Publicado por jorgemayer en 15 15e Enero 15e 2008
Sólo por la escasez de cerveza fue que recalé en el almacén del barrio.
Por lo común, soy cliente fiel del mismo hipermercado. Allí hay todo lo que necesito e incluso un poco más. Cualquiera que tenga alguna noticia de marketing sabe que es casi imposible encontrar un mismo producto en la misma góndola de una semana a la otra. Siempre se modifica el camino frecuente. Siempre algo aparece en el medio que nos distrae. Buena parte de nuestras distracciones se convierten compras evitables. En productos que levantamos por compulsión. Por curiosidad. Por mero desatino. Hay mérito de quien vende. No en vano todo esto está prolijamente estudiado.
Una confesión: hace unas pocas semanas, en mi recorrida habitual por el hipermercado tropecé con un puesto que vende neumáticos. Qué buenas gomas, pensé. Como si supiera de gomas. Justo yo que no tengo coche. Que no sé conducir. Que es posible que nunca aprenda a conducir. Pero se me antojó una frase grata. Qué buenas gomas. Toqué y seguí con lo mío.
En el almacén del barrio no puede ocurrir algo así. No de esa manera. De entrada nomás, cuando uno se topa con la cortina de plástico desflecado, ya accede a un distrito vecino al asco. La higiene del lugar es más bien poca. La clientela, agobiada por los intensos calores de la época, se agolpa delante del mostrador a la espera de su turno. En general, el que atiende es el dueño, un tipo calvo, de buenos modales, y alguna de sus hijas, chicas no muy agraciadas que se enfundan en un delantalito celeste, pero simpáticas. Eso es lo bueno: uno entra y, por más que jamás haya puesto un pie en el lugar, ya se siente cliente. Allí volví a ver la libreta del almacenero. Allí todavía se compra al fiado. Allí la gente cree en la gente. O se deja convencer, que es casi lo mismo.
Por eso no me llama la atención escuchar el diálogo que se da entre un viejito trajeado, como recién salido de la iglesia evangélica, que pide pan. Pan no me queda, dice el dueño, pero le puedo ofrecer ayuyas. Ante el gesto extrañado del viejito, el dueño vuelve a la carga. Son estas, señor, y le puedo vender cinco, cuatro, dos, ninguna, las que usted quiera. El viejito compra.
A mi turno, pido cerveza. Dos Quilmes frías. Quilmes fría no me queda, dice el dueño, sólo al natural. Pero tengo ayuyas. Sí, muchacho, y te puedo vender cinco, cuatro, dos, ninguna, las que vos quieras. Pero a mí no me gustan las ayuyas.
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Publicado por jorgemayer en 9 09e Enero 09e 2008
La última vez que me mudé no tenía donde caerme muerto. Fue a finales de octubre de no recuerdo qué año. Los meses, a fuerza de repetirse, calan hondo en la memoria. Los años simplemente se van. Pero seguro que fue en los comienzos del postmenemismo (también conocido como menemismo sin Menem). Seguro que no hacía tanto que había abrochado un trabajo después de pasarme un año en la lona. Mis pocas pertenencias cabían en la caja de un monitor de computadora. Ahora me río, pero si tiro el achique es posible que todo lo que tengo quepa en el doble de espacio. Ahora hay más libros, aunque no soy demasiado apegado a ellos en cuanto objetos. Calculo que en caso de emergencia sólo rescataría las obras completas de Felisberto Hernández. Lo demás puede irse a la mierda. Ahora hay carpetas de todos los tamaños. Diarios viejos, recortes.
Ha crecido el guardarropa, pero la ropa, lo sabrán las mujeres, nunca alcanza. Hace un tiempo vengo rumiando una tomada de pelo al maestro: pensaba escribir “Cuántas camisas necesita un hombre”. Es una muy buena pregunta. Creo que en un año dupliqué la cantidad de camisas y lo mismo cada vez que me levanto pierdo treinta valiosos segundos en decidir qué me pongo. Cualquiera. La que esté menos arrugada. El camino del medio.
La última vez que me mudé tenía cuatro o cinco mudanzas frescas en el lomo. Ninguna fue muy feliz. Cuando el régimen vigente instauró su “modelo de acumulación” empezaron los problemas. Para todo el mundo. Una vez participé, en mi condición de socio minoritario, de una mudanza/divorcio. Esas sí que son carniceras. Pero por más que esté a la vista que el amor, que el amor juntos, dura lo que un pedo en un canasto, la gente arrima la pilcha. Como si diera resultado. Como si se abarataran costos. Debe ser cierto eso que cuentan algunos sujetos de mala fe: el hombre, cada día más, pierde el sentido de supervivencia. De otro modo estas cosas no pueden entenderse.
Y lo demás se compra hecho. Bah, quién sabe. En una de esas me da por extrañar mi mate calabaza, pero tantos mates se me han roto en mi vida que con total tranquilidad de conciencia puedo hacerme el borgesiano y decir que un mate son todos los mates.
Con todo lo desalentador que esto pueda parecer, con pocas cosas se vive feliz. Yo sé que un día, un día para el que no falta tanto, lo agarro a Felisberto y armo una valija con dos pantalones, tres camisas y un abrigo y me voy. Y sé que si me voy no vuelvo.
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Publicado por jorgemayer en 2 02e Agosto 02e 2006
Finnegan bajo la lluvia.
