días.de.darcy

blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

  • Categorías

  • Archivo

  • delicious

Archivos para 'Hipomanía' Categoría


Intemperie/5

Publicado por jorgemayer en 15 15e Julio 15e 2008

No te preocupes, me dijo alguien alguna vez, los hechizos no se rompen, se transforman, y no le creí. O sí, me lo tomé a pie juntillas y vi desbarrancarse amores, amoríos y amoritos. Vi cómo se convertían en vidrio molido. En carne reseca. En aserrín. Aserrán.
Pero acabó siendo cierto. Todo lo que ha merecido perdurar sigue allí.
Alguna vez, hace mucho de esto ya, antes de tomar mi primera comunión, tuve que confesarle mis pecados al cura del pueblo, el padre Hilario. Eran pecados sin importancia. Al menos creo haberme reservado los más graves. Y lo bien que hice. Terminé el rito y me fui corriendo hasta mi casa. Estaba en gracia de dios. Confesé, por ejemplo, que llevaba mucho tiempo sin visitar a un amigo, un amigo cercano, todo era más o menos cercano en mi pueblo. A cualquier sitio puede llegarse caminando. Sin embargo, por alguna razón yo no iba. Siempre me encontraba una excusa idónea.
Quince años después el tipo murió.
Mi madre me contó que el tipo, en su lecho de muerte, me recordó.
Quizá fue un tipo importante durante mis años niños, pero en la juventud ese recuerdo no logró conmoverme.
Era una señal, un detalle inoportuno que apenas venía a revelarme algo para lo que no estaba preparado. Los amigos se van. Y los quereres.
No dejes que esto vuelva a sucederte, pensé.
Y sigo en mis trece.

Publicado en -rtf-, Hipomanía | 1 Comentario »

El dilema de Belén

Publicado por jorgemayer en 25 25e Abril 25e 2008

[Este es un texto recobrado. Fue publicado originalmente hace un año en Crónicas inútiles, el único blog que se ocupa de la Feria del Libro de Buenos Aires]

