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blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

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Intemperie/8

Publicado por jorgemayer en 19 19e Julio 19e 2008

Conocí Las Heras, no la calle, que me es muy familiar, sino una sede de la facultad de ingeniería. Sólo cuando salí del edificio y crucé la calle pude verlo en plenitud. Alguien me apunta: la gente pasa por la vereda y se persigna. No es superstición, parece una catedral gótica. El interior es lúgubre. Falta el rostro folclórico de Ernesto Guevara pero no los reclamos por mayor presupuesto. La educación pública se cae a pedazos. Hay carteles que piden colaborar con la higiene porque determinada sala es “habitualmente visitada por contingentes”. Eso: cuidemos por donde ve la suegra. Hay mucho de eso, ¿no? Estoy asqueado, pero hoy no tengo ganas de hablar de ellos. El edificio tiene cien años. Parece que tuviera mil. Le falta mantenimiento. Le sobra un techo que se declara provisorio. Le sobran pretensiones de nobleza. Era para la facultad de derecho, me cuentan, pero no se terminó a tiempo y quedó para los ingenieros. Ahora es un santuario de artefactos viejos. Hay reproducciones de barcos, de trenes, un mapa en el que Santa Cruz todavía es territorio nacional y Comodoro Rivadavia una Gobernación Militar, maquetas, fotografías de Atucha, de El Chocón. Todo es muy sombrío. Una manada de pibes sale de un aula. Detrás de ellos se recorta la viva figura de un viejito que bien podría ser un cuadro. Me pido un cigarrillo. Me lo doy en la escalera. Pasa el 110.

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Intemperie/7

Publicado por jorgemayer en 18 18e Julio 18e 2008

El sur profundo de la ciudad es una llaga. En realidad es uno el que avanza a tranco apurado por esa llaga hasta dar con la entraña misma de algo irresuelto. No sé, de todos modos, por qué la furia del sol contra mí, por qué las cejas encharcadas en una baba viscosa y salada, por qué sigo teniéndole miedo a viajar en colectivo, si el 37 me deja a dos cuadras, si ya he superado el pánico que guardaba para las escaleras mecánicas. Tal vez deba echar abajo esos escollos de a uno por vez y esta no ha sido la ocasión. O tal vez el horror se llame Lanús, las calles que se suceden con demasiada velocidad. Es comprensible: todavía puedo extraviarme a paso de hombre, de hombre titubeante, que es casi la mitad de un hombre, de lo que se desprende que mucho debería sucederme antes de que yo gane sentido de la ubicación a ese ritmo de marcha. ¿O tendré miedo al movimiento, a la virulenta ley de la gravedad bamboleante, que lo hace pasar a uno el escarnio que el gancia en la coctelera? No sé, me quedo pensando. Me quedo echado al sol. El vino se acaba, y el fernet, y lo que el dueño de casa traiga a la mesa. Me llevo un libro, uno más para mi colección personal, un fuerte abrazo, un suculento pliego de información clasificada y el deseo de alguna vez tomarme el 37 sin temor a lo que pueda sucederme.

