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blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

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Intemperie/2

Publicado por jorgemayer en 10 10e Julio 10e 2008

Dada mi proverbial timidez, preparé un pequeño escrito para leer en La Rioja.
Finalmente, de común acuerdo con mis contertulios, preferimos hacer algo descontracturado: bajamos de la tarima preparada al efecto y nos sentamos casi entre la gente, lo que facilitó una cálida conversación con el público. Lo que sigue es el texto escrito -a los apurones y en tinta de vino beaujoulais- y finalmente -¡y felizmente!- no leído en aquélla ocasión. Leer el resto de esta entrada »

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La última vez

Publicado por jorgemayer en 3 03e Julio 03e 2008

Sensación rara, la de entrar al bulín de la calle Acevedo y verlo tan acogedor como siempre incluso a pesar de un frío de los mil demonios. Alguien durmió aquí anoche y esta noche dormiré yo. Dormiré. Llegado el caso, intentaré conciliar el sueño. Me da un poco de miedo tomar aviones. Me da miedo llegar y que la niebla sea tan espesa. Tan espesa como la nube de ceniza ayer mismo no dejaba ver las sierras de mi pueblo desde la ruta. Un segundo y zas, ya no hay más pueblo. Y después la noche, una película de las malas. Siempre así. La vida en los colectivos siempre es así. Ves a las azafatas, que esta vez, y sólo por esta vez, son dos, y te das cuenta. La nueva, la pupila, lleva unos tacos tan delicados que da la sensación de que en cualquier momento se viene al piso y un pasajero, dos, incluso yo, dejaremos nuestra mullida butaca para socorrerla. La otra no. Avanza con paso seguro, aunque de vez en cuando se le caigan las mantas, las almohadas. Sus tacones son lo bastante gruesos como para sostener sus pasos en firme y su nariz tan fina, tan larga, que todo se echa a perder. Creo que ya no volveré a tomar este colectivo. Demasiados viajes y ninguna azafata que merezca la pena el esfuerzo de comportarse como el que no soy. Incluso aquella, la del delantalito con bolsillo, que daba la sensación de ser un canguro, que en vez de cría llevaba una botella de Blenders y lo bien que le sentaba al pasaje. Anoche no había ninguna así. Desprecié el escocés. Lo mío es el bourbon. El escocés tiene olor a pis. Las azafatas lucen mal. Entrada la noche el viaje es penoso. La noche ocurre a las seis de la tarde. En los televisores una comedia destila los mismos viejos chistes que a mí padre nunca han hecho reír. Hay una pareja con un bebé. Hay una pareja de ancianos. Pero lo que más me llama la atención es la paz del bebé. Sobre todo si la considero en relación al comportamiento del ejemplar macho de la pareja de ancianos. Es una cagada llegar a viejo. Es una cagada haber sido hombre y volverse viejo. Porque volverse viejo es ser de nuevo un chico, sólo que ya no hay chances de redención. El tipo se queja por todo. No le han dejado subir el equipaje de mano. Por lo visto le ha hecho una escena a los choferes. De eso me enteraré después, cuando una de las azafatas diga que no hay necesidad de insultar a nadie. Que no es bueno poner nerviosos a los choferes. Que a nadie se le ocurriría hacer eso ni siquiera dentro de una familia. Porque todos queremos llegar. Y todos tenemos familia. Estoy cansado de oír esa frase. Todos tendremos familia, pero a lo mejor tenemos deseos de llegar porque hay mejores obligaciones que atender. Además, suena mafioso. Antes le oí al tipo algunas murmuraciones. En otras empresas permiten llevar más equipaje de mano. Tengo ganas de preguntarle por qué no viaja en alguna otra empresa. Como si me hubiese oído, dice: porque hay muchas empresas que hacen el recorrido. Además, ¿por qué no dan factura?. Si me sale el contable que llevo dentro, lo acomodo. Pero él es un chico y me hago a la idea de que no va a crecer por largas veinte horas que dure el viaje. La culpa es de su esposa. Ella lo apaña. Si por lo menos informarán en la factura que no permiten mucho equipaje de mano. Van a tener que hacerlo, dice él. Y a continuación dan paso a otra deliberación. Los posibles bolsos de mano que podrían haber venido y se han quedado en caso. Evalúan volúmenes y maniobrabilidades. No salgo de mi asombro. Debo ser un tipo muy corto. Yo no puedo hablar más que medio minuto sobre mi equipaje. Eso es lo que tardo en localizar mi valija en la bodega. Siempre es igual. Podría mejorar mi marca, creo. Debería hacerlo. Pero no me sobra el dinero para comprarme una valija que sea más fácilmente identificable. Se me ocurre que un color naranja daría bien. Los maleteros que me conocen sabrían que con la naranja no se jode. No lleva nada de valor. Es más: la mitad o más de la mitad de las cosas que debió levantar el loco de la valija naranja no las ha levantado. Se va a dar cuenta dentro de un par de días. Siempre es así. Busco el Parque Centenario y me extravío prolijamente. Hay cosas que nunca cambiarán. Lo que pude hacer en media hora me insume casi hora y cuarto. Una chica de ojos azules me da las llaves y me cuenta las peripecias por las que anduvo esa llave que ahora tengo en el bolsillo de mi gabán. Nos damos tres besos. Me sonrío. Siempre nos saludamos en exceso. Maldigo las calles vecinas al parque. Así no hay modo de orientarse, hasta que doy con Camargo y me alegro. Es una calle solitaria. Tal vez sea buen lugar para vivir. No me recibe el encargado. El viejo Luis últimamente andaba medio achacoso. Me preguntaría por mi amigo, el que hace rato que no anda por acá. Yo le hubiese dicho que hay buenas noticias, pero que mejor las diga él. Quién sabe si las buenas noticias de unos no son las malas de otro. El mensajero nunca gana para sustos. Pero él no estaba ahí, en su silla, tan parecido a tantos viejos de pueblo, de esos que salen en camiseta con un par de sillas a la vereda para tomarse un mate con la fresca. Casi lo escucho. Cuánto hace que no viene a visitarnos, amigo. Sí, hubiese dicho yo, pero me guardaría de decirle que esta es la última vez. Es que el frío de los mil demonios del bulín de la calle Acevedo tiene por causa una ventana abierta en pleno invierno. Al nuevo inquilino no le gustaría que haya el menor rastro del anterior.

