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blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

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Archivos para 'Insomnia' Categoría


Midnight

Publicado por jorgemayer en 10 10e Abril 10e 2008

Hasta cuándo, pensará ella, lo sospecho, cuando pone su cabeza enrulada sobre la almohada, de espaldas a él, que acaso en ese preciso instante esté haciendo el repaso de un día que no se resigna a morir sin pelear, uno de tantos, casi igual a todos, de esos en que te levantás,, te das una ducha, ves tu cara en el espejo brumoso de la hora, pensás que hoy es un buen día para ser el último día de algo, de este maldito trabajo, pongamos, de la facultad, de la vida en pareja, no como quien dice para empezar alguna otra cosa sino más bien con locas ganas de terminar algo y ver a los ojos el mismo abismo que ya nunca vas a ver. Ella ya no te quiere. Nunca te lo diría. Es demasiado… Demasiado no sabés qué, y a la vez tan suave al tacto, y de esos ojos sangrantes ya de ver tantos abismos y a vos mismo acurrucado, muerto de frío pero sin parar de hablar de esas cosas que a ella no le interesan. Un jefe que molesta demasiado. ¿A quién podrá importarle? No sabés bien ni te interesa saber por qué ha dejado de interesarte. El tiempo pasa y la primera cana que se infiltra en la cabeza enrulada que antes tanto le gustaba. Es el primer tipo que quise, dijiste alguna vez. ¿Eso debería ser bastante? Sí, pero quién lo pone por escrito, quién apechuga por vos. Quién podría poner en tela de juicio la segunda ley de la termodinámica, esa que dice… Las cosas, sólo en un sentido, y te aferrás a ese que conocías de mil y una referencias y la casualidad te pone un día en su delante y te despedís la segunda vez más cariñosa y al rato pensás va a darse cuenta y de qué me disfrazo si me mira a los ojos y me pregunta cómo me siento y qué planes tengo, no voy a tener otra alternativa que quedarme en silencio o suspirar y él se va a dar cuenta la tercera vez, cuando, sin soltarlo en abrazo, dejes caer la confesión: pusiste el dedo en la llaga y yo ya no quiera soltarla.

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I´m gonna find you

Publicado por jorgemayer en 17 17e Marzo 17e 2008

te pienso y no sólo por la fecha, te pienso porque no puedo ver las cosas más que en el cristal de las pequeñas magias que esos días –que todavía son estos– me siguen deparando. anoche, por decir algo, miraba Barbarella, lo mismo que hace casi quince años, veía esas piernas cruzar el aire de una nave de mentira y me acordaba de vos, sólo que en vez de un pantalón de corderoy gastado había en esta ocasión un montón de otros trajes de mentira, un vestido con falda breve y en color esmeralda y el detalle a perpetuidad de las botas, todo el tiempo botas, y ese peinado de hace cuarenta años y esos ojos tan azules que de pronto y por su sola contemplación me sentía indigno de tanta belleza. qué importaban las trompetas, ese gabinete de tortura con forma de cajita de música que le ponía en el rostro el gesto de un orgasmo de facto y de nuevo el pensamiento allá en las nubes, como el ángel ciego que por esa misma magia volvió a volar. sí, todo es cuestión de moral, como decía uno de los personajes. no hay límites, nunca los hubo más que en ese temor que hacía pie en medio del fango y todo era fango, tierra llorada que devora pies, que devora gritos […] como en Tiempos Modernos. qué bonita es la actriz, no me canso de mirarla, en especial en esa escena en la que están los dos al borde de un camino y sueñan con la casa propia y la imagen vuelve a la realidad con Charlie haciendo la mímica del cuchillo. siempre igual, la veo y es como alguien me pinchara los ojos.