Aquí, en este mismo espacio, se supone que yo debía ir anotando mis impresiones sobre la treintaytresava (el sufijo avo/a se utiliza para señalar la parte de un todo, no en el sentido ordinal, boludo, decí trigésimotercera) feria del libro. ¿Seguirá siendo del autor al lector? Qué feo, qué opinarán de eso mis amigos editores, los agentes literarios, los vendedores de panchos. Pero el caso es que no, que no pudieron conchabarme para que yo escriba una columna diaria. Yo creo que me rechazaron por celos profesionales. Todo el mundo sabe quién soy y qué tan malo soy escribiendo, qué les costaba pagarme el viático. ¿Muy caro? ¿Muy caro para tan magro resultado? Puede ser. Reconozco que estoy vacunado contra el periodismo. No sirvo para eso. Es más: tengo amigos periodistas. Los tengo, pero cuando se lo cuento a alguien (¿por qué contarle a alguien que tengo un amigo periodista? ¿para hacer roncha?) siento que le digo que tengo un amigo puto. Y sí, tengo un amigo puto, pero cuando lo conocí yo no sabía que era puto. Creo que no lo tenía decidido. Es más: hasta se dio el lujo de soplarme una mina que ya casi tenía a tiro para darle el tarascón. Pamela. Pamela no era muy cuidadosa al depilarse. Tampoco tenía buena dotación pectoral. Pamela tenía por única virtud el darme pelota. Le gustaba escucharme hablar y a mí me gusta mucho hablar. Hablar y que me escuchen, o al menos que pongan cara de, y ella, si es que no me escuchaba, era una artista en el arte de poner cara de. ¿Lo ven? Yo no podría ser periodista. Ahora mismo me acabo de dar cuenta de que todo lo escrito hasta acá no tiene ninguna relevancia. Por eso mismo me da fastidio, los zapatitos me aprietan, las medias me dan calor. Un periodista no se pone colorado por escribir cosas intrascendentes. Al contrario: me imagino que pensando en la paga mensual hasta se convencerán de que no se trata de decir la verdad, ni la mentira, ni de ponerlo en palabras bonitas ni feas. Es el sueldo, estúpido. Comprendo, no hace falta que me griten. Yo también he tenido épocas de malganarme un sueldo haciendo algo que no me gustaba. Tenía un jefe bajito. A veces se enojaba, pero en vez de meter miedo, daba risa. Igual, un día estuve tentado de darle una trompada. Casi lo hago, pero yo también soy bajito y de por medio teníamos mi escritorio, que es el más grande de la oficina. O sea que no le pegué por razones logísticas y me quedé con las ganas. No hay jefe que no haya hecho mérito para que le den una buena trompada, o es que alguien se atreve a decir lo contrario. Díganlo, imbéciles, anótenlo. Qué digo anótenlo, péguenle. Odio el capitalismo, pero más odio la opresión a la que son sometidos millones de cubanos de buena voluntad, qué quieren que les diga, pero es así, si no hay efectivo, no hay crónica. Lo mejor de todo es que tomé parte en reuniones. Llegamos a diagramar el formato de las crónicas y no, no pudo ser. En lo mejor del amor siempre pasa algo. Una vez llamaron a la puerta. Suerte que le había puesto llave, porque yo estaba de prestado en lo de un amigo. Y justo era mi amigo. O sea que lo dejé afuera. Ameritaba, no digo que no, pero cada vez que recuerdo la escena pienso en los tipos que toman viagra. ¿Cómo es que atienden los llamados a la puerta? ¿Se puede llevar una vida normal si uno consume? Digamos, si se me ocurre ir a batirme un café, que es lo que suelo hacer cuando necesito calmar mi ansiedad, cómo hago. O se supone que tengo que comportarme como los conejos. No envidio a los conejos. Se ve que hay gente que sí. Yo les guardo mucho aprecio a los conejos. Su carne es lo más delicioso que he comido en el último cuarto de siglo. No, seguro que miento. Antes decía lo mismo de una pizza a la parrilla que comí en Rosario, pero creo que la pizza no era tan buena y que Rosario debe ser la ciudad más fea del mundo y que estar bien acompañado mejora bastante las cosas. La compañía en cuestión sí tenía buena dotación pectoral y eso lo justificaba todo. Era taurina. Yo estaba en esa época de la vida de los capricornianos en que nos enamora tauro. Vamos, un estúpido. Pero es así nomás, una buena dotación pectoral puede lograr que uno se convenza de que acaba de comer la mejor pizza del mundo. Es un bulevar. Nada especial. En mi pueblo, hay sólo dos bulevares. Uno tenía unos canteros preciosos. A esos los regaba mi papá. No eran raras las noches en que los caballos del turco Mussi cenaban el césped. Una vez, quizá en parte de pago, le regalaron a mi hermano un caballito. Papá le puso Noble, pero hubo que devolverlo, o venderlo, o quitárselo de encima. La carne de caballo, en lugares como mi pueblo, llega a ser mucho más apreciada que la carne de conejo. Cosas del hambre que le dicen. Hablando de hambre, me estaba acordando de Belén. A Belén la conocí antes que a Pamela. Era la mina ideal. En algún punto creo que todavía lo es, o lo sería, si no fuera que está embarazada de otro. Morochita, delgada, alta. Bastante más alta que yo, simpática, lectora. Un poco tonta, también le gustaba escucharme perorar. A veces soñábamos con los ojos abiertos. Nos daba por querer una casa llena de libros. Colchones y libros. Colchones para coger como conejos, dondequiera fuéramos presa del deseo y libros para el resto de la vida, que no es poca. Algo falló en los planes. Habría que trabajar o algo así. Si uno no trabaja se muere de hambre y si trabaja le dan menos ganas de coger, menos ganas de leer libros. O al contrario, más ganas le dan pero menos fuerzas tiene. Me dejó, pero yo me quedé pensando. Siempre me quedo pensando. A veces, les juro, no hago otra cosa. Pensaba que la solución a lo que podríamos llamar el dilema de Belén (te voy a decir una cosa: de un tiempo a esta parte te has mudado al barrio de la cacofonía, no sé cómo hacés, pero hay una grosería cada dos frases). Hay que trabajar en algo ligado a coger. O de última, a los libros. Considerando que no podría comportarme como un conejo, descartemos el cine pornográfico, la prostitución y todo eso. Nos quedan los libros. Los libros cogen mentes. Coger y dejarse. De eso se trata.

Publicado en -doc-, Hipomanía | 2 Comentarios »

I´m gonna give you the slip

Publicado por jorgemayer en 16 16e Abril 16e 2008

Si no mal recuerdo, mi yo de hace unos años gastaba sus mañanas en una mal llamada oficina pública.

Si lo digo así, tan suelto, es porque esa oficina pública ya no existe. Algo hizo el tiempo con ella y, si es tan sabio como la gente cree, haríamos bien en pensar que lo hecho ha sido lo correcto.

Gastaba, digo, y ya no gasta, porque yo ya es otro tipo. Pero sin embargo el gasto, que no la pérdida según me lo han enseñado mis maestros contables, sólo era de tiempo.

Lo escribo, lo veo escrito y me parece una patraña. Lo único que puede perderse es el tiempo; el resto se maquilla, se transforma, cambia de manos. Pero no ahondemos.

Mi yo ocupaba un escritorio cerca de la puerta de salida. Mi yo era el encargado último de echar un vistazo a la documentación antes de girarla al archivo. El archivo era un lugar remoto o el subsuelo, ya no lo recuerdo. El caso es que las horas se iban mientras mi yo leía la política hecha carne.

Por hache o por be, cada uno los trámites en los que mi yo era llamado ha intervenir se habían truncado. Entre hache y be se forjaba una vasta y morosa literatura de la dilación. Las excusas de las que se valía el funcionario competente para desligarse de aquello a lo que su investidura lo obligaba eran de lo más floridas.