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El dilema de Belén

Publicado por jorgemayer en 25 25e Abril 25e 2008

[Este es un texto recobrado. Fue publicado originalmente hace un año en Crónicas inútiles, el único blog que se ocupa de la Feria del Libro de Buenos Aires]

Aquí, en este mismo espacio, se supone que yo debía ir anotando mis impresiones sobre la treintaytresava (el sufijo avo/a se utiliza para señalar la parte de un todo, no en el sentido ordinal, boludo, decí trigésimotercera) feria del libro. ¿Seguirá siendo del autor al lector? Qué feo, qué opinarán de eso mis amigos editores, los agentes literarios, los vendedores de panchos. Pero el caso es que no, que no pudieron conchabarme para que yo escriba una columna diaria. Yo creo que me rechazaron por celos profesionales. Todo el mundo sabe quién soy y qué tan malo soy escribiendo, qué les costaba pagarme el viático. ¿Muy caro? ¿Muy caro para tan magro resultado? Puede ser. Reconozco que estoy vacunado contra el periodismo. No sirvo para eso. Es más: tengo amigos periodistas. Los tengo, pero cuando se lo cuento a alguien (¿por qué contarle a alguien que tengo un amigo periodista? ¿para hacer roncha?) siento que le digo que tengo un amigo puto. Y sí, tengo un amigo puto, pero cuando lo conocí yo no sabía que era puto. Creo que no lo tenía decidido. Es más: hasta se dio el lujo de soplarme una mina que ya casi tenía a tiro para darle el tarascón. Pamela. Pamela no era muy cuidadosa al depilarse. Tampoco tenía buena dotación pectoral. Pamela tenía por única virtud el darme pelota. Le gustaba escucharme hablar y a mí me gusta mucho hablar. Hablar y que me escuchen, o al menos que pongan cara de, y ella, si es que no me escuchaba, era una artista en el arte de poner cara de. ¿Lo ven? Yo no podría ser periodista. Ahora mismo me acabo de dar cuenta de que todo lo escrito hasta acá no tiene ninguna relevancia. Por eso mismo me da fastidio, los zapatitos me aprietan, las medias me dan calor. Un periodista no se pone colorado por escribir cosas intrascendentes. Al contrario: me imagino que pensando en la paga mensual hasta se convencerán de que no se trata de decir la verdad, ni la mentira, ni de ponerlo en palabras bonitas ni feas. Es el sueldo, estúpido. Comprendo, no hace falta que me griten. Yo también he tenido épocas de malganarme un sueldo haciendo algo que no me gustaba. Tenía un jefe bajito. A veces se enojaba, pero en vez de meter miedo, daba risa. Igual, un día estuve tentado de darle una trompada. Casi lo hago, pero yo también soy bajito y de por medio teníamos mi escritorio, que es el más grande de la oficina. O sea que no le pegué por razones logísticas y me quedé con las ganas. No hay jefe que no haya hecho mérito para que le den una buena trompada, o es que alguien se atreve a decir lo contrario. Díganlo, imbéciles, anótenlo. Qué digo anótenlo, péguenle. Odio el capitalismo, pero más odio la opresión a la que son sometidos millones de cubanos de buena voluntad, qué quieren que les diga, pero es así, si no hay efectivo, no hay crónica. Lo mejor de todo es que tomé parte en reuniones. Llegamos a diagramar el formato de las crónicas y no, no pudo ser. En lo mejor del amor siempre pasa algo. Una vez llamaron a la puerta. Suerte que le había puesto llave, porque yo estaba de prestado en lo de un amigo. Y justo era mi amigo. O sea que lo dejé afuera. Ameritaba, no digo que no, pero cada vez que recuerdo la escena pienso en los tipos que toman viagra. ¿Cómo es que atienden los llamados a la puerta? ¿Se puede llevar una vida normal si uno consume? Digamos, si se me ocurre ir a batirme un café, que es lo que suelo hacer cuando necesito calmar mi ansiedad, cómo hago. O se supone que tengo que comportarme como los conejos. No envidio a los conejos. Se ve que hay gente que sí. Yo les guardo mucho aprecio a los conejos. Su carne es lo más delicioso que he comido en el último cuarto de siglo. No, seguro que miento. Antes decía lo mismo de una pizza a la parrilla que comí en Rosario, pero creo que la pizza no era tan buena y que Rosario debe ser la ciudad más fea del mundo y que estar bien acompañado mejora bastante las cosas. La compañía en cuestión sí tenía buena dotación pectoral y eso lo justificaba todo. Era taurina. Yo estaba en esa época de la vida de los capricornianos en que nos enamora tauro. Vamos, un estúpido. Pero es así nomás, una buena dotación pectoral puede lograr que uno se convenza de que acaba de comer la mejor pizza del mundo. Es un bulevar. Nada especial. En mi pueblo, hay sólo dos bulevares. Uno tenía unos canteros preciosos. A esos los regaba mi papá. No eran raras las noches en que los caballos del turco Mussi cenaban el césped. Una vez, quizá en parte de pago, le regalaron a mi hermano un caballito. Papá le puso Noble, pero hubo que devolverlo, o venderlo, o quitárselo de encima. La carne de caballo, en lugares como mi pueblo, llega a ser mucho más apreciada que la carne de conejo. Cosas del hambre que le dicen. Hablando de hambre, me estaba acordando de Belén. A Belén la conocí antes que a Pamela. Era la mina ideal. En algún punto creo que todavía lo es, o lo sería, si no fuera que está embarazada de otro. Morochita, delgada, alta. Bastante más alta que yo, simpática, lectora. Un poco tonta, también le gustaba escucharme perorar. A veces soñábamos con los ojos abiertos. Nos daba por querer una casa llena de libros. Colchones y libros. Colchones para coger como conejos, dondequiera fuéramos presa del deseo y libros para el resto de la vida, que no es poca. Algo falló en los planes. Habría que trabajar o algo así. Si uno no trabaja se muere de hambre y si trabaja le dan menos ganas de coger, menos ganas de leer libros. O al contrario, más ganas le dan pero menos fuerzas tiene. Me dejó, pero yo me quedé pensando. Siempre me quedo pensando. A veces, les juro, no hago otra cosa. Pensaba que la solución a lo que podríamos llamar el dilema de Belén (te voy a decir una cosa: de un tiempo a esta parte te has mudado al barrio de la cacofonía, no sé cómo hacés, pero hay una grosería cada dos frases). Hay que trabajar en algo ligado a coger. O de última, a los libros. Considerando que no podría comportarme como un conejo, descartemos el cine pornográfico, la prostitución y todo eso. Nos quedan los libros. Los libros cogen mentes. Coger y dejarse. De eso se trata.

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En mi nombre

Publicado por jorgemayer en 7 07e Febrero 07e 2008

Pero no fue ésa la primera vez que me reconocieron sino otra, bastante anterior. Después de todo, mi eventual lector, el de la parrilla, ni siquiera sabía mi nombre. En cambio, aquella ya lejana primera vez, estaba yo haciendo lo mío ante uno de los mingitorios de algunos de los antros del pueblo en los que la juventud se reúne a echar humo y a sudar, pero más que oír un nombre mío, más que la circunstancia de encontrarme yo con los ojos entrecerrados en las alturas, haciendo un breve repaso a los eventos de esa noche, más que eso me llamó la atención que el sujeto que me reconocía me llamaba por un nombre que nadie conoce. Me llamaba por mi nombre de guerra en el mundo de los blogs, lo que me dio un poco de vergüenza, otro tanto de asco, y me llenó de inquietud. No tengo buenas experiencias al respecto, así que se imaginan que no será aquí dónde las cuente. En ese caso, mejor que cuente la buena. La buena es que alguna vez alguien me dijo “voy a decirte fander”.