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Celeste

Publicado por jorgemayer en 18 18e Enero 18e 2008

El celeste me lleva a los viejos buenos tiempos. Celeste era el color de las camisetas de nuestro equipo. No eran lo que se dice muy coquetas. Para más, ostentaban una publicidad que hoy me da un poco de vergüenza: Pilchería Loys.
A veces, cuando vuelvo al pueblo, trato de andar por la misma vereda de la pilchería. No hay caso. No es lo que ha sido. Eso que ahí nomás, a pocos metros, sigue estando la casa que fue del médico del pueblo, un médico tan grande que hasta le ha dado su nombre a una callecita. Una cortada, que si no llevara su nombre se llamaría 15. O tal vez 15 bis.
Y un baldío. Y la carnicería. Y la relojería del chileno.
También estaba el negro David, que era bolita y dueño de la única disquería del pueblo. Yo nunca le compré nada, pero a veces iba con mis amigos. A mirar las novedades. A tomarle un poco el pelo. Che, David, ¿tenés algo de Waldo de los Ríos? Y el tal Waldo de los Ríos no existía. Quizá sí y fuera una figurita difícil, quizá no y apenas llevase el mismo nombre que un compañero de la otra división del colegio. Y David hacía como que hurgaba en su caja craneana y al rato decía, suave, como buen bolita: no, che, no me queda, pero la semana que viene me está entrando un pedido.
A la pilchería nunca entré. En los tiempos de la camiseta yo era apenas un crío y la pilchería vendía más bien ropa de onda. Ya llegaría a tener edad suficiente. Lástima que no duró tanto.
Segundo tiempo. Cambio de lado. Ahora la cabeza apunta al naciente. Centro cruzado al segundo palo. Con más codo que maña le gano la posición al defensor. Cabeceo. Bombeado. Cabeceo y suena el pitazo del referí. Cabeceo siento estallar la pelota en mi frente. Grito. Insulto al referí. Me toco la frente. Me sangra.
La noticia es que la pared está siempre en el mismo sitio, el que cambia es el hombre. ¿Por qué cuernos uno va a cambiar de cabecera en la mitad de la noche? ¿Por qué siempre habrá un pitazo amenazante para volvernos a este lado del sueño? Yo que sé.
Pero era linda la celeste.

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Child on Time

Publicado por jorgemayer en 11 11e Enero 11e 2008

Qué cosa, che. A veces me viene a la cabeza la muerte. No hablo de la mía. Ella, cercana o lejana, poco me importa. Cuando uno deja terminados los asuntos acuciantes deja de preocuparse. De todos modos, vos sabés, qué ganaría yo con preocuparme. La que me tiene en vilo es la muerte en general. No, no es que no pueda dormir. Duermo mucho y regularmente. Sueño, tengo las mejores pesadillas que una imaginación modesta como la mía pueda conceder. La muerte me preocupa desde otro lado.
A mí se me hace cuento que uno muere y ya está, a otra cosa. No hablo de los infelices que quedamos de este lado. Tontos, siempre se nos va el tiempo recordando aniversarios, rezando rosarios, prendiendo velas. Hablo de la muerte en cuanto ser. ¿Cómo es? Debe ser por culpa de las malas lecturas. Yo soy de esos tipos que leen algo que les gusta y lo que acaban de leer les queda haciendo ruido. Les sacude la tripa. A mí acaba de sacudirme un personaje más bien sencillo, un personaje que tenía por destino repetir el destino de otro, como una condena. Desde luego no aceptaba esa instancia. Apretaba los dientes, cerraba el puño, armaba molotovs. Pero el destino se salía con la suya, claro. Bueno, ese personaje, sometido al test de Jung, que por lo visto es muy famoso, veía a la muerte como algo provisorio.
Yo también veo a la muerte como algo provisorio. No me preguntes por qué. No sé decirlo. Si en vez de escribir estuviera hablando. En un bar, ponele, mesa contra la ventana. O afuera, en la vereda, sujetando las servilletas para que no se vuelen. Balbucearía. Acá, entre palabra y palabra, voy ganando tiempo. O perdiéndolo, según lo quieras ver.
Yo creo en la reencarnación. A mí no me joden con la cantidad constante de energía y esas yerbas. Siempre fui malo en física. Yo siempre creí que la tierra era más o menos redonda hasta que vi a una mujer volar. Desde entonces para mí la energía no significa nada. Constante es sólo una palabra. Poco afortunada. De las que suenan mal.
Te digo más: yo me veo reencarnando. Acabo de soñarlo.
Recién me levanto de la siesta. Viste cuando te despertás y tuviste un sueño tan profundo, tan reparador, que no sabés si es de día o de noche, si de nuevo te has quedado dormido y vas a llegar tarde a trabajar, si vas a estropear tu fama de child on time. Viste cuando no sabés si sos soltero o casado. Si habrá alguien detrás de esa puerta que ahora es celeste pero en el sueño era de otro color. Si eso tan claro que se cuela por el ojo de la cerradura es la luz del sol o alguna de las formas de la divinidad o sabe dios qué mierda. Sí, así me desperté. Pero alegre. Alegre sin necesidad de una sonrisa a flor de labios. Alegre porque sí, por despertar, por haberme olvidado de mi nombre. Del tuyo. De todos nuestros nombres.
En el sueño era sábado. No era día sábado. Yo era el sábado. Yo aparecía una vez a la semana y flotaba en el resto de las gentes toda la semana, como un deseo, como una esperanza de heladera llena y manos que se juntan y una musica suavecita. Yo era un deseo a medias consumado. Antes de ser perfecto me esfumaría. Con la amenaza de volver. Y cumpliría.