La mal llamada oficina publica abarcaba demasiadas funciones pero su funcionariado se sentía cómodo hablando de fomento a la producción primaria. El estado y la producción, cualquiera lo sabe, tienen bien poco que ver. Como las rectas paralelas, sólo se cruzan en el infinito.
So pretexto de mejorar la especie, se importaron unos raros bichos al que los papeles bautizaron castrones de angora. El pueblo, no obstante, acaso por su perfume poco grato, siempre los conoció como chivos.

Los chivos viajaron en avión. Algo debía fallar y, de toda la tramitación, eso es lo único que se cumplió puntual: la fatalidad. Llegaron tarde, con el pelo crecido. Algún otro ruido impidió que se los internase en una cabaña adecuada a los fines originalmente previstos. Lo cierto es que todo el calor de diciembre se desplomó sobre el breve corral en el que doce fieras embravecidas bailaban una danza siniestra.

A esto lo supe leyendo el informe -desesperado, descarnado- de un ingeniero agrónomo. Y si resalto su condición profesional es porque siempre me ha gustado mucho leer informes técnicos. Me gusta la forma en que cada ciencia se forja su propio acervo y el modo en que lo retuerce hasta dar lugar a un idioma casi por completo ajeno al idioma padre que lo parió.

Los agrónomos no gozan de buena reputación entre los ingenieros. Los ingenieros no tienen buena relación con la palabra escrita. El informe, ya lo imaginan, era desopilante.

Como si fueran soldados de alguna tribu punk celebrando Transmission de Joy Division, los bichos se daban todos contra todos, hasta que, al fin, uno se daba contra el piso. En ese momento iban todos contra el caído. Hasta matarlo.
Estos días me ha visitado varias veces la imagen del pobre infeliz al que, culpa de un inoportuno mal paso, todos le cayeron encima. Ante el indicio de un ejemplar poco digno, la tribu lo ajusticiaba.

Lo ajusticia.

El ser humano, pensaba, no se maneja de un modo muy diferente. Hagamos leña que se viene el invierno.
Lo extraño es que un tipo se mande un moco y le caigan todos encima y antes -o después, poco importa cuándo- otro tipo se manda el mismo moco -o uno muy parecido o uno más gravoso- y el mundo siga su curso como si nada.

Eso sucede y no muy lejos de aquí.
No sé por qué lo harían los castrones, pero me late que hay una explicación para la conducta de los bípedos implumes.

Cuando el moco se lo manda un tipo que no vale nada, todos le caen contra él no por la razón episódica sino por la estructural. Si el moco es cometido por un individuo que goza de una cierta reputación a nadie le importa. Todos saben que, más temprano que tarde, el tipo volverá de su espasmo.

Cuando eso suceda nadie tomara nota de su rubor.

Publicado en -rtf-, Hipomanía | Sin Comentarios »

I´ll follow your bus downtown

Publicado por jorgemayer en 26 26e Marzo 26e 2008

Si me callo porque me callo, si hablo porque hablo. ¿Cuándo van a entender? ¿O es que acaso en verdad tan mal está la educación y ya nadie que me vea en televisión entiende ni media palabra de lo que digo? Está bien, lo admito. Yo no te sé distinguir un lago de una laguna, pero a quién puede importarle eso. Te digo más: yo creía que Picasa era un servicio de hosting para fotos, mirá si mi relato, nuestro relato, el relato, es o no diferente de lo que dice esa manga de pelafustanes, cipayos, partizanos, que me dan con un palo ahora, que cometí esta gafe, pero son capaces de felicitarme si mañana salgo a repartir cachiporrazos y baños con el camión hidrantante. Hidrante, eso es lo que quise decir. Cualquier argentino de bien lo sabe. O debería saberlo. Y lo va a saber a partir de ahora. ¿O si no para qué venimos invirtiendo? Les llegó la hora. Se me ponen los pantalones largos. ¿Lo hacen por las buenas o tengo que mandar a alguno de los chicos? No quiero tomar medidas extremas. Conocida es mi postura en contra de todo modo de represión pública, de suerte que, si llegara a ser necesario, puedo, podemos, apelar a los buenos servicios de nuestros amigos de siempre. Me parece que no hará falta. No aprendieron nada. Se dividen. Se piensan que esto es un combate cuerpo a cuerpo y no, nada que ver. La revolución de mayo ocurrió bajo la lluvia, o al menos eso es lo que quieren decir los paraguas esos que se ven en cualquier pared de escuela primaria. O sea: ser patriota implica ser lo bastante fuerte como para soportar la inclemencia del tiempo, la catástrofe misma, llámese inundación, incendio de bosque nativo. No hay suficiente grandeza. No hay generosidad. Cuatro o cinco gatos patalean, y la redistribución qué. Y mejor que no me hablen de faraónicos dineroductos. Yo no conozco a ningún Lázaro levántate y anda ni a ningún Cristóbal que venga acá y me pare el huevo. A Julio no se lo toca y a Rudy a lo sumo le hacemos un lifting. Nunca oí a nadie hablar de panamerinosecuánto. Es el relato, estúpido. No se le retiene a las mineras y nadie abre la boca. Es que las mineras nunca fueron un grupo concentrado del capital internacional. Yo les meto el dedo en el ojo porque me gusta hacerlo. Yo les digo de los trabajadores que ellos tienen en negro. Y lo hago porque sé perfectamente que nadie va a contarle a nadie que un gramo de oro, oíme bien, requiere de diez mil litros de agua. ¿Te imaginás lo que eso significa en una provincia que no tiene un solo río? ¿Y a cuánto cotiza el oro? Me dicen que está en suba pero yo no confío en el melenudo. Creo que anda en la rosca. Ya le vamos a dar. Algún comunicador equivocado tiró al micrófono algo que me indignó: las retenciones son un impuesto y los impuestos deben ser aprobados por ley del parlamento. Lo dice la constitución. Ay, la constitución… dice tantas cosas. ¿Cómo era eso de que las cárceles de la nación…? ¿Cómo era eso de la ley orgánica de la auditoría general? Sin embargo, la constitución sigue estando llena de grandes verdades. Sin ir más lejos, el poder legislativo, en su condición de órgano deliberativo del poder ejecutivo, pondrá en vigor una ley de derechos sobre las exportaciones. Ni se les ocurra que la coparticipe, chicos. Si, de todos modos, siempre vienen al pie. Ahí lo tenés al gober ése, cómo es, el de apellido catalán, que dice “ojalá nosotros tuviésemos a alguien como él”. No lo tienen, ¿te das cuenta? Mejor tómense un tiempo. Reflexionen. Recuperen la cordura. Después, si quieren, conversamos. Ya se verá qué es lo que hacemos.