Si no fuera porque estaba ocupado en tan arduos menesteres, le hubiera tirado un golpe. Afortunadamente estaba ocupado, pensando. Pensando en alguna chica linda. Por aquellos días, y de esto hace mucho ya, no hacía más que pensar en una chica de nombre indefinido, a la que yo siempre designé como la morocha power. Eso, por oposición a otra, la auténtica morocha, que era una flaquita que había tomado por costumbre sentarse a mi lado en el colectivo de cada mañana con rumbo a la capital, gesto que yo agradecí al altísimo en grado sumo, porque el ancho de sus caderas sumado al mío daba una cifra bastante similar al ancho de los dos asientos reunidos y eso era buena cosa porque en verano, si así lo queríamos, no nos rozábamos, y en invierno podíamos enredarnos en la extraña promiscuidad que da el buscar calor, no importa lo ligero que éste sea, la tibieza que puede tocarle a dos que no se conocen, dos que no se hablan, dos que tienen por rutina viajar siempre juntos, bajarse en la misma parada, el uno prender un pucho, el segundo de la mañana, la otra quedarse mirando un punto en el vacío, tal vez la brasa viva de la punta del pucho cuando se hincha, quién lo sabe.

Pero al tiempo de venir juntos apareció la morocha power, que, desde luego, era lo mismo morenita, sólo que en vez de tener el pelo rizado como mi compañera, llevaba el pelo absolutamente liso, recogido, tirante. Se me hace que era invierno, porque siempre llevaba por abrigo una campera muy larga, entallada, que le remarcaba un culo que a mí se me antojaba de ensueño, pero al que nunca había podido ver. Debió ser largo ese invierno, porque yo no tardé en empezar a fastidiarme con mi compañera habitual, que no dejaba de sentarse a mi lado y con el abrigo de la morocha power, el que sólo a veces, cuando yo tenía la chance de mirarla de perfil, me otorgaba una visión grata de la vida, algo así como la esperanza de que un buen día del señor, aunque corra ya el mes de noviembre, venga a nosotros toda la pompa de la primavera.

La primavera llegó. Llegó tarde, claro, o puntual, qué importa, si de todos modos, esa difusa fauna constituida por todos los que iban en ese colectivo se mostraba reticente a los novísimos calores. Nadie dejaba sus abrigos, lo que redundaba en molestias que nadie le decía a nadie. Pasaron los días. Llegó el verano. La morocha de siempre desapareció y yo me quedé sin compañera, librado a la eventualidad de que me tocase viajar con alguna señora entrada en kilos, o con algún sujeto de esos que duerme, ronca, y se desparrama en la butaca como el agua cuando se vuelca.

Unas pocas veces me tocó viajar con la morocha power. Vista de cerca, llamaba la atención la tersura de la piel de su rostro. Eso más que ninguna otra cosa. Era de un color rotundo, usaba el pelo liso recogido, muy tirante, no carecía de gracia al caminar, pero lo que llamaba al asombro era esa perfecta suavidad en un gesto brusco. Nunca vi nada parecido.

Pero yo nunca tuve en mente esas disquisiciones hasta ahora. En realidad, todo este tiempo pensé en su culo, pero no desde un punto de vista morboso, sino más bien como un objeto diverso al deseo, un elemento individual del que me interesaba conocer todo detalle. Vamos: mis trabajos de entomólogo habían conocido peores cosas que analizar.

Así, llené un par de cuadernos tomando notas dispersas. Nunca pude reunirlas. Supongo que esa reunión apenas sería una colección, nada que una esos retazos más que la mano que escribe y el nombre de una piba sin nombre, a la que, a falta de mayores notas distintivas, bauticé la morocha power.

Por ejemplo: hoy fue de blanco. El blanco debería ser un color pohibido a las mujeres. Como era de esperar, el blanco fue un llamado a todas las miradas, pero no ha de confundirse –bajo ningún concepto– mayoría con verdad. Hay que desnudar esta mirada de todas las miradas anteriores. Hay que desmontar todo análisis previo. Hay que estarse a la sola evidencia que promueva el hecho objetivo: la morocha power lleva un pantalón blanco de estreno.

Ese día me sentí defraudado.

Ya me había sentido defraudado varias veces antes. Cuando venía de falda, por ejemplo. Es curioso y sólo por eso apunto el dato. La faldas en la morocha power operaban dos sensaciones en sentido contrario. La reacción química era favorable. Las faldas le ajustan tanto las asentaderas que uno puede, sin dificultad, leer el mensaje que con los dientes escribió su amante al cabo de la noche anterior. Pero eso no es de buen gusto.

Allí es cuando me pongo a pensar que un simple bluejeans tampoco le sienta demasiado bien. Soy culona, se jacta ella, y la muchachada del colectivo se mira de reojo porque tiene por certeza que los culos cuánto más grandes mejor. Pero hay una inocultable ruptura de la armonía.

Lo vengo pensando desde hace varias semanas. No hago otra cosa que pensar en eso. Lo pienso desde que no la veo. Y de esto ya van varias semanas. Quién sabe si no se hayan ido los meses. Me cuesta discernir magnitudes como esas. Pero también me ocurre pensar en la esfera de alcance de mi pensamiento. Tal vez de tanto pensar en ella, en su culo, en el quiebre de la armonía, he creado en torno a mí un radio que la repele. O que al menos la aleja.

Me vi forzado a retornar al mundo de los normales, todo para no ser descortés con ese que tenía ganas de saludarme. Me di la vuelta y cuando lo tuve a tiro de darle un buen sopapo le dije “qué hacés, boludo” y no le di la mano porque tenía fresco el recuerdo de ella. Entonces lo estreché en un abrazo y en vez de esperar a que él hiciera lo suyo, salí al ruedo con la sonrisa de los que saben que muy de vez en cuando la noche recuerda nuestro verdadero nombre.