Calle Mariano Moreno, el primer desaparecido, diría un idiota con la cara grave de los intelectuales.
Vereda de la residencia de los gobernadores.
Muro blanquísimo que estrena grafiti en letras verdes. El pulso fue tosco pero el mensaje es claro:
UN PATACON POR OREJA
ROCCA ASESINO
Finnegan se muerde la risa y piensa en los inefables hermanos Rocca y en las prácticas laborales de la organización Techint.
Ya no amaga reírse. Tal vez en cien años los hermanos Rocca sean protagonistas de espacios televisivos dedicados a la Historia y -por qué no- de grafitis toscos que salpiquen el honor de edificios públicos.
Por ahora, la referencia es, pese al desliz ortográfico, inequívoca. Julio Argentino Roca no ha sido el padre de la patria pero es probable que esté dentro de la media docena de nombres que aparecen están a flor de labios de quien esté llamado a mencionar próceres. Sin embargo, el autor de la reivindicación a los indios caídos so pretexto de conquistar el desierto desconoce la correcta grafía del prócer devenido asesino, o el asesino devenido prócer, esto a opción del lector.
Es una pena que la legitimidad del reclamo se empañe por la estupidez de ensuciar una pared que mañana o pasado habrá de recuperar su blanco inmaculado a costa del peculio fiscal y por la torpeza de alguien que acusa sin haber abierto jamás un libro alusivo a la cuestión.
Está bien: no hay un solo libro que pueda decirse poseedor de verdades absolutas, eso es sabido, pero a falta de esa lectura, ¿qué validez tiene un juicio que se pretende crítico? Un poco más allá: ¿qué tanta justicia podrá reclamar un pueblo sin educación?
Finnegan tantea las monedas en su bolsillo. Mañana hay que pagar los impuestos.
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Publicado por jorgemayer en 24 24e Octubre 24e 2005
Estuve leyendo la cobertura de los TP. Muy bien, che. Una vez en la vida. Con decirte que me dejaron pensando. Nunca entré a un cuarto oscuro donde hubiese tijeras. Y eso que siempre corto boleta. Al pedo, pero corto. Muchas veces al azar pensando, por ejemplo, en el fiscal del Partido Humanista, que es amigo mío. Está ahí por hacerle un favor al padre, que le hace el favor a no sé quién. Con suerte tendrá mi (medio) voto y alguno más. Los otros fiscales se le cagan de risa. ¡¿Dónde está el humanista?! ¡Acá tenés un voto, chabón! Todas las elecciones es la misma historia. Si hubiese hecho el cambio de domicilio en 1997 me hubiese tocado en la misma mesa que el entonces gobernador. Un quemo, cómo voy a hacer la misma fila que semejante ladrón. La democracia nos iguala, me dice alguien. No me convence. Esta vez me mandé derecho a la mesa 61. Había sólo un tipo delante mío. Tardó un huevo. Cinco boletas divididas en mitades, diputados nacionales y consejo de la magistratura. ¿No estaría haciendo la que hizo el gobernador de Tierra del Fuego? Colazo, según escuché en la radio, abandonó el cuarto oscuro luego de destrozar todas las boletas de los otros partidos. Mi madre me lo decía: no es malo robar, sino robar y no llevar nada a la casa. Y sí: ¡lo agarraron! ¡monumento al pelotudo! Siempre lo quise hacer. Eso y varias cosas más. Limpiarme el culo con una boleta de la unión cívica radical, por ejemplo, y echarla en el sobre. Pero después pensé en las autoridades de mesa, qué culpa tienen. Ahora les pagan. Es decir: de acá a un año les pagarán sus cincuenta pesos, pero en general van obligados y los que lo son una vez, lo son siempre. No me encontré con nadie en la escuelita. Ni siquiera con mi amigo humanista. Lo habrán mandado a otra escuela, o estaría cubriendo cinco o seis a la vez. Eso es lo choto de crear nuevas alternativas: primero que nada te faltan soldados, cómo no querés que te caminen en lomo. Depués de conseguir fiscales, tenés que lograr que ellos crean en vos, no digo en el sistema, porque hay que estar chiflado. Ahora sí, buenas noches.
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Publicado por jorgemayer en 2 02e Julio 02e 2003
Si yo fuera profesor en la facultad, digamos de la cátedra de Sociología, y debiera explicar a Durkheim y el concepto de la división del trabajo social les mostraría a mis alumnos algún vídeo de los empleados de la Municipalidad de Rawson afectados al operativo poda temporada 2003.
Los veo por la ventana.
Mientras uno serrucha arduamente las ramas sobrantes o inconvenientes, otro las recoge del piso y las revolea hacia la caja del camión; en la caja, un tercer sujeto las acomoda más o menos intentando aprovechar la superficie cubierta para que, finalmente, un cuarto hombre salte sobre las ramas a efectos de optimizar la variable volumen ocupado.
Tristemente el que saltaba no apisonaba demasiado bien ya que es sabido que la capacidad de salto no se lleva muy bien con el factor peso (o masa) que sería el otro componente de la ecuación, si se me permite hablar de un término tan impoluto de esta forma demasiado pedestre.
Lo triste es trabajar por una mísera paga con este frío que cala los huesos y sin herramientas de trabajo, pero ese es otro tema. Y ya no solo lo veo sino que lo percibo con todos mis sentidos.
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