Publicado en -rtf-, Hipomanía | 2 Comentarios »

The horror

Publicado por jorgemayer en 26 26e Febrero 26e 2008

Nunca terminé de creer en el cine. Será porque la historia en sí, las historias, que es lo que verdaderamente me interesa, suelen terminar opacadas por el ruido de elementos que deberían ser laterales. Ya lo dije alguna vez: nunca sabré de qué va esa película en que trabaja Natalie Portman cuando era apenas una niña. Ya ven que ni siquiera recuerdo su nombre. No me interesó averiguar cómo se llama el director ni qué otros actores participaron del film. A resultas de lo cual, jamás podría saber cuándo la programan en tal o cual canal. Es simple: un día cualquiera, o mejor una noche, a mitad de mi bourbon, encenderé el televisor y por azar caeré en uno de los doscientos canales que provee mi servicio de cable. Allí estará Natalie. Un tipo le pondrá una pistola en la cabeza. Y yo caeré como si un rayo me fulminase.

Soy así. Me dispersaría si tuviera la posibilidad de percibir más de un elemento a la vez. Me resisto a que en esa historia ocurra nada que no sea Natalie, a que le pongan música, a que en determinado momento la cosa se acabe y caiga la lluvia de créditos y después vengan los comerciales y otra película. Yo no estaré allí sino con la cabeza puesta en esa Natalie que ahora apenas es una foto de baja definición que da vueltas en mi cabeza.

Pero lo mismo veo películas y muy de vez en cuando me maravillo.

Hace poco, un par de semanas, vi por primera vez Apocalipsis Now, según el corte del director. Francamente, me cansé. No tengo ya la capacidad de estar tres horas capturando y procesando los datos con que bombardean mi Vietnam. Sólo me dejo ir. Veo imágenes que no entiendo. Oigo la voz de Jimbo que anuncia que esto es el fin y me digo: la puta, esta canción no me gustaba, le faltaba algo que ahora tiene. Y al rato a Dennis Hopper completamente sacado. Y Robert Duvall, que todavía no bailaba el tango. Y un poco antes me dicen que pasó el peor actor de la historia del cine, Harrison Ford, pero me lo perdí, no me di cuenta, y el final se adivina final cuando aparece la cabeza rapada de Marlon, que dice “Oh, the horror”.

El esfuerzo de Coppola y sus muchachos es un buen homenaje a la obra de Conrad. No hay dudas de eso.

Sin embargo, algo sigue haciéndome ruido. El grito ahogado de mi Kurtz es mucho más desgarrador en la novela que yo leí. No digo en la novela que escribió Conrad sino en la novela que yo leí, que no son la misma cosa.

Ocurre, siempre lo digo, la literatura como combustión. El lector no es ese bicho sumiso que deja que la pantalla diga todo lo que hay para decir e incluso un par de cosas más, por las dudas, para asegurar el resultado. El lector pone en duda. Con sus dudas delinea personajes, representa las escenas, se detiene y relee, y retrocede a recoger un cabo suelto, y si es de los míos es capaz de relojear el final, a ver si de verdad vale la pena esta fatiga.