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Aquellas cosas nuestras

Publicado por jorgemayer en 28 28e Enero 28e 2008

un revuelto gramajo hecho con los ricos materiales de la infancia, que es decir, por ejemplo, la rugosidad de los dedos de mi padre, dedos suavizados a golpes de aceite y sal, al mero efecto de tomar la mano de mamá, tal vez en misa, después del beso de la paz, de la oración comunitaria, por las vocaciones sacerdotales que ya no hay, por la salud de los abandonados, por los privados de su libertad, por la sabiduría de los gobernantes, por el digno ejercicio de nuestro ministerio, por la voluntad de erradicar de una vez y para siempre el mal de nuestras entrañas, como esa vez que nos escapamos con los melli, era la hora de la siesta y el sol brillaba en nuestras espaldas huesudas, marcada por las huellas de una y mil travesuras, y cruzamos el puentecito aquel que unía los dos extremos del único mundo que conocíamos, para agarrarnos a piñas con Fabi, el hijo del manco, y todo por el amor de una doncella que muy probablemente se llamase Vanesa, y que, francamente, no valía la pena en absoluto, pero lo mismo cargamos en nuestros nudillos la sangre y la tierra y el sudor de la carne de un pobre al calor del estío, y le hicimos partido a los Pérez, que eran más y querían revancha y el Cefe salió a cruzar un desborde mío y me taló a la altura del tobillo y de la pierna blanca cruzada por ríos de tinta verde azulada comenzó a tomar forma una saliente, una muralla curva de puntos rojizos, pero me froté como si hiciera magia y dejó de importarme que la muralla creciera porque no me ocurría pensar que mamá mirase debajo de las medias sucias, tonto de mí, que no sospechaba el baño que me aguardaba, pero no sé porque traigo a cuento eso, que pasó mucho después, tal vez al otro día, si en realidad antes nos preocupamos de continuar la gran aventura, no hubo que pensarlo demasiado, un poco más allá de los Pérez, aunque yo tuviese mi tobillo en compota y el resto no estuviese del todo católico, la emprendimos contra el membrillar de la vieja Pepa, yo no sé lo que nos pasaría por la cabeza, tanto así como para al día de la fecha perdurar en el odio infinito e incurable a cualquier cosa que tenga un vago parentesco con el membrillo, nunca nada tan feo, tan duro cuando verde, pero qué dulce el perfume que deja en los labios la fruta prohibida, y más allá, en lo del viejito Navarro, pobrecito, yo que lo había visto mil tardes a la hora en que el sol se ponía salir del ranchito de dos piezas y baño afuera, siempre la cobijita doblada en cuatro y la vianda, con el rumbo puesto hacia un improbable puesto de sereno en la nunca terminada obra del correo, allende varios años después, la muchachada fervorosa perdería la virginidad a manos de Amparito, tal el nombre de la hembra que se encargaba de los bautismos del barrio, pero hoy no tengo apetito de hablar de ella, ya llegará ese día y tendré para él afilada la punta de mi lápiz, tanto como el viejito Navarro la vez que mi madre y yo tocamos su puesta para pedirle prestada una lapicera, una birome, algo que escriba, y él no tenía más útil que una lata cilíndrica, parecida a la que tenía papá para guardar el tabaco y una noche, imprudente, desparramé tanto a diestra como a siniestra, sólo que él la tenía llena de lápices, nunca entendí para que tantos lápices, para que todos con la punta tan delicada que bien podrían haber oficiado de punzones en el ojo de un asaltante, pero no era esa la época de los asaltos, no básicamente porque todos éramos pobres y en todo caso deberíamos de salir a robar a zonas más retiradas, donde los ricos se apiñaban en monoblocks, lejos del verde, lejos de la paz callada de nuestro arroyito que venía gordo en los tiempos de los deshielos, mierda que habremos corrido alguna tarde en que el cielo se nubló de repente con las nubes más negras que vi en mi vida, mierda porque la crecida a lo mejor se llevaba el puentecito, eso decía papa, yo no sé si para asustarnos, para que no nos alejásemos demasiado del alcance de su poder de policía, yo no alcanzaba a entender, pero un día vino el agua y por suerte estábamos, los melli y yo, de este lado, y hasta fuimos los héroes que rescataron a familias enteras y les dimos casa en nuestra casa y pan de nuestro pan a esos pobres diablos que veían como se les venía el agua negra sin piedad sobre los módicos muebles, la mesa y las cuatro sillas, las patas de la cama, las paredes recién pintadas de blanco para matar el bicherío, y el viejo León muerto de pena, él con su mujercita flamante, una veinteañera que hasta hoy se me ocurre atractiva, que le dio dos hijos a falta de uno, dos de un saque y para colmo tan igualitos a él, esos malditos ojos negros con los que yo soñaba en mis pesadillas, y el Faturita, el tipo que silbaba los mejores tangos y se metía en la cama las raras veces en que le daba por lavar el único pantalón que tenía, en la cama todo el tiempo que el sol se tomaba hasta secar los únicos treintayuno decía mamá y yo no sé de dónde le venía a ella la idea de otros treinta, entonces a papá le daba por remedarla y ella se crispaba, permitía que de su boca escapasen improperios de todos los colores y él se acercaba a ella despacito y le rodeaba los hombros con su brazos de titán y ella se encogía cuando las rugosidades de esos dedos antes del aceite y la sal, de esos dedos que querían quererla y ella tan suelta diciéndole algo me estarás por pedir y ahí nomás le pedía algo, y yo me apartaba con tal de no escuchar, no fuera cosa que me enterase de asuntos que no debía.

Publicado en -doc-, Amarcord | 2 Comentarios »

Otro lado del río

Publicado por jorgemayer en 30 30e Noviembre 30e 2007

No es mía, pero sé disimular. Me la contó Max.
Cuando escucho a Max contar, siento que todo lo que yo escribo es basura metafísicoide. Me hace bien escucharlo a Max. Escucharlo y verlo. Porque Max no sólo cuenta. Max actúa. Y con ancho teflón.
Pero lo mejor es que la dejemos pasar. Sólo por esta vez. Sea.
Sea mía.
Rosario. Gran ciudad. Posiblemente la mejor de las ciudades que uno pudiera concebir. Le faltaría el bosque, creo yo. Un bosquecito de los nuestros. Sencillo. Cipreses. Un poco menos de cemento. Mataría que estuviese del otro lado del Paraná, así no recibe el castigo de la mugre del río. Y que Belgrano se hubiera brotado en otro lado. Menos cemento. Eso es lo que venía diciendo.
Que lo que son las minas mejor no lo voy a decir. Ya es sabido. Y de sobra. Las mejores del mundo. Sí, es cierto. No tengo mucho mundo. Pero igual, hay que ganarles. Dicen las santafesinas. Concedo. Pero es casi lo mismo. Están ahí. Dos ciudades grandes, pegadas al río. Dos metrópolis en medio de la pampa gringa. Qué esperabas. Es así. La economía es mejor que la meteorología. A veces da resultado.
Yo trabajaba en el tren. En el ferrocarril, eso quiero decir. De esto debe hacer mucho tiempo. Yo trabajaba. Ferrocarril quería decir algo. Por ejemplo, trabajo. Lindo. Grossa cuadrilla. Con ancho teflón.
Vino mi hermano. Mi hermano con otro chabón. Yo les hablaba de Rosario. Rosario esto, Rosario aquello. Las minas de Rosario. Las minas. Rosario. Pero yo me la pasaba trabajando. Capaz que ya no era en el ferrocarril. Es probable que fuese haciendo boludeces. Topografía. Vas a un lugar, cuanto más lejos mejor. Tomás medidas. Las anotás en una planilla. O hacía encuestas. Eso puede ser. Bares de mala muerte. Las putas más reventadas que puedas imaginarte. Putas con tres dientes. Putas borrachas a las cinco de la tarde. Putas borrachas, con las polleras arremangadas. Putas que no enseñaban nada porque todo lo tenían a la vista. Putas de tres dientes, parroquianos. Olor a tabaco y a vino malo. Mugre.
Los muchachos querían conocer esa Rosario de la que yo hablaba. Y no me quedó otra. Enderezamos la nave y marchamos sobre la Chicago argenta. Todo era nuevo para mí. Para ellos también, pero en ese momento no me importaba. Era sábado. O domingo, mejor domingo. Dimos un millón de vueltas. Hacía calor. Alguien dijo playa y todos creímos en la magia. Decís playa y el fresco se te viene encima. El río es sucio de este lado, ya se sabe. Había que cruzar. Buscamos por dónde. Y cruzamos.
Era una lancha. Una lanchita de esas por las que no das dos mangos. Cuando llegamos, el tipo salía. La lancha hasta las tetas. Esperamos. El nos dijo que esperásemos. A la media hora, apareció. Y salió gente de todos lados. Todos arriba. Cruzamos.
Era una isla, no muy grande. Eso creo. No la caminamos de punta a punta, pero más o menos. Llegó la tarde y estábamos fusilados. Nos pintó volver. Buscamos la playita hasta dónde llegaba la lancha. Llegamos. El tipo se iba. Otra vez nos dejaba a pata. Otra vez esperar. En media hora estoy de vuelta, dijo el tipo. Media hora que se hizo una hora, hora y media, noche que empieza a caer. Los muchachos me miraban desconcertados. Yo era el que sabía. Claro. A mí no se me hubiera ocurrido venir a una isla en la que no hay nada. Nada que no sea una playita a la que suele venir una lancha. Deben pescar. Yo qué sé.
Nadie. Ni un alma. Todo ese rato esperando escuchar el bendito ruido que no llegaba. Y no iba a llegar tampoco. El viento se hizo áspero. El río levantaba unas olas que metían miedo. Mejor que buscásemos algo, qué sé yo. Porque, para más, refrescaba. Y yo con mi bermuda.
Vimos pasar unos tipos. Ya era de noche, nos imaginamos que eran isleños. Lo eran. Les contamos nuestra desgracia. Del auto al otro lado del río. La tempestad se la sabían de memoria. Eran cuatro. Sólo el líder nos habló. Se vio obligado a invitarnos a su casa. Casa, porque de lagún modo había que llamarle a ese enorme nido de alimañas. Las tripas nos crujían. Comimos eso que había. Bien poco, dijo el líder, mientras cortaba unas papas en rodajas. Sí, era poco incluso para ellos. Yo forzaba la charla. Mis compañeros estaban abatidos. Sólo el líder hablaba. Si no fuera por la ropa, hubiera jurado que eran de una tribu rara. Unos esquimales del río Paraná. Gente rara, de esa de las que uno no sospecha las costumbres. Y por eso mismo tiene miedo. Quise ser, no sé, galante tal vez sea la palabra. Después de todo te alojan. Te libran de la tempestad.
Al rato, hablaron los otros dos. Poco, pero hablaron. Al más misterioso, el mudo, para mis adentros, lo bauticé Viernes. Nada original, ya sé. Viernes hablaba, pero sólo cuando se lo pedían. Era una especie de esclavo. Antes de dormir sobre el colchón de cucarachas, uno de nosotros preguntó si tardaría mucho en irse la tempestad. Los tres miraron a Viernes. Viernes salió a otear el horizonte y dijo que pasaría, pero a la tarde. No era una gran respuesta. El lunes había que trabajar. Yo tenía que volver a la capital. Los pibes también. Ni pensarlo.
Claro que había un solo colchón de cucarachas. Claro que me tocó ir al medio. Claro que los otros dos roncaban como si fueran perros moquillados. Claro que antes de taparme con la manta de cucarachas creí que lo mejor sería no despertar. Pero desperté. No era de día, pero venía clareando. Salí casi corriendo a buscar la mañana. El río seguía con pataleta.
Los muchachos tampoco habían pegado un ojo. Eso decían. Pero nos consolamos pensando en que los pescadores tenían lancha. La libertad estaba no demasiado lejos. Lástima que cuando se levantaron, y ante nuestro pedido de rajar, el líder consultó a Viernes y Viernes miró a los dos lados en busca del horizonte. Y dijo que no. Que lo mejor era esperar a la tarde. Yo apuré al líder. Era vida o muerte.
Salimos.
La lancha era más chica que la del chabón que nos dejó a pata. A mitad del río nos vimos en medio de un remolino y yo creí que no zafábamos. No deberíamos habernos largado, pero ya era tarde. Un poco antes de la mitad del río, ya era tarde.