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Corrigenda

Publicado por jorgemayer en 15 15e Noviembre 15e 2007

¡Por fin me lo saqué de encima! No se dan idea cuánto me costó hacerlo. No estaba encariñado ni nada. Tampoco podría negar que durante un buen tiempo, sin saberlo, lo disfruté. Ha de ser eso. Disfrutar sin ponerse a demasiado pensar. Lo que no tenía modo de imaginarme era el vacío que quedaría en su remplazo. No es enorme. Enorme sería si ocupara una magnitud importante dentro de una cierta totalidad. No. Esta es una ausencia plena. El, en cierto modo, era la magnitud.
Era un tipo tranquilo, a veces demasiado. Discutidor. Un tipo de no agachar la cabeza ni siquiera ante la garúa. Eso, se me ocurre, hacía de él un infeliz. Leía mucho, más que nada tonterías. El diario, a veces novelitas de terror. Despreciaba la televisión, el cine. No sospechaba la existencia de artes como el teatro, la pintura. Le gustaba, eso sí, la música. Le hubiera gustado tener buena voz para cantar. Será por eso que padecía una voz rasposa, casi lastimera. Pero lo mismo la hacía cantar. Tenía por costumbre la higiene y el vestir más o menos a la moda. Por divisa, la amistad. Las cosas pequeñas de la vida. Los rincones. Las murmuraciones que dice el día antes de irse a dormir.
Pero ya no está. Ahora soy yo. Yo que no duerme. Yo que anda de aquí para allá atendiendo a extraños, fingiendo interés en aventuras que no me mueven un pelo. Interesado, créanme, en el amor, en el futuro. En esas estupideces que piensan los tipos que llegan a mi edad. Será eso, me digo, la edad. El tiempo por venir. La conciencia de la muerte. El tiempo medido en litros de sangre de la mala.
Si no fuera que sigo pensando en las mismas tetas que ayer, diría que amanecí en otro cuerpo. Que me robaron. Que debo estar enfermo y no sé de qué. Debería ir al médico y no quiero. Eso no cambia. Eso es consuelo. Algo de mí conserva sus bríos.