Una buena película es un contrato de adhesión. Alguien vino y puso las condiciones que el espectador aceptó. En un buen libro, en cambio, ese pacto es oblicuo. No rige el todo vale. El lector no es inocente. Sólo la maestría en la ejecución, algo que está reservado a pocos tipos (sí, Conrad), devuelve al lector a la inocencia. A la inocencia como heterónimo de la intemperie.

Publicado en -rtf-, Hipomanía | 2 Comentarios »

De los rigores de la aritmética

Publicado por jorgemayer en 22 22e Febrero 22e 2008

Un reciente estudio de la Universidad Autónoma de Guadalajara confirmó una sospecha: el amor dura cuatro años. Uno debería decir “chocolate por la noticia”. Lo diría si no fuese porque me parece una expresión muy pasada de moda. Por lo demás, un dictamen tan eficaz como para ganar la portada de los diarios emite detalles importantes. Apenas si sabemos qué es un año, qué un cuatro, pero lejos estamos de tener la menor idea de lo que sea el amor.

Un ejemplo con números fáciles.

Si la vida amorosa activa de un hombre dura 40 años, la ecuación perfecta requeriría del concurso de 10 amores que tomaran a bien no superponerse. La pregunta que se impone es: un amor rebajado con soda, un amor al 50%, podría coexistir con otro amor de similar calidad. La promiscuidad, dicen, va en desmedro del buen amor. Por esta vez vamos a suponer que esto es cierto. ¿Habrá entonces amor al 80, al 40, al 10%?

Pienso en un amor al 10%, una relación -digamos- cordial. Si el amor pudiera estirarse en razón inversamente proporcional a su calidad, esta relación ¿podría alcanzar una continuidad de 40 años? ¿No es eso lo que la gente llama un matrimonio feliz?

Publicado en -rtf-, Hipomanía | Sin Comentarios »

En mi nombre

Publicado por jorgemayer en 7 07e Febrero 07e 2008

Pero no fue ésa la primera vez que me reconocieron sino otra, bastante anterior. Después de todo, mi eventual lector, el de la parrilla, ni siquiera sabía mi nombre. En cambio, aquella ya lejana primera vez, estaba yo haciendo lo mío ante uno de los mingitorios de algunos de los antros del pueblo en los que la juventud se reúne a echar humo y a sudar, pero más que oír un nombre mío, más que la circunstancia de encontrarme yo con los ojos entrecerrados en las alturas, haciendo un breve repaso a los eventos de esa noche, más que eso me llamó la atención que el sujeto que me reconocía me llamaba por un nombre que nadie conoce. Me llamaba por mi nombre de guerra en el mundo de los blogs, lo que me dio un poco de vergüenza, otro tanto de asco, y me llenó de inquietud. No tengo buenas experiencias al respecto, así que se imaginan que no será aquí dónde las cuente. En ese caso, mejor que cuente la buena. La buena es que alguna vez alguien me dijo “voy a decirte fander”.

Si no fuera porque estaba ocupado en tan arduos menesteres, le hubiera tirado un golpe. Afortunadamente estaba ocupado, pensando. Pensando en alguna chica linda. Por aquellos días, y de esto hace mucho ya, no hacía más que pensar en una chica de nombre indefinido, a la que yo siempre designé como la morocha power. Eso, por oposición a otra, la auténtica morocha, que era una flaquita que había tomado por costumbre sentarse a mi lado en el colectivo de cada mañana con rumbo a la capital, gesto que yo agradecí al altísimo en grado sumo, porque el ancho de sus caderas sumado al mío daba una cifra bastante similar al ancho de los dos asientos reunidos y eso era buena cosa porque en verano, si así lo queríamos, no nos rozábamos, y en invierno podíamos enredarnos en la extraña promiscuidad que da el buscar calor, no importa lo ligero que éste sea, la tibieza que puede tocarle a dos que no se conocen, dos que no se hablan, dos que tienen por rutina viajar siempre juntos, bajarse en la misma parada, el uno prender un pucho, el segundo de la mañana, la otra quedarse mirando un punto en el vacío, tal vez la brasa viva de la punta del pucho cuando se hincha, quién lo sabe.

Pero al tiempo de venir juntos apareció la morocha power, que, desde luego, era lo mismo morenita, sólo que en vez de tener el pelo rizado como mi compañera, llevaba el pelo absolutamente liso, recogido, tirante. Se me hace que era invierno, porque siempre llevaba por abrigo una campera muy larga, entallada, que le remarcaba un culo que a mí se me antojaba de ensueño, pero al que nunca había podido ver. Debió ser largo ese invierno, porque yo no tardé en empezar a fastidiarme con mi compañera habitual, que no dejaba de sentarse a mi lado y con el abrigo de la morocha power, el que sólo a veces, cuando yo tenía la chance de mirarla de perfil, me otorgaba una visión grata de la vida, algo así como la esperanza de que un buen día del señor, aunque corra ya el mes de noviembre, venga a nosotros toda la pompa de la primavera.