Al fin, llegamos. Les llenamos un bidón con nafta en recompensa por los servicios prestados y marchamos sin más trámite.
Volamos por autopista. En la capital estuvimos tres veces al filo de chocar. Pero llegamos. Tres y media o cuatro aparecí por mi trabajo. Todo iba bien hasta que me crucé a mi jefa. Harta de mis llegadas tardes, esta vez exigía una explicación. Una explicación convincente.
¡No sabés lo que me pasó! Resulta que estuve de náufrago en una isla…

Publicado en -doc-, Espasmodia | Sin Comentarios »

Los que aman a David Lynch

Publicado por jorgemayer en 16 16e Octubre 16e 2007

¿Me dejás que te cuente de ella?
Te dejo.
Me dejó.
Bah, qué me va a dejar. Nadie deja a nadie en realidad. Esa cosa tonta de pensar que el otro viene, el otro va y uno siempre en el mismo lugar, mirando las cosas pasar. Nadie deja a nadie. Todos están tan solos como yo.
Al principio era una voz. De esto hace ya muchos años. Era una voz salida de la radio. Una voz, que si fuera vino, podría decir con todas las de la ley que se trataba de una voz con cuerpo, una voz de un cálido retrogusto, que es el gusto que en el paladar deja el vino cuando se va. Lástima el nombre. Demasiado feo para tan bonita cosa.
A lo mejor ella pensaba lo mismo, aunque tengo para mí que ella no pensaba demasiado las cosas. Nos vimos un día en un pasillo apartado. Cada quien cumplía con el trámite de rigor a esa hora de la mañana. Yo estaba cansado de trabajar y ella precisamente de lo contrario. Qué bicho jodido el cristiano. No le gusta trabajar pero tampoco se siente cómodo si tiene mucho tiempo al pedo. Ha de ser, yo lo creo así, la diferente concepción del ocio que lleva grabada cada cual. Por caso yo ya sé que no quiero trabajar. Ni ahora ni nunca. Ni para un patrón de carne y hueso ni para una multinacional ni para mí mismo. No quiero laburar y a otra cosa. Entonces edifiqué mi vida, o esto que mal podría hacer sus veces, en torno al ocio. Chicas, libros, alcoholes, películas, discos, drogas, las horas al servicio de la nada, sentado en un banco de la plaza, mirando -sí, de nuevo- la gente pasar. Ella no. Ella es una susanita. Suerte que siendo muy piba dio en el clavo. Marido tartamudo que da dos veces en el blanco y ese blanco perforado de la distante juventud echa a sangrar un par de retoños, que yo no conozco pero me gusta imaginar parecidos a la madre. Pero bien podrían parecerse al padre y el mundo seguiría andando.
Y es bello escuchar voces. Voces lejanas, que de a ratos hablan cosas que uno no entiende. Por eso tiene éxito David Lynch. La gente, alguna gente, no el populacho, no los que van a infestar las urnas con la podredumbre que les carcome los dedos y las tripas, sino esa gente de carne y hueso, que puede tomarse un vino sin pedirle permiso al almanaque, los que se despiertan a la hora que el sol quiere y no los relojes, esos aman a David Lynch. Esos están hartos de entender. De entender qué mierda.
Ella decía llamarse Majela, pero yo nunca he conocido nadie que sea digno de llevar un nombre así. A veces pienso que yo me lo inventé, que no tenía otra cosa que hacer que pasarme mil horas en la cama esperando la hora de estar en la cama y que ella hablase. Ella, una voz de radio, una voz con cuerpo. Una voz sin piel. Una voz toda piel.
Me pedía trabajo o algo así. Me pedía que intercediera ante mi señor o el de ella, no sé bien, como si yo pudiera. Como si yo fuera influyente. Como si cada cinco minutos se me escapase una paloma de la manga del saco o fuera el inventor de todos los nombres, de todas las voces, de todas las pieles sin cuerpo que por las noches hablan a los adolescentes insomnes.
Le dije que sí. O que no, ya no me acuerdo. Le dije también que todo esto era un chubasco y que pronto pasaría y que cuando ese momento llegase, que siempre llega aunque uno ya esté afligido por otra cosa, por la falta de ese cuerpo al que pedirle que interceda ante un señor u otro, nos reiríamos. Le brillaban los ojos. Me aterré. Me dan miedo lo fáciles que resultan algunas conversiones. A lo mejor tenía deseos de llorar y también vergüenza de hacerlo delante de un extraño que no paraba de decir cosas como si alguien se las dictase. Si existiera el diablo, yo creo que hubiese hecho lo mismo.
¿Y por qué no los viejos? Si los viejos lo único en lo que piensan cuando ponen la cabeza en la almohada es en la suerte de trocar en almohada cualquier cosa que te guste. Una caja de chicles Adams, la banda de sonido de Lost Highway, las tetas de la gorda de Fellini cinco segundos después de haber bajado la persiana.
Yo estuve demasiadas veces ahí. Lo decía y ya no la miraba. No podía soportarlo. Yo alguna vez estuve acostado a pocos metros de un lago de terciopelo azul. El sol me calentaba la cara y la migraña. Mi cuerpo era lánguido para el feroz deseo de que la columna vertebral no me respondiese y quedarme allí, tendido para siempre, a la espera del socorro de la sanidad pública y la caridad, pero también esa vez pude incorporarme, sacudir la tierra de mi atavío, ya que no el rubor que pare el gesto pálido de los tristes que se acuestan al sol.
Me defraudó, decía, y hablaba de una que supo ser su amiga. No hay animal más tonto que el cristiano cuando es nuevo. Eso decía mi padre. Eso se cansaba de decirme mi padre cuando yo cometía la misma bobada que había cometido ayer y anteayer. Lo que nunca me dijo es cuándo el cristiano deja de ser nuevo. En una de esas la novedad le da a uno la chance de regatear el castigo que le toca por lo tonto que pudiera ser. De tal suerte, dejaría de ser nuevo cuando ya nadie preste atención a los pedidos de clemencia. Pero siempre hay un roto para un descosido. Eso decía mi madre cuando me echaba a la calle a que me busque una novia. Y eso me decía cuando echaba a la calle a la que le traía y no le gustaba. Porque siempre hay un roto, siempre un descosido. Siempre una modista. Nunca bastante sutura.
Vení, tocame, decía la voz toda piel y dejaba de importar que faltasen apenas veintitrés horas para una nueva ceremonia.
Vení, que es este momento y ningún otro el posible. La belleza no se posa en el dominio de tontos. Por eso el desprecio.

