Ha muerto una niña que conocí.
No sé su nombre. No recuerdo su cara. Tampoco el día o la noche en que la conocí. Sólo sé que estuve en una casa amiga y alguien me lo dijo. Trató de no hacerme daño. Eligió las palabras. No tuvo éxito. Que digan lo que quieran. Si hay algo inocente en este mundo, si hay algo digno de ser salvado y a fortiori legado a una nueva civilización, eso es la palabra. Las palabras.
Pasamos un fin de semana de locos.
Con esto del incendio, todo el sábado en el hospital. No te imaginás.
¿Te acordás de Sofía?
No. ¿Quién es Sofía?
Digo Sofía sólo porque es el primer nombre que acude a mi mente. Tal vez por reina. Tal vez por capital. Tal vez porque una niña merece un nombre perpetua promesa. Pero tal vez se llamó de otro modo. No importa. Ahora que sólo vive en estos compases temblorosos se llamará Sofía.
La amiguita de Cami, la hija de Néstor.
¿Néstor? ¿Mi compañero en la facultad?
Sí, eso es lo más tremendo.
Tengo el vago recuerdo de Néstor en la facultad. Todos cargamos menos de veinte años. Le sobran ínfulas, todas las que a mí me faltan. Me lo cruzo en un pasillo. Lo saludo. Me deja colgado. Por un momento soy todo perplejidad. Ahí nomás, los ojos perdidos en una rugosa pared blanca, la cartelera, los ojos azules de Valeria, la piba de la fotocopiadora, hurgo. Me planteo si habrá un sitio para los saludos truncos. Debería existir un lugar así. Sería el destino de las medias extraviadas, de los guantes viudos. De los hombres sin mujer.
El está en terapia intensiva. Quisimos verlo y no pudimos.
Siempre lo supe: él no llegaría a ninguna parte. Con suerte, podría levantar una minita de esas que abundan en los primeros años. Una minita que quiera levantarse a un tipito cualquiera. Colgarse de él. Estrujarlo. Conseguir de él lo único que tiene para dar. Apuntes en mala letra, polvos furtivos, una vaga sensación de seguridad. Tal vez ni eso.
Está incomunicado. Hay un cana en la puerta, por las dudas se escape.
Llevaba demasiado apuro en los pasillos. Tal vez por eso no me saludó esa vez. Tal vez porque sabía de sobra que ese lugar no era el suyo. Que pronto limpiaría sus sandalias del fango ingrato de esos pasillos.
Dónde va a ir. Tiene cuarenta por ciento de quemaduras.
¿Habría un limbo para los cuerpos quemados a la mitad?
Imaginé a los enfermeros poniendo su cuerpo en remojo. La espera. Los cepillos que removieron la piel chamuscada. La carne viva. La carne muerta. Y pensé que la burocracia de nuestro señor del fuego haría bien en quedarse con la vida de los cuerpos quemados a la mitad. Sería un acto de justicia para con la mitad sana. No hay pena que quepa en la mitad de un cuerpo.
Sospechan que él quiso matarla.
Sí, hay quien piensa que a Sofía, la niña sin rostro y sin nombre, su padre ha querido matarla. Paladeo su nombre. Soplo. Recuerdo la vez aquella en que una pequeña niña robusta se acercó a mí, que tal vez estuviese distraído, fumando, ajeno al bullicio que enfrascaba al resto de los asistentes a ese cumpleaños. La pequeña niña robusta me tocó a la altura de la cintura. Me preguntó: ¿no me hacés upa?
¿Cómo pudiste, pensé, dar una sola vuelta de rosca y pasar del irrespeto de llamar la atención de ese que no atiende a pedir una muestra de cariño que nadie podría negarte?
Cuando conté ese episodio, la respuesta no pudo ser más triste.
Ay, si supieras la historia de esa nena.