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Intemperie/6

Publicado por jorgemayer en 17 17e Julio 17e 2008

Si en menos de un mes debés asentarte del otro lado del atlántico y al mismo tiempo andás tan corto de guita que, con tal de ahorrarte cien euros, doscientos, qué sé yo, compraste un billete de avión que sólo permite llevarte contigo 25 kilos de equipaje, estás un poco jodido. Sólo un poco. Viajás. Tenés un empleo nuevo. No sé si tentador pero empleo al fin. No está mal Barcelona. De afuera luce como una de las ciudades más bonitas del mundo, aunque nadie la soporte más de un par de años. ¿Quién puede soportar más de dos años cualquier ciudad? Pero hay muchas otras. Esta es una puerta, como esas que custodian las ciudades que ya no están por completo amuralladas. Entonces la consigna es 25 kilos, nada más. Hacés un rápido inventario de lo que tenés. Mejor: echás un vistazo sabiendo que cada kilo de más te costaría 20 euros que no tenés. Hay que aligerar. Salís a buscar cajas por el barrio. Nos echan de la mitad de los locales. Traés algunas pocas, pero te preguntás cuánto de eso que has atesorado merece esperarte la temporada que dures afuera. ¿Y si todo saliese mal? ¿Cuán mal pueden ocurrir las cosas? ¿Qué tan rápido? ¿Con qué reservas esperar ese chubasco fantasmal que de sobra sabés que no va a venir? Chau a los folletos viejos. Empresas con teléfonos de la época en que el cuatro no estaba delante de todo. Sobres con estampillas raras. Anotaciones. Libros. ¿Qué libro de los que tenés te resulta imprescindible? Un libro, me enseñás, tiene una relación de peso y volumen bastante parecida a la del agua. Hacés un par de números en la calculadora. Una caja, 42 kilos. ¡¿42?! Algo habrá que hacer. Medallas de la escuela. Fotos. ¡Una radio! Los discos que alguna vez te regalaron. ¿Quién será Alejandro Fernández? Suvenires de fiestas de casamiento de parejas que ya se han separado. Más nombres. Polvillo. Cosas que ni te diste cuenta que vinieron con vos y estuvieron en cautiverio tres años y medio, casi cuatro. Llaveros. Recuerdos de todas las vialidades provinciales. Me quedo con alguno. Un bolso de mano azul. Un portadocumentos. Un bloc de hojas. ¿Será muy dañino tirar una biblia a la basura? ¿Y si llamamos al ejército de salvación? No es mala idea. Te olvidás del flete. Pero antes hay que saber qué se tira, qué se queda, qué viaja. A lo que se queda hay que encontrarle un sitio. Siguen pasando las hojas amarillas de un almanaque de mil años. Algunos años, te das cuenta, son peores que otros. De 1998, decís, encontré sólo una anotación: el 14 de setiembre empecé terapia. No voy a decirte que deberías reclamar algún reconocimiento por estos diez años. No es momento para chistes. Es un duelo. Es también mi duelo. Yo sé que jamás volveré aquí. Ya sé que me queda poco allí. Lo sé, tanto como sé que haría bien en ponerme ya mismo manos a la obra y adelantarme a los hechos. Qué se tira, qué se queda, qué viaja.
Me mostrás un papel amarillo mecanografiado. Me decís que lo rompa. O que lo guarde. Decido que puedo hacer las dos cosas a una vez. No voy a guardar los añicos: voy a subirlo al blog.
Opiniones entre un cura, un filósofo, un anarquista, un médico y un telegrafista. Tema: El pedo
El pedo, dice el cura, es el alma de un poroto que va al cielo. No, padre, arguye el filósofo, el pedo es la ilusión que se hace el culo creyendo que sabe hablar. No, exclama el anarquista, el pedo es el grito de protesta de la mierda, clamando la libertad. No, replica el médico, el pedo es el viento ligero que anuncia la llegada de la cagada. No, dice el poeta, el pedo es el suspiro suave que parte del corazón y que por equivocación sale por el culo. No, continuó el telegrafista, el pedo es el telegrama que mandan los intestinos al culo diciendo “va mierda, espere”.

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Sofía

Publicado por jorgemayer en 27 27e Mayo 27e 2008

Ha muerto una niña que conocí.

No sé su nombre. No recuerdo su cara. Tampoco el día o la noche en que la conocí. Sólo sé que estuve en una casa amiga y alguien me lo dijo. Trató de no hacerme daño. Eligió las palabras. No tuvo éxito. Que digan lo que quieran. Si hay algo inocente en este mundo, si hay algo digno de ser salvado y a fortiori legado a una nueva civilización, eso es la palabra. Las palabras.

Pasamos un fin de semana de locos.

Con esto del incendio, todo el sábado en el hospital. No te imaginás.

¿Te acordás de Sofía?

No. ¿Quién es Sofía?

Digo Sofía sólo porque es el primer nombre que acude a mi mente. Tal vez por reina. Tal vez por capital. Tal vez porque una niña merece un nombre perpetua promesa. Pero tal vez se llamó de otro modo. No importa. Ahora que sólo vive en estos compases temblorosos se llamará Sofía.