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Culpa de un chascarrillo dejado a la mitad

Publicado por jorgemayer en 10 10e Octubre 10e 2007

Hoy me acordé de Fede, un flaco intrascendente con el que tuve ocasión de compartir algunas salidas nocturnas. Sábados de cortejo excesivo. Un día anduvimos un buen rato destrás de una morocha que decía llamarse Sofía. Era más linda que comer pollo con la mano y tenía ese mohín de oler todo el tiempo mierda que algunas mujeres piensan que les queda bien, pero es bueno que sepan que nunca queda bien. O casi nunca. A Sofía le iba bien. A Sofía, un sábado en que era cortejada en exceso por un trío de vándalos mal comidos, le iba bien. El cortejo era de lo más vulgar. Fede le contaba que él estudiaba Filosofía, como si con eso mostrase la credencial de un polvo prometedor. Filo, amor, le decía; Sofía, el saber. Sofía: te amamos, ¿lo entendés? Sofía no entendía nada. Pedía puchos y le ofrecíamos y después fuego y por último se marchaba, dejándonos, a falta de un cigarrillo, un poco más solos.
Fede decía que estudiaba Filosofía porque era poeta. Nadie se lo creía demasiado. Cuando se ponía a describir la mina que más le había sacudido la estantería apenas si aclaraba que era una mina bastante común, con el pelito por acá, y a nosotros nos daba una risa que se lo perdonábamos.
Antes había estudiado periodismo. Y mucho antes ciencias políticas. Eso se lo contaba a quien se lo preguntase, pero yo nunca le creí. En todo caso, lo más seguro es que hubiese pasilleado con la escopeta cargada. A falta de buenos ejemplares, uno siempre acaba por marcharse.
Mi generación lo ha detestado por varias razones. Una de ellas, aunque no la más significativa, es que le gustaba amenazar con matarse. No he pasado por el trance de tener que atender alguno de sus brotes, pero mucho me temo que no le hubiera dado pelota. Los tipos somos así. A lo mejor las minas le dan bola a esas cosas, yo no sé bien, pero a juzgar por lo que ganaba con tan pedorro bla bla, sí que le daban bola.
Una noche embaucó a una coloradita que decía estudiar en La plata. Era tiempo de vacaciones de invierno y los bolichitos estaban llenos de chicas que andaban de paso. Esta era una de esas. No era gran cosa, en realidad, pero el color del pelito da punto bonus. Además, se confesaba fanática de Bramhs. Un tipo de a pie, digamos yo, se enamora. Fede esa noche estaba en otra. No se lo veía muy concentrado en la presa, que por si poca cosa fuera, traía como un apósito a su hermana bebida. No me quejo. La hermana bebida lo primero que hizo fue aferrarse a mí en un abrazo grotesco, no por amor a primera vista sino más bien para no caerse entre los apretujones y el mareo.
Me invitaba a besarla. Bah, casi me lo exigía, y yo no accedía, mitad porque me gusta hacerme rogar, mitad porque era bastante fea en relación a su hermana. Soy fea, me decía al oído, soy fea, gritaba para que todos la escuchen.
La coloradita también le mangaba –sin suerte– besos a Fede. Ya se había confesado despechada. Había otro pibe, algo más chico que nosotros, más apropiado para ella, que también la despreciaba y le había dado por vengarse, pero no mucho.
Creo que nos escapamos de ahí. Cuando nos quisimos dar cuenta, medio boliche nos perseguía por algo que no habíamos hecho.
Pero volviendo a Fede, lo he detestado en razón de su madre, padecida durante dos largos cuatrimestres en la universidad.
Algunos de mis compañeros todavía se acuerdan la tarde aquella en que quiso dejarme en ridículo delante de todos. Ella leía en voz alta algún librito posmoderno de esos que suelen ser modas de un verano y, a propósito de un chascarrillo que quedó a medio camino, me invitó a que dijera algo, ya que tantas ganas tenía de decirlo. Y yo lo dije. No precisamente dije lo que pensaba, lo que, después de todo, era un secreto a compartir con mi compañero de banco sino lo que me creí un conejo sacado de la galera.
Si Nietzsche, dije, tomándome todo el tiempo, postuló en Así habló Zaratustra que el hombre había matado a dios por ese afán de seguirlo a todas partes, en este tiempo de Internet, gps y la mar en coche, ¿no acabaría el hombre por matarse a sí mismo en razón de esa misma omnipresencia?
La clase rompió en gritos que, lejos de apoyar o refutar mi inquietud, tendían a asociar mi discurso al de un borracho de la peor calaña. La vieja apenas reculó y dijo algo que ya no tuvo la menor importancia. En esas aulas, un tipo que lee libros raros es digno del mejor de los desprecios.
Los contadores son así. Ahora me viene a la mente una anécdota que me contó un amigo.
Gente bien y de bien, a poco de comprar una computadora –no la primera ni mucho menos en esa casa–, él tuvo la gran idea de conseguir un protector de pantalla que le gustase a su hermanita menor, uno con cuadros de Dalí. Su padre, contador, y no obstante un buen hombre, según tengo entendido, de esos que son dignos de quedarse a vivir en uno en el mejor de los recuerdos, se sentó alguna vez a la máquina, la encendió, quizás desplegó sobre la mesa los papeles de trabajo y antes de que el gallo cantara por vez tercera salió al pasillo disparado como un rayo y era un solo grito: un jáquer, un jáquer, la máquina está llena de imágenes raras. Mi amigo –que jamás me perdonará que cuente esto que cuento– no se queda con el detalle de el casi analfabetismo digital de su padre. Prefiere, en cambio, recordar y con una sonrisa, a ese buen hombre que veía imágenes raras en los cuadros de Dalí.
Y es así nomás: se puede ser contador e ignorar por entero la existencia de un señor Dalí. No importa. Siempre hay alguien peor y si de profesiones hablamos, no hay ni habrá gente más ignorante que un abogado. Bah, sí, la ignorancia por estos lares cotiza en bolsa; lo letal es el maridaje entre ignorancia y soberbia.
Hace poco, según me cuentan, un abogado se puso a gritar en una oficina pública algo que yo no había oído jamás de los jamases, y eso que soy de parar la oreja incluso cuando no me llaman.
–¡Yo no tengo CUIT, yo soy abogado!
El CUIT (que bien podría decirse en femenino) alude a la clave de identificación tributaria que tienen casi todos los mortales, bah, todos los mortales que tienen ingresos que interesen al fisco, o sea todos los mortales. La frase es sólo equiparable a la celebérrima: ¡No me peguen, soy Giordano!
Alguien toma al abogado por un brazo y lo retira de la sala.
Telón.
A veces pienso que Fede ya es historia, que alguna vez tuvo que llevar su actuación al límite y se le fue la mano, pero eso de revolver mucho en tiempos idos no es cosa mía.
Buenas noches.

