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blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

Intemperie/2

Dada mi proverbial timidez, preparé un pequeño escrito para leer en La Rioja.
Finalmente, de común acuerdo con mis contertulios, preferimos hacer algo descontracturado: bajamos de la tarima preparada al efecto y nos sentamos casi entre la gente, lo que facilitó una cálida conversación con el público. Lo que sigue es el texto escrito -a los apurones y en tinta de vino beaujoulais- y finalmente -¡y felizmente!- no leído en aquélla ocasión
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Intemperie

Mi bolso ya es tres libros más pesado de lo que vino.
Nielsen me regaló Marvin. La primera vez que me regaló un libro tuvo hasta la gentileza de preguntarme qué quería. Esta vez no. Read the rest of this entry »

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Cuidado con lo que sueñas, que a veces se cumple

El viernes 4 de julio participé, junto a Fabiana Carrillo, Mori Ponsowy y Gustavo Nielsen, de una charla sobre blogs y literatura en la feria provincial del libro de la Rioja, una excelente excusa para disfrutar unos días de ese cálido invierno, de carnes y vinos exquisitos Read the rest of this entry »

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La última vez

Sensación rara, la de entrar al bulín de la calle Acevedo y verlo tan acogedor como siempre incluso a pesar de un frío de los mil demonios. Alguien durmió aquí anoche y esta noche dormiré yo. Dormiré. Llegado el caso, intentaré conciliar el sueño. Me da un poco de miedo tomar aviones. Me da miedo llegar y que la niebla sea tan espesa. Tan espesa como la nube de ceniza ayer mismo no dejaba ver las sierras de mi pueblo desde la ruta. Un segundo y zas, ya no hay más pueblo. Y después la noche, una película de las malas. Siempre así. La vida en los colectivos siempre es así. Ves a las azafatas, que esta vez, y sólo por esta vez, son dos, y te das cuenta. La nueva, la pupila, lleva unos tacos tan delicados que da la sensación de que en cualquier momento se viene al piso y un pasajero, dos, incluso yo, dejaremos nuestra mullida butaca para socorrerla. La otra no. Avanza con paso seguro, aunque de vez en cuando se le caigan las mantas, las almohadas. Sus tacones son lo bastante gruesos como para sostener sus pasos en firme y su nariz tan fina, tan larga, que todo se echa a perder. Creo que ya no volveré a tomar este colectivo. Demasiados viajes y ninguna azafata que merezca la pena el esfuerzo de comportarse como el que no soy. Incluso aquella, la del delantalito con bolsillo, que daba la sensación de ser un canguro, que en vez de cría llevaba una botella de Blenders y lo bien que le sentaba al pasaje. Anoche no había ninguna así. Desprecié el escocés. Lo mío es el bourbon. El escocés tiene olor a pis. Las azafatas lucen mal. Entrada la noche el viaje es penoso. La noche ocurre a las seis de la tarde. En los televisores una comedia destila los mismos viejos chistes que a mí padre nunca han hecho reír. Hay una pareja con un bebé. Hay una pareja de ancianos. Pero lo que más me llama la atención es la paz del bebé. Sobre todo si la considero en relación al comportamiento del ejemplar macho de la pareja de ancianos. Es una cagada llegar a viejo. Es una cagada haber sido hombre y volverse viejo. Porque volverse viejo es ser de nuevo un chico, sólo que ya no hay chances de redención. El tipo se queja por todo. No le han dejado subir el equipaje de mano. Por lo visto le ha hecho una escena a los choferes. De eso me enteraré después, cuando una de las azafatas diga que no hay necesidad de insultar a nadie. Que no es bueno poner nerviosos a los choferes. Que a nadie se le ocurriría hacer eso ni siquiera dentro de una familia. Porque todos queremos llegar. Y todos tenemos familia. Estoy cansado de oír esa frase. Todos tendremos familia, pero a lo mejor tenemos deseos de llegar porque hay mejores obligaciones que atender. Además, suena mafioso. Antes le oí al tipo algunas murmuraciones. En otras empresas permiten llevar más equipaje de mano. Tengo ganas de preguntarle por qué no viaja en alguna otra empresa. Como si me hubiese oído, dice: porque hay muchas empresas que hacen el recorrido. Además, ¿por qué no dan factura?. Si me sale el contable que llevo dentro, lo acomodo. Pero él es un chico y me hago a la idea de que no va a crecer por largas veinte horas que dure el viaje. La culpa es de su esposa. Ella lo apaña. Si por lo menos informarán en la factura que no permiten mucho equipaje de mano. Van a tener que hacerlo, dice él. Y a continuación dan paso a otra deliberación. Los posibles bolsos de mano que podrían haber venido y se han quedado en caso. Evalúan volúmenes y maniobrabilidades. No salgo de mi asombro. Debo ser un tipo muy corto. Yo no puedo hablar más que medio minuto sobre mi equipaje. Eso es lo que tardo en localizar mi valija en la bodega. Siempre es igual. Podría mejorar mi marca, creo. Debería hacerlo. Pero no me sobra el dinero para comprarme una valija que sea más fácilmente identificable. Se me ocurre que un color naranja daría bien. Los maleteros que me conocen sabrían que con la naranja no se jode. No lleva nada de valor. Es más: la mitad o más de la mitad de las cosas que debió levantar el loco de la valija naranja no las ha levantado. Se va a dar cuenta dentro de un par de días. Siempre es así. Busco el Parque Centenario y me extravío prolijamente. Hay cosas que nunca cambiarán. Lo que pude hacer en media hora me insume casi hora y cuarto. Una chica de ojos azules me da las llaves y me cuenta las peripecias por las que anduvo esa llave que ahora tengo en el bolsillo de mi gabán. Nos damos tres besos. Me sonrío. Siempre nos saludamos en exceso. Maldigo las calles vecinas al parque. Así no hay modo de orientarse, hasta que doy con Camargo y me alegro. Es una calle solitaria. Tal vez sea buen lugar para vivir. No me recibe el encargado. El viejo Luis últimamente andaba medio achacoso. Me preguntaría por mi amigo, el que hace rato que no anda por acá. Yo le hubiese dicho que hay buenas noticias, pero que mejor las diga él. Quién sabe si las buenas noticias de unos no son las malas de otro. El mensajero nunca gana para sustos. Pero él no estaba ahí, en su silla, tan parecido a tantos viejos de pueblo, de esos que salen en camiseta con un par de sillas a la vereda para tomarse un mate con la fresca. Casi lo escucho. Cuánto hace que no viene a visitarnos, amigo. Sí, hubiese dicho yo, pero me guardaría de decirle que esta es la última vez. Es que el frío de los mil demonios del bulín de la calle Acevedo tiene por causa una ventana abierta en pleno invierno. Al nuevo inquilino no le gustaría que haya el menor rastro del anterior.