La amiguita de Cami, la hija de Néstor.

¿Néstor? ¿Mi compañero en la facultad?

Sí, eso es lo más tremendo.

Tengo el vago recuerdo de Néstor en la facultad. Todos cargamos menos de veinte años. Le sobran ínfulas, todas las que a mí me faltan. Me lo cruzo en un pasillo. Lo saludo. Me deja colgado. Por un momento soy todo perplejidad. Ahí nomás, los ojos perdidos en una rugosa pared blanca, la cartelera, los ojos azules de Valeria, la piba de la fotocopiadora, hurgo. Me planteo si habrá un sitio para los saludos truncos. Debería existir un lugar así. Sería el destino de las medias extraviadas, de los guantes viudos. De los hombres sin mujer.

El está en terapia intensiva. Quisimos verlo y no pudimos.

Siempre lo supe: él no llegaría a ninguna parte. Con suerte, podría levantar una minita de esas que abundan en los primeros años. Una minita que quiera levantarse a un tipito cualquiera. Colgarse de él. Estrujarlo. Conseguir de él lo único que tiene para dar. Apuntes en mala letra, polvos furtivos, una vaga sensación de seguridad. Tal vez ni eso.

Está incomunicado. Hay un cana en la puerta, por las dudas se escape.

Llevaba demasiado apuro en los pasillos. Tal vez por eso no me saludó esa vez. Tal vez porque sabía de sobra que ese lugar no era el suyo. Que pronto limpiaría sus sandalias del fango ingrato de esos pasillos.

Dónde va a ir. Tiene cuarenta por ciento de quemaduras.

¿Habría un limbo para los cuerpos quemados a la mitad?

Imaginé a los enfermeros poniendo su cuerpo en remojo. La espera. Los cepillos que removieron la piel chamuscada. La carne viva. La carne muerta. Y pensé que la burocracia de nuestro señor del fuego haría bien en quedarse con la vida de los cuerpos quemados a la mitad. Sería un acto de justicia para con la mitad sana. No hay pena que quepa en la mitad de un cuerpo.

Sospechan que él quiso matarla.

Sí, hay quien piensa que a Sofía, la niña sin rostro y sin nombre, su padre ha querido matarla. Paladeo su nombre. Soplo. Recuerdo la vez aquella en que una pequeña niña robusta se acercó a mí, que tal vez estuviese distraído, fumando, ajeno al bullicio que enfrascaba al resto de los asistentes a ese cumpleaños. La pequeña niña robusta me tocó a la altura de la cintura. Me preguntó: ¿no me hacés upa?

¿Cómo pudiste, pensé, dar una sola vuelta de rosca y pasar del irrespeto de llamar la atención de ese que no atiende a pedir una muestra de cariño que nadie podría negarte?

Cuando conté ese episodio, la respuesta no pudo ser más triste.

Ay, si supieras la historia de esa nena.

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I´m gonna win ya

Publicado por jorgemayer en 31 31e Marzo 31e 2008

Si no fuera lo que soy, posiblemente hubiese seguido la huella de mi viejo. Estaría vestido de blanco y haciéndome el galán con todas las mujeres. Es algo inevitable, flota en el aire. Las clientas gozan con el buen trato. Es importante la higiene, suma puntos tener la mejor carne del condado, pero la carta ganadora es el trato. Mi viejo es tan amargo como yo pero se las ingeniaba, no sé cómo, para ganarse algún celo de mi madre, que es, sobra que lo diga, una santa.

Me impresiona la sangre. No me gusta el color rojo. No tengo espaldas para hombrear una res. Pero me hubiese gustado dedicarme. Sería un homenaje a los años felices, cuando en casa se comía carne vacuna en cantidades industriales. De allí sé que comer carne porcina es criminal, que el pollo es un bicho triste, que el cordero patagónico es un invento de la prensa obsecuente, que el conejo es una delicia de la que nadie debería privarse.

A veces salgo de mí para mejor verme.

Ayer salí de mí para mejor verme.