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Invocando al Negro Mocasín

Publicado por jorgemayer en 20 20e Septiembre 20e 2007

Esto es un poco loco, pero sólo un poco, no se vayan a creer algo que en verdad no es: a veces me da el ralle y soy otro tipo, no el que quisiera, ni bastante menos, aunque no sé qué es lo que quisiera ser, ni menos qué cuernos venga a ser menos respecto de eso. A veces, por ejemplo ahora, me dan ganas, pero muchas, muchas ganas de tener un blog. Tener un blog y escribirlo de arriba a abajo. Llenarlo de boludeces. Decir, por ejemplo, la noche está estrellada y a lo lejos. Pero no, no tengo un blog y no sabría cómo tenerlo. Alguien que tengo muy a mano me diría: pero cómo es que no tenés un blog, si abrirlo es lo más sencillo del mundo. Es más fácil, incluso, que abrir una casilla de correo. ¿Sabés abrir una casilla de correo? ¿Tenés alguna? Y yo recuerdo haber tenido alguna vez una casilla de correo, pero no cómo la abrí. Seguramente algún buen samaritano me tendió la mano, pero soy malo para esas cosas. Me debo haber olvidado la clave. ¿Es que para todo hay que tener una clave en los tiempos que corren? Sí, y una diferente. Si todo fuera tan sencillo como sacar la tarjeta del banco que uno lleva encima, en la billetera, y meterla en una ranura, pongamos por caso la diskettera, que para algo debería servir ese agujero allí, tan apetecible, pero no, no es así. Hay que acordarse de muchas cosas. Como si uno no tuviera bastante con acordarse del alfabeto, en inglés y en castellano, las provincias argentinas y sus capitales, la fecha del cumpleaños de la primera novia, el número de documento de identidad, el nombre completo de mamá y de papá, como si eso no bastase ahora me tengo que acordar de un apellido prestado y de un nombre que ni siquiera es el mío, porque el mío ya estaba usado. ¿Otro tiene mi nombre y ustedes ahí tan campantes? Y así. Estas cosas me superan. Pero me gustaría tener un blog y es bonito decirlo. También me gustaría tener una novia pechugona. He pensado mucho en que debería tener una, dentro de lo posible una que fuera quince años menor. Pero son tonterías que a uno se le ocurren. No estoy en condiciones físicas de aspirar a tamaña proeza. Mis amigos se reirían si les cuento que tuve que comprarme un jogging para salir a correr. Porque salgo a correr, no todos los días, porque a veces el clima no ayuda, pero sí tres veces a la semana. En jogging me siento algo extraño, también es bonito decirlo. No es que uno sea hombre de vivir con la soga al cuello, que no es otra cosa una corbata, ni con las camisas duras en el cuello de tanto almidón, pero la elegancia lo es todo, o casi todo. El solo hecho de meterme en una casa de deportes me hizo sentir un extraño. ¿Dónde estuve metido todos estos años? ¿Adentro de una caja de zapatos? Les diría que sí, si no fuera por el hecho de que tengo fresca la imagen de todas esas cajas de zapatos, zapatillas y demás yerbas, todas apiladas como si fueran un edificio de departamentos. ¿Les faltará el agua por las mañanas? ¿Sentirán cómo baja la presión del gas? Son zapatillas. Casi todas tienen cordones. ¿Me permite los cordones?, le dirá un cobani a la zapatilla que se lleva en cana, y la zapatilla dirá para sus adentros: no soy nada sin mis cordones, ¿o es que acaso me toman por mocasín? ¿Qué habrá sido, a todo esto, del Negro Mocasín? Millones de años que no lo veo. Ya debe tener mocasinitos. Me chupa un huevo, en realidad. A algunos es mejor perderlos que encontrarlos. Yo tenía unos mocasines que me había regalado mamá. Me acuerdo muy bien porque los estrené una noche que me agarré un pedo para el Guinness. Perdí las llaves, salté un paredón que terminaba en una larga hilera de culos de botella, me corté hasta el alma y, para colmo, fui a caer sobre más vidrios que había en el suelo y no pude nunca haber visto, mitad por el pedo que cargaba, mitad porque era noche sin luna. Creo que el taco del mocasín se me clavó en el talón, lo que produjo un deslizamiento de toda la estructura ósea de la pierna, lo que viene a decir que, si no hubiese sido por la anestesia general, mi destino cierto era el coma farmacológico. No volví a tomar por mucho tiempo. Me compré otros zapatos y tiré a la mierda los que mamá me había regalado. ¿Lo ven? A una novia quince años menor uno la trata con más cariño que a una madre. No hay misterios. La borrega se irá con otro. O con otra. Son todas iguales. Todas putas. En cambio mamá es el único soldado fiel. Si un día me crucifican entre ladrones, ella estará al pie de la cruz y es muy capaz de ultrajar la tumba con tal de enterarse primero que nadie que he resucitado. Pienso en el sudario y me da un escozor que ni les digo. Me saco la sudadera porque me da asco, rabia, qué hago yo saliendo a correr todas las tardes, che, ¿alguien sabe? Si antes, no hace mucho, para lo único que servía era para pasarme la tarde, la noche, quedarme hasta la hora que fuese dándole duro y parejo al cuaderno con espirales, a la birome, y si no leyendo como un hijo de puta. Y ahora esto. La nada misma. Qué tristeza. Qué soledad. Por eso les decía que tengo ganas de abrirme un blog. Cuando lo abra, lo primero que voy a hacer es invocar el Negro Mocasín, dónde estarás pedazo de hijo de una caravana de putas. A lo mejor después no tengo nada que agregar, pero qué importa. ¿Alguno de ustedes piensa que su lugar en el mundo es una misión plagada de incisos? Si uno de ustedes, uno solo, llega a decirme que su misión abarca dos incisos, les juro por la luz que me alumbra que mañana mismo me rapo. Me rapo el mate a cero y me banco el invierno como venga y el sol del verano. Les juro que soy capaz de lustrar los zapatos una vez a la semana y sacar la basura antes de que pase Manliba. Les juro que el 28 voy a votar por el mejor candidato y que no voy a cagarle la existencia a nadie más, por turro que sea. Promesas son promesas, ¿no? Lástima que no tenga el blog. Eso debería ser la primera cosa. Se lo leí a Fitzgerald: ¿cuál es tu primera cosa? Ahora el management está revolucionado: a eso que algunos se dan el lujo de llamar el qué futuro, otros, ellos, le llaman misión. Una misión con dos incisos. No puede ser imposible. Escribir y salir a correr todas las tardes. Darle alcance a la quince años menor. Tener un blog y alimentarlo.