La primavera llegó. Llegó tarde, claro, o puntual, qué importa, si de todos modos, esa difusa fauna constituida por todos los que iban en ese colectivo se mostraba reticente a los novísimos calores. Nadie dejaba sus abrigos, lo que redundaba en molestias que nadie le decía a nadie. Pasaron los días. Llegó el verano. La morocha de siempre desapareció y yo me quedé sin compañera, librado a la eventualidad de que me tocase viajar con alguna señora entrada en kilos, o con algún sujeto de esos que duerme, ronca, y se desparrama en la butaca como el agua cuando se vuelca.

Unas pocas veces me tocó viajar con la morocha power. Vista de cerca, llamaba la atención la tersura de la piel de su rostro. Eso más que ninguna otra cosa. Era de un color rotundo, usaba el pelo liso recogido, muy tirante, no carecía de gracia al caminar, pero lo que llamaba al asombro era esa perfecta suavidad en un gesto brusco. Nunca vi nada parecido.

Pero yo nunca tuve en mente esas disquisiciones hasta ahora. En realidad, todo este tiempo pensé en su culo, pero no desde un punto de vista morboso, sino más bien como un objeto diverso al deseo, un elemento individual del que me interesaba conocer todo detalle. Vamos: mis trabajos de entomólogo habían conocido peores cosas que analizar.

Así, llené un par de cuadernos tomando notas dispersas. Nunca pude reunirlas. Supongo que esa reunión apenas sería una colección, nada que una esos retazos más que la mano que escribe y el nombre de una piba sin nombre, a la que, a falta de mayores notas distintivas, bauticé la morocha power.

Por ejemplo: hoy fue de blanco. El blanco debería ser un color pohibido a las mujeres. Como era de esperar, el blanco fue un llamado a todas las miradas, pero no ha de confundirse –bajo ningún concepto– mayoría con verdad. Hay que desnudar esta mirada de todas las miradas anteriores. Hay que desmontar todo análisis previo. Hay que estarse a la sola evidencia que promueva el hecho objetivo: la morocha power lleva un pantalón blanco de estreno.

Ese día me sentí defraudado.

Ya me había sentido defraudado varias veces antes. Cuando venía de falda, por ejemplo. Es curioso y sólo por eso apunto el dato. La faldas en la morocha power operaban dos sensaciones en sentido contrario. La reacción química era favorable. Las faldas le ajustan tanto las asentaderas que uno puede, sin dificultad, leer el mensaje que con los dientes escribió su amante al cabo de la noche anterior. Pero eso no es de buen gusto.

Allí es cuando me pongo a pensar que un simple bluejeans tampoco le sienta demasiado bien. Soy culona, se jacta ella, y la muchachada del colectivo se mira de reojo porque tiene por certeza que los culos cuánto más grandes mejor. Pero hay una inocultable ruptura de la armonía.

Lo vengo pensando desde hace varias semanas. No hago otra cosa que pensar en eso. Lo pienso desde que no la veo. Y de esto ya van varias semanas. Quién sabe si no se hayan ido los meses. Me cuesta discernir magnitudes como esas. Pero también me ocurre pensar en la esfera de alcance de mi pensamiento. Tal vez de tanto pensar en ella, en su culo, en el quiebre de la armonía, he creado en torno a mí un radio que la repele. O que al menos la aleja.

Me vi forzado a retornar al mundo de los normales, todo para no ser descortés con ese que tenía ganas de saludarme. Me di la vuelta y cuando lo tuve a tiro de darle un buen sopapo le dije “qué hacés, boludo” y no le di la mano porque tenía fresco el recuerdo de ella. Entonces lo estreché en un abrazo y en vez de esperar a que él hiciera lo suyo, salí al ruedo con la sonrisa de los que saben que muy de vez en cuando la noche recuerda nuestro verdadero nombre.

Publicado en -doc-, Hipomanía | 2 Comentarios »