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Y si Febo asoma

Publicado por jorgemayer en 8 08e Octubre 08e 2007

Llueve, pero ya pasará. Entretanto los charcos se ofrecen tentadores, no sé si para mirar el desorden de mi pelo, o la cara recién accidentada de afeitarme o bien para meterme a chapotear como cuando era chico. No sé: tengo ganas de chapotear, pero me esperan en una reunión. La otra vez estuve con alguien que, entre varias otras cosas, me dijo “te portás como un chico”. Sí, todo el tiempo, y el tiempo en que me porto como un chico que se porta bien, diría que es contra natura. Comienzo a sentirme mal. La nuca se vuelve la sede central de los infiernos. Rebusco en algún algo esa palabra que desde hace rato me viene faltando. Soterrado, me digo. Pobre de las cosas soterradas en días como este en que la lluvia sucede y de las cosas que viven en derredor de las ventanas sacudidas a golpes de agua. No quisiera ser tremendista, pero esto tiene toda la pinta de ser el fin del mundo. Afuera hay una alarma desesperada que no deja de sonar y en el tragaluz del techo del baño un repiqueteo perturbador como el silencio de un chino. Intento dormir y no puedo. El insomnio nocturno vaya y pase, pero esto otro amerita interponer un recurso de queja. No sabría ante quién, pero ahora que llueve y espero a que la lluvia de una vez termine de hacer lo suyo, me ocurre pensar en el ministerio de los insomnes. Sería una oficina en penumbras que atendería las 24 horas. ¿Los empleados estarían tan desganados como yo? O, por el contrario, sería como una especie de hospital, que para paliar el constante ingreso de gente maltrecha apelan a médicos rozagantes y enfermeras de buen ver. Eso habría que definirlo de antemano, y ¿saben qué? Eso no se definiría de antemano. Seguro que mandarían al parlamento el proyecto de reforma a la ley de ministerios, y la manga de levantamanos a sueldo despacharía el proyecto antes de que empiece el partido de los pumas, total, después a los infelices involucrados en el nuevo ministerio habrá de tocarles el completo diagrama y puesta en marcha de un engendro incomible, de los tantos que ya hay. Políticas de estado, eso es lo que falta. Un ministerio del insomnio: conducido por insomnes o gente de sueño inmaculado. ¿Y si en vez de poner inmaculado pongo cualquier otra cosa? Pesado, por ejemplo. Ruidoso. Húmedo. Complete el lector a gusto. ¿Lo ven? Esa sola palabra cambiaría todo el destino de las cosas, no así el propósito de este opúsculo, que apenas intenta ilustrar lo jodido que se pone cuando la interna se recalienta. Imagínense ustedes, y les juro que es sólo un momento, que la batalla se libra a brazo partido entre dos facciones. Las huestes del insomnio cien por cien, por un lado, y la horda de los sueños húmedos por otro. Nadie nace de un repollo. Cada habitante del ministerio está, aunque no lo quiera, enrolado en uno de los bandos y ha de defender su posición con uñas, dientes y memorándums de verba encendida. Y cuando la posición habida esté lo suficientemente a resguardo, en la eterna penumbra de los pasillos del ministerio, saldremos a conquistar, con sigilo, un escaque y otro más. La victoria se huele de antemano, como la lluvia en ciernes, pero nadie se duerma en los laureles. Eso es lo único que les pido.