Me vi y era un perro. Oteaba del otro lado de la vidriera de una carnicería de mi barrio. Tramaba el modo en que daría el golpe. Me regodeaba mirando eso que el hombre de blanco cortaba en jirones. Pensaba qué bueno ser terrorista. Qué bueno hablar en castellano. Qué bueno tener manos para poder abrir la puerta, enseñarles una granada y decirles dénme lo que es mío y nadie saldrá lastimado. Y llevarme no mucho, un vacío, un matambrito, algo que sea digno de compartirse. Eso, por si me hiciera cosquillas el roce del amor.

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And if the lights are all down

Publicado por jorgemayer en 25 25e Marzo 25e 2008

Sólo una vez en la vida me vi una película de terror. No sé cuál sería, pero estoy más que seguro de que no he vuelto a verla. ¿Cómo lo sé? Ah, qué buena pregunta. Esas cosas que tiene la mente, esos hilos invisibles que atan lo esto con lo aquello y uno ni siquiera avisado de que exista lo esto, lo aquello, lo hilo. Lo invisible sí, eso está, eso es lo único cierto de todo. Es decir: que algo no se revele a los ojos no significa que no exista, al contrario; que algo se revele a los ojos es una buena razón para comenzar a desconfiar. Todo esto quizá sea para mí un consuelo, un entrenamiento para ser ciego alguna vez.

Vi una película de terror y yo apenas era una criatura. El televisor era un armatoste de un tamaño que nunca he vuelto a ver. El televisor sigue estando, como si fuera una reliquia, en el cuarto que mamá y papá reservan para mis visitas. Quizá esté cubierto por un paño, quizá esté a la intemperie y lleno de polvo, pero el temor es siempre el mismo. O uno muy parecido al que sentí aquella noche. Aunque seguramente no fue de noche que yo miré la película. Mis padres no me lo hubiesen permitido. Al cabo, nosotros siempre hemos sido una familia decente y hay quien pueda entender a la decencia por el hecho de acostarse temprano. Mi padre, por dar un ejemplo.

Debió ser por la tarde, sí, pero no se me ocurre cómo fue que pasaron una película de terror a esas horas. O quizá, y eso me da más miedo, no fue por la tarde. Quizá fue de noche que yo estuve arrodillado sobre el asiento, con los ojos casi pegados a la pantalla, apenas lo bastante lejos para hacer foco y tironeado de las orejas para estar más cerca del parlante y escuchar el volumen misérrimo que la noche permitía.

Sí, era de noche. Por alguna excusa dejé la cama. Debí tener ganas de hacer pis. Pasé por la sala y vi el inmenso cajón de muerto, como mamá lo ha llamado todos estos años, y la tentación me llamó por mi nombre. Yo dije sí. Yo tomé una de las sillas de la sala y la llevé junto al aparato. La arrimé tan cerca del mueble que no podía estarme sentado. Debía ponerme de rodillas sobre la silla para ver mejor. Para ver algo. Nunca pude haber visto todo el ancho de la pantalla desde allí. Estaba tan cerca que veía descomponerse las figuras en dibujos a rayas blancas y negras y lo peor es que hablaban. Sabe dios lo que habrán dicho.

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ctrl + v + 2

Publicado por jorgemayer en 12 12e Marzo 12e 2008

No dejo de darle vueltas al asunto. ¿Publicaré o no el texto al que la magia del crtl+ v me abrió la puerta hace unos días? La carne es débil. Todo tiene un precio y yo ni siquiera sé cuál sea el mío. Pero supongamos, y es nada más un ejercicio, que tengo deseos de publicarlo. De publicarlo y con mi nombre. El texto dice cosas muy graves. Menciona a instituciones demasiado ligadas a la cultura de este pueblo venido a menos. Quién sabe no se caigan máscaras, mascaritas y mascarones de proa si yo, dentro de la caja que ahora acoge estas palabras, pego aquéllas, las únicas que en verdad me importan. Las únicas que han llegado a atormentarme al punto de dormir poco y mal por varios días seguidos y por eso mismo a pasarme los días sin saber lo que hacer. Más de uno en la oficina me ha mirado con cara de asombro y puedo asegurarles que a pocos objetos de esta empresa se les da tan poca atención como a mí. Podría hablar de la negrita que hace de cafetera. Nadie la mira. Será que hay demasiados gatos y todos tenemos ínfulas de cazador. Que siempre apuntamos a la luna y queremos el manjar ése que el bolsillo, su tiranía, nos ha quitado, sabe dios si para siempre. Hay también un viejo mueble de archivo. Tendrá unos cincuenta años. Es naranja y de puertas corredizas. Pocas cosas hay tan feas que alguien haya comprado alguna vez y pagado religiosamente. Y sin embargo sigue allí. Nadie aspira a robarlo, a darle una buena patada que lo inutilice y a la vez le deje una marca indeleble. Pienso que si interviniese el texto, algo que todavía no me he permitido, nadie se daría cuenta. Y si nadie supiera de mí, ¿qué sentido tendría echarle mis garfios encima? ¿y publicarlo? El texto sin mí va a encargarse de todo. Ya van a ver.