Lengua quemada

Publicado por jorgemayer en 14 14e Enero 14e 2008

Ahora mismo leo Error humano, un librito de misceláneas de Chuck Palahniuk.
Un buen libro de misceláneas es, por definición, un volumen desparejo. A mi gusto lo mejor son sus retratos. Marilyn Manson, Andrew Sullivan, Juliette Lewis, el Hombre-Cohete en su propia voz, cosa digna de celebrarse. De un tiempo a esta parte se verifica el crecimiento de la figura del cronista, crecimiento que opera, necesariamente, a partir de la asfixia del personaje, de la situación crónicada. Esto, que a mí me parece obvio, no está tan claro en el gremio de los cronistas. Da la impresión de que una crónica es mala si el tipo no cuenta cómo se metió en el fango, estropeando un par de zapatillas Merrel de estreno. Si el tipo no abusa del yo. Si el tipo no nos maltrata como si escribiera un blog.
Pero lo mejor de lo mejor, es el encomio a la obra de Amy Hempel. Palahniuk concentra tantos recursos en alabar la forma en que esta mujer escribe que a uno no le queda otra que preguntarle a google. Y google tiene pocas respuestas. Y las librerías no tienen sus libros. Será, tal vez, por la misma razón que su mestro literario, Tom Spanbauer, fotocopia cada año el gastado ejemplar de una revista del año cero. Ese ejemplar tiene las siete páginas de su cuento La cosecha. Es breve. Brevísimo. Pero nada sencillo de leer.
Spanbauer, explicando el minimalismo, postula, como segundo principio, la lengua quemada. Decir algo, sí, pero mal, para forzar a que el lector tenga que volver sobre sus pasos. Como si una voz con de spaghetti western le dijera más despacio, amigo.
Cuando uno lee a Palahniuk tratando de explicar el concepto, no lo entiende. Posiblemente al propio Chuck le quede mucho por aprender al respecto. Lengua quemada es Amy Hempel. Lengua quemada es La cosecha. La cosecha empieza así: “El año en que comencé a decir cigarrillo en vez de cigarro, un hombre que apenas conocía casi me mata por accidente.” Más adelante dice: “Me movía a través del tiempo como una cabeza cortada que termina una oración“.
En tipografía generosa, son cuatro páginas, pero uno puede estar ahí durante horas. Es como dice Chuck: empiezas leyendo algo que parece una lista de la compra y al rato no entiende por qué tienes tantas ganas de llorar. Y así se van las horas, hurgando entre las palabras, tratando de desmontar el mecanismo que acaba de destrozarnos.

Publicado en -rtf-, Hipomanía | Etiquetado: , , | 3 Comentarios »

Lanata PM

Publicado por jorgemayer en 8 08e Enero 08e 2008

Soy el tipo más informado que conozco. A mi pesar, eso sí. Quisiera evitarlo y no puedo. A veces doy gracias al hecho de no poder leer en inglés. Si pudiera, el día no me alcanzaría para leer todos los diarios.

Por eso mismo odio los programas periodísticos. Su decadencia es una muestra más, una de las tantas, de la debacle argentina.

Así las cosas, ya estaba harto de muchos personajes, Jorge Lanata entre ellos. Sin embargo, a mitad de este año puse radio Del Plata a la hora de su programa y casi no pude dejar de escucharlo. Es un show y está bueno. Ha sido un show, supongo, porque Lanata, en marzo, larga a la calle su diario y me imagino que ya no tendrá tiempo de animar las tardes de la radio.

Lanata es, muy posiblemente, un idiota. Y periodista, para más datos, lo que eleva a su máxima expresión el idiotazgo. Pero, como acabo de leer en un cuento de Palahniuk, un periodista toma hechos normales y los presenta en forma atractiva. Esa es su tarea. Y Lanata lo hace bien.

Tiene un lindo equipo.

Reynaldo Sietecase. El señor sentido común. Un tipo que me cae simpático. Creo que podría ser mi amigo. Poeta, según dicen algunos libros. Autor de un título que le envidio groseramente: Una cierta curiosidad por las tetas.

Romina Manguel. La chica judía de Palermo. Flamante madre. Algo venida en kilos. Una voz de campanita que sirve de vehículo a dictámenes fulminantes. A menudo algo caída del catre. Amiga del disparate involuntario. Perpetua reclamante del divino perdón.

El Ruso Verea. Desde el deporte es capaz de abarcar todo el territorio de la vida. Simple, bien hablado. Macanudo. 80% opinión, 20% información.

Javier Romero. Torpe. Algo gritón. Especialista en la rosca del conurbano, no podría ser otra cosa que un barrabrava.

Verónica Castañares. La locutora. Podría ceñirse a decir a cada rato la hora y la temperatura, los números de teléfono y el resultado de la encuesta del día, pero es el alma del programa. En ella se ve al Lanata descubridor de talentos.

Luciana Geuna. Productora. La voz de la ingenuidad. Uno la oye y no puede imaginarse más que una mina linda. Linda tirando a muy linda.

Me falta uno que hace el papel de francotirador del espectáculo y un renunciado que se encargaba de contar las novedades tecnológicas en tono jodón.

En Lanata PM siempre hubo una buena entrevista que escuchar, una risotada a destiempo, un exabrupto, un macanazo, un debate que naufraga a manos de las contradicciones más viscerales.

A causa de un equívoco banal y transparente (Manguel desconocía la existencia de algo llamado Pink Floyd), a mitad de año nació la sección que catapultó al programa a ser un objeto de culto. Por Educando a Romina pasó una buena tanda de famosos -y otros no tan famosos-, cada uno con sus discos. Sí, la primera parte del show periodístico de Lanata se iba en las canciones que los fulanos llevaban.

Al principio, eso me resultaba chocante. Después, al cabo de muchos lindos discos y de singulares personajes a los que no le llevaría el apunte, empecé a entender la velada razón por la que este segmento trivial se ganó su lugar.