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Amarcord

Publicado por jorgemayer en 18 18e Septiembre 18e 2007

Los dedos duros como para escribir algo decente, eso sí, pero pensamientos revueltos, muchos, suficientes para una ensalada y con todos los aderezos. Me pregunto qué es lo que podría ponerme a escribir ahora mismo con tal de salir del paso, y de paso quebrar el silencio. Debería sentirme un criminal, no por el hecho de no tener una coartada para no escribir sino por algo bien diferente; no debería ser gratuito no tener ganas de escribir y sin embargo hacerlo, sin objeto, sin tiempo, por el simple capricho de mancillar la hoja en blanco, pero vamos.
Mensaje: no me curo de la gripe, hoy suspendemos.
Lo leo en la cama. Hago a un costado el sueño, leo sin entender. Es temprano. Ya se verá qué es lo que hago.
Duermo.
Despierto y ya soy dos horas más viejo. Pero todavía es temprano. ¿Y si lo llamo? Sí, lo llamo, pero después, cuando me vista. Vuelvo a dormir. Mando el mensaje. Ahora sí que ya es tarde.
Nadie me contesta.
Me visto, me lavo los dientes y un poco la cara. Busco una bolsa para ocultar la botella. Me queda un Graffigna etiqueta naranja. Con la excusa de la veda, me vi forzado a hacer un poco de bodega. Es noche fría de primavera en ciernes. Las calles se hacen largas a esta hora. No andan ni los fantasmas.
Me pesa el saco. Me siento, sin embargo, desnudo. Elijo las veredas sin perros. Voy por la mano izquierda, pero no pocas veces me cruzo. Ante mi paso se enciende algún farol.
A poco de llegar a Cabot veo su casa. Están las persianas bajas, pero puede que la vista me engañe. Ya estoy acostumbrado a eso. Camino un poco más despacio, como si quisiera darle tiempo a que se despierte. Es viernes. Por ahí pinta salir, y si pinta salir, a nuestra edad, lo mejor es echarse una buena siesta antes. No queda lindo interrumpir el cortejo de alguna pendeja a bostezo limpio. Pero las persianas siguen bajas. Esta y aquella. Podría mirar por encima del muro. Si estuviera el auto guardado, yo podría tocar el timbre hasta que este pedazo de infeliz se levante, pero si por esas cosas de la vida, justo pasara un cana y me tomara en situación de pizpear por encima del muro, me vería obligado a dar explicaciones que no quiero dar. Este es barrio de gente bien. Hay tanto choreo, que seguro que un par de canas andan en las inmediaciones.
Hago tiempo de acordarme de algo. Dos años atrás, dos que bien pueden ser tres, acá a la vuelta, sobre la Rondeau, me paró la cana. Eran tres y en un patrullero. La Rondeau es tan angosta como las calles del microcentro porteño. Yo iba por la mitad de la calle. El auto me encandiló y quise subirme a la vereda. Ya los pasaba cuando uno me dio la voz de alto. Me sentí un chorro. No tenía ninguna razón para andar por la Rondeau más que conocer un poco el barrio. Me permite lo que lleva en la bolsa, me dijo uno. Sí, cómo no, quise hacerme el simpático. Era un libro, el tomo uno de Los mitos griegos. Robert Graves. El cana hizo la cara que bien podría haber hecho Drácula si le mostraban una cruz. Dónde va, me dijo. Marconi y Michael Jones, dije, por decir algo. Vaya nomás. Me iba nomás. En eso uno me grita. ¿Su nombre?. Benjamín Matienzo, debo haber dicho.
La puta madre, pienso. Hace media hora que mandé el mensaje, éste no responde, las persianas están bajas. ¿Dónde se habrá metido? ¿Se habrá ido a Mallorca? Tanto amenazar, tanta despedida en cuotas, no me asombraría que lo hayan llamado de apuro. Pero, ¿tanto como para irse sin decirme chau? Bah, quién sabe.
Hemos pasado años sin vernos. El destino, las minas, esas cosas que se ponen en el medio, hasta que un día lo llamo, y ahí nomás, al rato, se aparece por el estudio, porque debe ser el año 2001 y yo tengo estudio, no tengo un mango, no tengo pilcha qué ponerme, pero tengo una oficina en Pellegrini y Paraguay, teléfono, internet, clientes. Me falta dónde dormir, pero tiempo al tiempo. Nos saludamos con alguna distancia, pero al rato ya somos los que éramos. Quiero decir: nada que haga ni puta referencia a la nostalgia. Otra cosa. Como si la semana anterior hubiésemos estado juntos.
Pero no. Ya no éramos los que fuimos. Antes viajábamos. No llegamos a la cordillera, pero, cada tanto, nos escapábamos al dique o a Pirámides, o a Santa Isabel, o a Gaiman. Pensar que saltamos en la pasarela que varios años después cedió bajo los pies de esas maestras y esos pibes de Morón (o quizá fueran de Merlo), y trepamos las alturas que una tarde de mierda lo vieron caer a Luciano. O a Madryn, una tarde de viento, a gritar en la misma barda que Alterio eso de “la puta…”
Sí, la puta.
No, pienso, y me hago a la idea de que voy a tomarme solo esta botella de vino y las que vengan, estoy un poco dormido. Qué habré dormido, dos horas, dos que se hacen tres y me levanté un poco pelotudo: él no se iría sin avisarme. Por lo menos me daría tiempo a que le dé un abrazo, me devolvería los libros que tiene en su casa y no lee: la puta, sí, todavía no me devuelve Los mitos, La conjura de los necios, algún Cortázar viejo, y capaz que hasta le mangueo el gamulán, total, para qué carajo quiere un gamulán en Mallorca. Podría pedirle los vinilos, si no fuera que otro se los pidió antes, pero yo no tengo bandeja, yo no sé pinchar discos, yo no tengo paciencia.
Soy un boludo, digo, y sigo caminando despacio. Mi cuerpo ya se acomodó a la temperatura de la noche. Tengo ganas de meterme en cualquier bar de mala muerte (como si fuera en Malasaña) y tomar hasta caer de rodillas, pero me estorba esta bolsa y esta botella de vino.
Una cuadra más y un mensaje pide pista: estoy de viaje, voy llegando a Sierra, está todo el pueblo, che, me dice, y yo me acuerdo de esas tiradas que hacíamos de Buster Keaton. Nuestra hospitalidad, se me ocurre, en particular la odisea de ese viaje en tren, donde la gente se paraba al costado de la vía sólo para verlo pasar. Y pienso en mi pueblo, que no es tan pueblo como para que la gente se ponga a ver el tren.
Tené cuidado que pueden agarrarte a piedrazos, le digo, un abrazo.