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ctrl + v

Publicado por jorgemayer en 10 10e Marzo 10e 2008

Debo haber apretado ctrl + v porque acaba de aparecer en la pantalla un texto que no me pertenece. Me tienta publicarlo y que la publicación le cause daño a alguien. Ya lo saben. A veces uno se acuesta y de tanto mirar el techo le ocurre pensar que está triste cuando no lo está. Es sólo el mismo frío de siempre que ha regresado después de unas merecidas vacaciones. Hoy que es lunes tiene un poco de modorra, saudade de las pampas que anduvo asolando estos meses, pero mañana se mostrará en la mejor de las formas que tiene para mostrar. Y la tristeza dispara la cabeza a distritos ajenos a la inocencia. Hoy hay que joderle la vida a alguien. Además, el artículo es bueno. Me pregunto si será del todo original. ¿Lo mandaré a España? En una de esas cruza el Atlántico una suculenta remesa de euros que le dé vitalidad a mi anoréxica cuenta bancaria. Pero no, ya nadie le saca un mango al vicio de escribir. Además, qué sentido tendría. Bueno, pensándolo bien, en una de esas podría comprarme zapatos. Ayer anduve paseando, mirando las vidrieras sin querer mirarlas mucho, porque yo soy de esa clase de personas que miran mucho un objeto y de inmediato comienzan a desearlo y a poco de desearlo sobrevienen las locuras. Hubo un tiempo de mi vida en que llegué a usar bermudas cuadrillé con tal de ganarme el favor de una señorita de muy buena presencia. Tambien aquella vez fallé en el intento pero me hubieran visto en mi bermuda. Las calles de Trelew no han conocido una más fea. Pero no, no suelo tomar lo que no me pertenece. Pero esto que viene a mí sin que lo llame, esto que no es el buen amor aunque bien podría serlo, ¿en verdad no me pertenece? No es un llamado de atención del altísimo que me dice: che, tomá, esto es para tu blog, la gente te extraña, yo un poco menos pero también. Es una charla imaginaria, claro, porque yo le espetaría que por qué cuernos no me paga lo que merezco. No te pago lo que merecés, cabrón, porque si lo hiciera quedarías debiendo. Bueno, en un caso así lo entiendo, el argumento es irrefutable. La escritura roza la perfección. Si hasta parece mío en las frases enruladas que le copié a ese tipo del que ya nadie se acuerda. También le copié la forma en que dibujaba las zetas. Uno es un poco así, un collage de varios muchos otros mejores. El resultado es penoso. Supongo que lo es desde el momento en que también tomé algún rechazo de moralina propio de esos autores que uno suele frecuentar en la adolescencia. ¿Se imaginan? Cómo aprenderíamos a fabricar napalm si no es leyendo a Palahniuk. No leyendo a Gelman, obviamente. Y no es que Chuck sea lo bueno que dicen: escribe novelas autoreferenciales, en tono monocorde, efectistas, pero yo le estoy muy agradecido, y no sólo por el napalm, con lo que hubiese bastado para ganarse mi respeto, sino por confirmarnos que la literatura debe hacerse con escoria. Entonces, yo aburrido, yo en un cyber en el medio de la ciudad moribunda, durante una noche de frío en la que esperaba un correo que no ha llegado, yo que voy perdiendo el pelo y las ganas de escribir, yo que mañana madrugo, yo que no soy visitado por las musas desde hace varias semanas, yo me encuentro con este regalo inesperado. ¿Qué hago? Tal vez debería corregirlo. Desemprolijarlo. Mandarle un par de repeticiones innecesarias. Cortar un par de frases del medio y llevar una al principio y otra al final, como remate. O imprimirlo y esperar a leerlo de nuevo mañana, a ver qué se me ocurre. Quizá deba recomendarles a todo el ejercicio: cuando inicien una sesión en un cyber, hagan ctrl + v. Se abrirán puertas inesperadas. O no.