Me acordé de Charly cuando decía “qué otra cosa se puede hacer fuera de ver películas”. Las cosas han cambiado. Algunas para bien, de otras mejor ni hablar. Pero lo cierto es que la conducción del estado ha conseguido que a nadie le importe la política. Y ante semejante estado de cosas, qué otra cosa puede hacerse fuera de escuchar música.

Publicado en -rtf-, Hipomanía | Etiquetado: , , , , , | 1 Comentario »

Play for today

Publicado por jorgemayer en 3 03e Octubre 03e 2007

Justo ahora que ya han echado lo mejor de sí, me he convertido en devoto seguidor de The Cure. Me gustaría tener una canción que fuese emblemática, idónea para figurar en la banda de sonido de mi vida y por mucho que le doy vueltas no sé con cuál quedarme.
Por suerte son muchas. Alguna vez, quizá ebrio, le dije a alguien que Cure tiene cincuenta grandes canciones, quizá no tantas, pero seguramente no es sencillo contarlas.
Ahora, por ejemplo, en el preciso instante en que escribo esta línea, termina de correr One Hundred Years. Podría decir que se está acabando la eternidad. O mi eternidad se está acabando, porque estos años me hice a la idea de que la eternidad tiene algo pegajoso que viene impregnado en esa canción. Pero ya empezó A forest, ¿el primer hit? No estoy en condiciones de afirmarlo, pero tengo viva la cara pendeja de Roberto, cuando todavía era flaco, y de esto hace muchos años.
Lovesong, Disintegration, Just like heaven, Primary, Charlotte sometimes, High, Push, Boys don´t cry, Cut, Caterpillar, A night like this, Pictures of you, Inbetween days, Lovecats, Letter to Elise.
Todavía me acuerdo del día en que, con mi amigo Horacio, casi sin saber de lo que se trataba, nos metimos en un a disquería a comprar un disco de La cura. Compremos el del viejo, me decía el gallego. El del viejo es, obviamente, The Singles. El tipo de la disquería, como prueba de la buena elección, puso a sonar los primeros acordes de Kiling an arab, y yo era tan tierno que todavía no sabía que ese título era un homenaje a la que, por mucho tiempo, consideré la mejor novela del siglo xx. Después vino Toole, pero eso ya es otro asunto. Y yo era tan tierno que todavía no estaba en condiciones de entender que era ése el último track que nos depararía el punk rock.
El punk ha muerto. Que viva The Cure.
Pero mucho antes de eso, tal vez en el año noventa, fue que escuché por primera vez un disco de The Cure, que en realidad no era un disco, sino un caset regrabado, y ni siquiera era un caset entero, sino apenas una cara, pero bastó para la revelación. Porque me gustó, aunque no entendía bien el por qué. Es posible que al fin ahora lo haya entendido, pero eso ya no importa.
Tiempos berretas, aquellos. La muchachada se castigaba con eso que en la radio llaman rock nacional. Y sí, está bien: Sumo, Charly, Serú, Pescado, pero para cuarenta años eso es más bien poco. Entonces, como no había otra cosa, se escuchaba Los redondos.
The Cure era diferente. Conservaba cierta mística. Los chabones iniciados en The Cure eran muy distintos a nosotros. Ya sé: vestirse de negro, pararse los pelos, todo eso es trivial, pero cuando uno es un jovencito, echa de menos la identidad que no ha tenido tiempo de fabricarse.
Santi tenía todos los discos. Quiero decir: había alguien al que todos conocían como Santi, que decía tener todos los discos. Imposible imaginarse algo así. Hay demasiados discos sueltos. Y lados B. Y grabaciones encontradas. Y bootlegs. Pero la polución es un fenómeno de estos años: antes, creo, y hablo de un pueblo olvidado de la mano de dios y de la de los hombres, tener tres o cuatro buenos discos hubiese sido suficiente para ganarse reputación por el estilo.
Pero a mí, casi en secreto, me gusta Play for today, que toma para sí la peculiaridad de ser la única canción que los fans cantan en los shows. Qué digo cantan, sólo tararean, y no encima de la voz de Roberto, sino de un organito ultrapop. Es vergonzoso. Gente grande diciendo a los gritos oh ooooh ooooh. Ojo, yo también lo hago. A mí también me gusta saberme estúpidamente pop.
Allá los veo venir. De la loma vienen. De todos los sitios vienen, pero yo siempre pensaré que vienen de la loma. Todas las veces el mismo estribillo que no alcanzo a entender. Vienen los gritos oh ooooh ooooh. Son ellos y la marcha; ellos, la estampita; ellos, el bombo.
Pienso que la única razón para vivir es la enfermedad. La médula escupiendo glóbulos blancos que se baten a duelo en cada esquina con los gritos oh ooooh ooooh. Y cada vez son más. Viene bien el Nano que canta: si cuando se abre una flor/ al olor de la flor/ se le olvida la flor.
Mañana me toca a mí.
Yo tarareo mi canción.
Los ingleses abusan de la palabra play y nadie que los reprenda.

Publicado en -rtf-, Hipomanía | Etiquetado: , , , | 4 Comentarios »