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desovillé un desavillé

Publicado por jorgemayer en 25 25e Julio 25e 2007

un poco la cabeza grande para este cuerpo pequeñito que en suerte me tocó y alimento y dejo crecer aunque acabe por estorbarme y por tanto yo me arrime, de nuevo, a los berenjenales de la culpa y qué sé yo, pero la cabeza, decía la cabeza, duele un poco, una buena cantidad pero no en toda la cabeza, digamos que hacia el polo sur, por llamarle de algún modo, se ha desatado la inclemencia del tiempo, que sabe dios cuando ha sido clemente, pero olvidemos al mal tiempo, y más bien rápido, que llevo ya varias semanas de levantar la vista en busca del cielo y veo siempre lo mismo, un cielo que se adivina por debajo desnudo envuelto en un desavillé de vieja, qué fea palabra esa, y qué vieja, es cierto, y esos aires franceses llevados de los pelos hasta dar en las narices de nuestra pretendida nobleza, esa palabra me recuerda a una cierta vecina que tenía yo allá lejos y hace tanto que ni siquiera se me había despertado el sexo, ella andaba siempre con ese aspecto de levantarse de la siesta, no era vieja, pero casi, quiero decir: hay un tiempo en la vida de los hombres en que todas las mujeres son mujeres y nada más, mujeres y por tanto lejanas, o sea que podría tener 35 años pero a mí me daba la sensación de que en cualquier momento la llevaban al hogar de ancianos, que en mi pueblo no hay asilo sino hogar de ancianos, pero no sería para tanto, estoy seguro, o quiero creer que lo estoy, porque a mí un poco me gustaba verla sacar un balde con agua de la cisterna, no ese acto en sí, qué se piensan, sino el inclinarse un poco hacia adelante enseñando las piernas, pero eso era cuando andaba de civil y no eran tantas las veces, pero hay que reconocerle algo: si venía a pedir prestada agua de mi casa, algo se arreglaba, el resto del tiempo se la pasaba en desavillé, lo que es decir toda una postura ante el día que nos toca y casi ante la vida, si se me permite la exageración, y ojo que estoy pensando en mí mismo, que desde que tengo piyama y me hice a la costumbre de usarlo, no hay día en que no lo use por al menos doce horas, es, en cierto modo, uno de esos amigos que a mí me gusta tener, admite todas las licencias que me tomo y esa es toda la maravilla que tiene, o alguien se atreve a decirme que es cómodo dormir en piyama, no, nada de eso, para dormir no hay mejor que estar en bolas, qué es eso de que la botamanga se arremangue por sí sola, o que en determinada posición lograda desde lo profundo del sueño venga el elástico y apriete y lo saque a uno de ese sueño en que por fin se le está declarando a la maestra de quinto, que esa si estaba buena, o ya era más despierto, eso no lo sé bien, o ha pasado tanto el tiempo que me gusta pensar que hubo en mi vida una gran mayoría de mujeres que me gustaron, que me gustaron porque eran lindas, y que eso precisamente es el pasado porque ahora ya ando interesado en otras cosas, todo culpa de la filosofía, culpa de ponerse uno a pensar más de la cuenta, el insomnio, los días en piyama, la vecina que ya no nos pide más agua

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V

Publicado por jorgemayer en 23 23e Julio 23e 2007

Anoche soñé con papá. Una enfermera lo acicalaba como en día domingo. Apenas me vio dejó caer la pregunta. ¿Cuál es tu enfermedad? Que siempre me pierdo en los hospitales. Eso tuve ganas de decir.

