por partes. Ahora mismo, por ejemplo, mi muñeca derecha se muere de ganas de tirar la toalla.
Fue feriado. Aproveché a lavar la ropa de guerra. Un toallón Palette, que, mojado, ha de pesar unos cinco kilos.
O sea, es mala hora para tirar la toalla.
Antes me cansaba a la altura del cuello. Eso que suena, me dijo alguien, son los tendones. ¿Será bueno o será malo? Estoy un poco cansado de hacerme preguntas tontas. Esa fue una de ellas.
Alguna vez se rieron de mí cuando comenté que me había despertado de la siesta de la tarde con un tironcito en la pantorrillas. La gente que me rodea suele reírse de cualquier cosa. No entienden que a uno le dé por soñar con tripas y todo. Habré soñado que era el rústico marcador de punta que alguna vez fui. O tratándose de un sueño puede que me haya buscado un puesto que esté lejos de mi alcance: carrilero izquierdo, a lo Witsge. Un tipo desenfado, de gambeta tan fácil como inútil, de esos que agarran la pelota y se ponen a matear como nosotros cuando éramos y pibes y jugábamos en la calle.
Ya nadie quiere a tipos así. Ahora esos tipos a lo sumo habitan las charlas de los borrachos de mi bar.
Y lo bien que hacen.
Si salieran ahí, si por alguna cosa de la vida les viniera la chance de salir de esa jaula de cristal, vendrían a la nuestra, que es bastante peor. Deberían meterse a hablar de valijas y carteras, y maletas y señoras de culo gordo.
Eso, al segundo día.
Dos días y me canso.

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Ansiedad

Publicado por jorgemayer en 10 10e Diciembre 10e 2007

Es admirable la facilidad que algunos tipos tienen para convertirse en una bola de ansiedad. Hablo de mí, claro. Siempre lo hago. Y lo bien que me sale. Pero esto no quiere ser una lisonja; al contrario: es un reproche. Pudiendo transformarme en cualquier cosa justo vengo a elegir este triste papel. Lo represento muy bien. Tan convencido estoy de mi rol, tan metido en el personaje, que no me privo de las pesadillas. Así nomás: ayer soñé con mi futuro ex jefe. Todo era igual a todos los días, sólo que él estaba experimentado una nueva solución a su derrota capilar. Un peluquín. Eso se había puesto. Yo quería reírme. Pero también quería dejar de hacerlo. Todo en el mismo acto. Todavía me resulta curioso que los miedos de la vigilia se cuelen con tanta holgura en mis sueños. Tenía miedo pánico de que él pensara que yo me lo tomo en solfa. Vamos: eso es lo mismo que hago todos los santos días, incluso cuando no me lo propongo, incluso cuando me mandan ser diplomático. Daba gracia. Un peluquín en una cabeza puntuda a fuerza de pasarse tanto tiempo a la intemperie.
Hoy pasó a saludar. Se despide. En realidad lo despidieron. Lo asignaron a un destino casi nobiliario. Un destino que me gustaría que a mí me tocase. Supongo que sería brillante jugando ese juego. Pero para él se trata de un castigo, una especie de viaje sin escalas a una jubilación. Yo tenía planeado felicitarlo por su gestión. Han sido cuatro años tortuosos. Creo que se merecía una felicitación. El no se hubiese ofuscado. No tiene con qué. Pienso que posiblemente ni se hubiera percatado de mi pretendido cinismo.
Es claro que no le dije nada. Sólo atiné a estrecharle la diestra, pero él me ganó de mano. Me abrazó. Me dio un beso. Dijo algunas palabras de compromiso. Agradeció el empujón que le dimos yo y todos los otros. Yo estaba duro. Como en el sueño. A mitad de camino de la sorna. Con un gusto amargo en la boca. O dulzón. Con el olor a maquillaje impregnado en todo lo que se me ponía delante.
Es que tengo la cabeza en otro lado. Hace unos meses que vivo en el futuro. De vez en cuando alguien toca mi hombro. Vuelvo. Siento ese olor, el temblor en mis manos, la maldita ansiedad de estar donde hace rato estoy.

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