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Una línea al día

Me prometí escribir una línea al día. Las líneas que escribo en privado tienden a su destrucción, un poco por autocrítica, otro poco por lo limitado de mi hábitat natural, de suerte que lo mejor es que deje la línea de hoy escrita acá mismo. Read the rest of this entry »

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Postrero

Y se acabó el año de este blog.

Bah, considerando la frecuencia de actualización de los últimos meses, poco hay que pedirle a las escasas horas que faltan para que nos comamos las veinticuatro uvas (¿o eran doce?). Read the rest of this entry »

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Di un examen de mierda

Me dieron la apaleada que nunca en la carrera. Pero aprobé, y eso es lo único que cuenta. Read the rest of this entry »

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La previa

Dos días antes ya empezás a mirar con cariño la parrilla, me contaba Mauri. Yo no tengo parrilla. Ni patio. Ni tampoco ganas de comer asado. Pero empiezo a sentir el mismo cosquilleo. El resto es previsible. Read the rest of this entry »

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Apostilla sobre el destejido social

Me canso.
Pero me canso por partes. Ahora mismo, por ejemplo, mi muñeca derecha se muere de ganas de tirar la toalla. Read the rest of this entry »

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Ansiedad

Es admirable la facilidad que algunos tipos tienen para convertirse en una bola de ansiedad. Hablo de mí, claro. Siempre lo hago. Y lo bien que me sale. Pero esto no quiere ser una lisonja; al contrario: es un reproche. Read the rest of this entry »

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Retórica en verde musgo

Es por culpa de esos ojazos verdes que uno le perdona todo, no por otra cosa. Aunque, pensándolo bien, si no tuviese esos ojos que le han tocado en suerte, de alguna otra cosa se hubiese valido para imponerse siempre. Ese es su juego. Read the rest of this entry »

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Desde la vereda del sol

Uno no se da cuenta, che, pero hay otros que la pasan mucho peor que uno. Hace un rato pensaba en un amigo. Se mudó hace unos días. El mercado inmobiliario viene apretando. Cada vez nos mudamos a barrios más retirados. Read the rest of this entry »

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Culpa de un chascarrillo dejado a la mitad

Hoy me acordé de Fede, un flaco intrascendente con el que tuve ocasión de compartir algunas salidas nocturnas. Sábados de cortejo excesivo. Un día anduvimos un buen rato destrás de una morocha que decía llamarse Sofía. Read the rest of this entry »

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