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Y si amanece por fin

Publicado por jorgemayer en 29 29e Mayo 29e 2007

Qué lo parió. Acá se supone que yo escriba algo, aunque más no sea para que no se junten telarañas, que ya bastante son las que tengo en mi casa. Digo yo: ¿a las arañas no les jode el frío? Porque, la verdad, lo que es a mí, me está volviendo loco. Me consuelo pensando que la gente se conserva mejor en frío, pero tampoco la cosa es vivir en una cámara frigorífica. En una de esas, las arañas se están tejiendo unas medias de lana. Lo complejo del caso es que las arañas tienen más patas que la mierda, seis, eso creo, que son más que dos. Bien pensando, la clave es mantener el par. Digo, por esas cuestiones de guardar la simetría. Pienso en las medias para las arañas, no en las patas, pero me doy cuenta de que eso es ridículo. La elegancia, la preocupación por ella, dura lo que tardan en llegar los primeros fríos. Cuando uno se ve las manos moradas, ya no se plantea lo feos que puedan ser los guantes que puso en la encomienda la tía Carlota. Lástima grande que los dos pares estén a la mitad. Si no resultaba sencillo usar un par de guantes de color naranja, imaginen ustedes lo que representa usar un guante naranja y uno negro. Uno negro y con un agujerito en la punta de uno de los dedos. Debería cortarme las uñas. Debería haberlo hecho antes de ponerme el par de guantes negros cuando todavía eran un par. Ahora ya es tarde. Ahora quizá lo más apropiado sea cortarme todas las uñas menos esa, la del dedo del agujerito del guante viudo. Pero las uñas no atajan el frío, así que es lo mismo. Además, cuando me corto las uñas, no tengo a mano el guante para fijarme cuál es la uña que debo dejar más larga que el resto. Malo sería cortarme las uñas con los guantes puestos, pero peor es sacarse los guantes al mero efectos de cortarse las uñas y dejarlos tirados por ahí, sin son ni don, como dice mi viejo, y después, al otro día, en el apuro por ensillar antes de las menos diez para no perder el bondi de las siete, comprobar que falta uno de los guantes, justo el que estaba sano. Lo mismo los cuellos. Antes no se usaban cuellos. La gente se ponía bufanda, pero parece que es este el tiempo de ser práctico y si algo malo tenían las bufandas, eso eran las vueltas que había que darles. Nunca se guardaba la simetría, quedaban largas de un lado, o del otro, y uno que bien quisiera parecerse a Marcos en eso de no mostrar ni la nariz, de nuevo en el apuro de hacerlo todo antes de las siete, y prescindiendo del espejo que se empeña en falsar (eh, Popper, a lo tuyo) la teoría esa de que la gente se conserva mejor en el frío, resulta que deja un hermoso hueco por el que la ventolina se cuela y hace nido justo en el hoyito que está a mitad de las clavículas. Pero no, francamente no tengo ningún deseo de escribir. No lo tengo ahora que estoy frente a la página en blanco y oigo el repiqueteo de los dedos de otro en el teclado, y me fastidio, y me dan ganas de aprovechar que tiene las manos ocupadas y tomarlo por el cuello hasta estrangularlo, pero qué sé yo. Capaz que el de al lado es uno de esos tipos que viene al locutorio a escribir su currículum. Pobre infeliz. Me lo imagino mañana, con el frío que va a hacer, tomándose el bondi de las siete, o en una de esas el de las siete y media, total el tipo tiene menos obligación que yo, menos obligación pero más hambre, así que es posible que se tome el de las siete, que encima es más barato, y haga banco en la oficina del quetejedi, que si tiene suerte lo atiende, y si no lo deriva a lo de alguno de sus cipayos. Capaz que es como yo y no tiene ni teléfono, entonces llegado el punto clave de la charla, cuando están por echarlo de nuevo al pasillo, el tipo en cuestión, alto, negro, con su traje de siempre, el comprado en Dandys, levante los ojos del papel que el chaboncito va a mandar a imprimir y le van a