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En el patíbulo

Publicado por jorgemayer en 5 05e Marzo 05e 2008

Por si acaso me toca partir en breve, ya he resuelto cuál será mi última voluntad, aunque el calificativo es algo tramposo, lo sé. Será última sólo porque la pronunciaré ante el pelotón de fusilamiento, pero será de cumplimiento póstumo. Soy un idiota, ¿lo ven? O al menos tengo todos los rasgos que distinguen a un idiota de otro que no se cree idiota. Es decir: se supone que cualquiera a quien se le pide que exprese su última voluntad pedirá cualquier tontería que pueda ser cumplida de inmediato, lo que en sí mismo condiciona radicalmente la magnitud del pedido. Nadie pediría, por ejemplo, “ver graduado a mi hijo”, especialmente si ese hijo no ha dejado el jardín de infantes. Más sensato es pedir un cigarrillo o una taza de café. Yo tengo los dientes amarillos de tabaco. Yo tengo el hígado trabajando a reglamento por culpa de tomar café. Yo no tengo ningún deseo de morir ya mismo. Yo pediría reencarnar en modisto. Algo que no pueda cumplirse de inmediato, aunque quién sabe. En una de ésas el sistema de reencarnaciones está por demás aceitado y una vida puede superponerse con la inmediata. En una de esas yo me conozco de antes. Puede que sea uno más en ese colectivo que lleva a la gente como ganado y por más que me empeñe en evitarlo escuche las conversaciones que crecen en racimo y que una de las hablantes sea la morocha power, que ésta vez le cuenta a una amiga el largo periplo que tuvo que hacer hasta que un sinvergüenza hijo de mala madre le ha dicho en la jeta “sos deforme”. Es probable que ella no guarde las formas canónicas, en especial por culpa de su abundante intimidad posterior, pero quién dice esta boca es mía y enseña lo que carajo sea el canon. No hay milagros, ya lo ha dicho otro mejor que yo. Se trata, simplemente, de solucionar inconvenientes técnicos, de entender que el cuerpo femenino es el mejor de los desafíos. Siempre.

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Astronomy domine

Publicado por jorgemayer en 4 04e Febrero 04e 2008

No miro mucho el cielo.
De este lado del mundo el cielo está muy cerca. A veces demasiado. A veces ni siquiera hay cielo sino una densa capa de nubes naranjas. Sobre todo por las noches. Esas son las mejores noches. Las noches de cielo naranja.
Al día siguiente llega el viento y toda su orquesta, lo que no sirve de mucho, apenas para que las nubes se vayan a la madre que las parió.
Despeja. Cielo hasta caer de rodillas.
A veces, un rato antes de que salga el sol, me detengo a mirar el lucero, la estrella más brillante de la noche moribunda.
A veces, con un poco de suerte, la luna sale un rato antes que el sol.
A veces la luna se ve más lánguida que otras y se ve como una puñalada blanca. Una puñalada en caprichoso periplo hasta posarse más allá de los techos.
Hoy salieron juntos. La luna y el lucero.
Hoy, más que nunca, la luna fue un tajo certero.
Hoy apareció, en plan de cortejo, Júpiter, el amante pródigo.
Hoy le hacía la corte a la luna con un celo nunca visto.
No era bastante galán, si con el lucero del alba se lo compara, y ése es, precisamente, el mérito.
La segunda luz más brillante de la noche tomó lo que no era suyo.

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