cobrar a razón de treinta céntimos la hoja, y le diga está bien, quedamos en contacto, te llamamos, ¿me darías un número en el que te podamos ubicar? Es un garrón el tener que decir que uno no tiene teléfono. ¿Pero ni una vecina, nada? Ay, dios, esta gente que se cree que uno lo comparte todo con la vecina, una vecina sorda y renga, tan luego, que tiene media docena de perros, y los muy hijos de puta, porque menos no puede decirse que sean, salen a la tarde y cagan mi vereda, porque lo saben, saben que es mi vereda y que me rompe soberanamente las pelotas tener que limpiar bosta, bosta de perro, bosta de perro ajeno, bosta de perro de vecina sorda y renga que no presta el teléfono. Bueno, entonces date una vuelta el mes que entra, ¿te parece? Y el tipito piensa que de acá al mes que entra se muere de hambre. Entonces me da lástima. No, no me jode que tipee. Debe ser un muchacho preparado. Escribe a buena velocidad y no se oyen las frenadas de la tecla backspace. Eso es bueno. Ya me entró a caer mejor. Pero lo que es yo, nada. Nada de nada. No tengo ganas de escribir. Bah, sí, tengo, estuve todo el día pensando cosas. El fin de semana retomé la lectura de una Biblia que robé de mi casa. Era un regalo de una tal Norma a mi madre. Tiene, porque aún no se los he quitado, unos papelitos en el medio, escritos en un trazo que no acabo de entender. No la veo a mi madre haciendo anotaciones. Deben ser de la tal Norma. No la veo a mi madre leyendo la Biblia. Ni a mis hermanas. Eso pensé cuando la metí en el bolso. Una edición muy bonita. Antiguo y nuevo testamento. Un día de estos, vengo diciendo desde hace años, me leo el antiguo. Por lo pronto tomé algunas notas. Es una edición pastoral. ¿Qué se supone que haga yo con una edición pastoral? Bueno, así como lo cuento, llegó a mis manos por casualidad cuando la casualidad se viste de inocente hurto, y de vez en cuando vuelvo a ella, no con hambre religiosa sino más bien por mero placer literario. Lástima los comentarios. Está llena de notas al pie. Esas notas le marcan al cura qué es lo que tiene que irle diciendo a la gente, que en general no entiende nada. Y de ahí, de mis anotaciones, me dije que tienen que salir, por lo menos, cuatro noveletas. Así deberían llamarse las nouvelles, ¿no? Bueno, ante todo los nombres. Desde mi última experiencia en ese sentido, estoy algo conflictuado. Con lo arduo que resulta las más de las veces encontrar un tono, un personaje, una historia que le guste a uno contar, encontrar un buen título, corto, pegadizo, original, es sacarse la lotería. O poco menos. Yo había encontrado el título. La historia viene conmigo in pectore desde hace meses. Nada de otro mundo, cosas que pasan a esta edad, eso que el pudor de los críticos da en llamar “novela de iniciación”, con el cual se corre un tupido velo sobre todas las torpezas en que pueda incurrir del autor, que en una de esas se destapa y, pasados los cincuenta, escribe la gran novela americana. O en una de esas se muere de cirrosis antes de los cuarenta y resulta que era más bueno que la mierda, el secreto mejor guardado, que no obstante ser secreto y estar guardado, se despacha con diez libros póstumos, para felicidad de Carmencita, de Jorge y del resto de los causahabientes. Bueno, la tetranoveleta ya tiene sus cuatro títulos. Nombres de mujer. Una de las historias casi escrita, manuscrita en realidad, que espero encontrar pronto en este desorden. Soy como ese mamado que estaba agarrado al poste de luz y pasa alguien y le pregunta qué hacés y el tipo le responde que ya que todo venía dando vueltas estaba esperando que llegue su casa. Bueno, yo espero que llegue el manuscrito. Y que sea legible. Y que todavía me guste. Bah, mentira, todavía me gusta. Y un poco ha empezado a gustarme la mina en la que me inspiré, que era mucho más grande que yo y fue la primera puta que conocí.

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