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Amarcord

Publicado por jorgemayer en 18 18e Septiembre 18e 2007

Los dedos duros como para escribir algo decente, eso sí, pero pensamientos revueltos, muchos, suficientes para una ensalada y con todos los aderezos. Me pregunto qué es lo que podría ponerme a escribir ahora mismo con tal de salir del paso, y de paso quebrar el silencio. Debería sentirme un criminal, no por el hecho de no tener una coartada para no escribir sino por algo bien diferente; no debería ser gratuito no tener ganas de escribir y sin embargo hacerlo, sin objeto, sin tiempo, por el simple capricho de mancillar la hoja en blanco, pero vamos.
Mensaje: no me curo de la gripe, hoy suspendemos.
Lo leo en la cama. Hago a un costado el sueño, leo sin entender. Es temprano. Ya se verá qué es lo que hago.
Duermo.
Despierto y ya soy dos horas más viejo. Pero todavía es temprano. ¿Y si lo llamo? Sí, lo llamo, pero después, cuando me vista. Vuelvo a dormir. Mando el mensaje. Ahora sí que ya es tarde.
Nadie me contesta.
Me visto, me lavo los dientes y un poco la cara. Busco una bolsa para ocultar la botella. Me queda un Graffigna etiqueta naranja. Con la excusa de la veda, me vi forzado a hacer un poco de bodega. Es noche fría de primavera en ciernes. Las calles se hacen largas a esta hora. No andan ni los fantasmas.
Me pesa el saco. Me siento, sin embargo, desnudo. Elijo las veredas sin perros. Voy por la mano izquierda, pero no pocas veces me cruzo. Ante mi paso se enciende algún farol.
A poco de llegar a Cabot veo su casa. Están las persianas bajas, pero puede que la vista me engañe. Ya estoy acostumbrado a eso. Camino un poco más despacio, como si quisiera darle tiempo a que se despierte. Es viernes. Por ahí pinta salir, y si pinta salir, a nuestra edad, lo mejor es echarse una buena siesta antes. No queda lindo interrumpir el cortejo de alguna pendeja a bostezo limpio. Pero las persianas siguen bajas. Esta y aquella. Podría mirar por encima del muro. Si estuviera el auto guardado, yo podría tocar el timbre hasta que este pedazo de infeliz se levante, pero si por esas cosas de la vida, justo pasara un cana y me tomara en situación de pizpear por encima del muro, me vería obligado a dar explicaciones que no quiero dar. Este es barrio de gente bien. Hay tanto choreo, que seguro que un par de canas andan en las inmediaciones.
Hago tiempo de acordarme de algo. Dos años atrás, dos que bien pueden ser tres, acá a la vuelta, sobre la Rondeau, me paró la cana. Eran tres y en un patrullero. La Rondeau es tan angosta como las calles del microcentro porteño. Yo iba por la mitad de la calle. El auto me encandiló y quise subirme a la vereda. Ya los pasaba cuando uno me dio la voz de alto. Me sentí un chorro. No tenía ninguna razón para andar por la Rondeau más que conocer un poco el barrio. Me permite lo que lleva en la bolsa, me dijo uno. Sí, cómo no, quise hacerme el simpático. Era un libro, el tomo uno de Los mitos griegos. Robert Graves. El cana hizo la cara que bien podría haber hecho Drácula si le mostraban una cruz. Dónde va, me dijo. Marconi y Michael Jones, dije, por decir algo. Vaya nomás. Me iba nomás. En eso uno me grita. ¿Su nombre?. Benjamín Matienzo, debo haber dicho.
La puta madre, pienso. Hace media hora que mandé el mensaje, éste no responde, las persianas están bajas. ¿Dónde se habrá metido? ¿Se habrá ido a Mallorca? Tanto amenazar, tanta despedida en cuotas, no me asombraría que lo hayan llamado de apuro. Pero, ¿tanto como para irse sin decirme chau? Bah, quién sabe.
Hemos pasado años sin vernos. El destino, las minas, esas cosas que se ponen en el medio, hasta que un día lo llamo, y ahí nomás, al rato, se aparece por el estudio, porque debe ser el año 2001 y yo tengo estudio, no tengo un mango, no tengo pilcha qué ponerme, pero tengo una oficina en Pellegrini y Paraguay, teléfono, internet, clientes. Me falta dónde dormir, pero tiempo al tiempo. Nos saludamos con alguna distancia, pero al rato ya somos los que éramos. Quiero decir: nada que haga ni puta referencia a la nostalgia. Otra cosa. Como si la semana anterior hubiésemos estado juntos.
Pero no. Ya no éramos los que fuimos. Antes viajábamos. No llegamos a la cordillera, pero, cada tanto, nos escapábamos al dique o a Pirámides, o a Santa Isabel, o a Gaiman. Pensar que saltamos en la pasarela que varios años después cedió bajo los pies de esas maestras y esos pibes de Morón (o quizá fueran de Merlo), y trepamos las alturas que una tarde de mierda lo vieron caer a Luciano. O a Madryn, una tarde de viento, a gritar en la misma barda que Alterio eso de “la puta…”
Sí, la puta.
No, pienso, y me hago a la idea de que voy a tomarme solo esta botella de vino y las que vengan, estoy un poco dormido. Qué habré dormido, dos horas, dos que se hacen tres y me levanté un poco pelotudo: él no se iría sin avisarme. Por lo menos me daría tiempo a que le dé un abrazo, me devolvería los libros que tiene en su casa y no lee: la puta, sí, todavía no me devuelve Los mitos, La conjura de los necios, algún Cortázar viejo, y capaz que hasta le mangueo el gamulán, total, para qué carajo quiere un gamulán en Mallorca. Podría pedirle los vinilos, si no fuera que otro se los pidió antes, pero yo no tengo bandeja, yo no sé pinchar discos, yo no tengo paciencia.
Soy un boludo, digo, y sigo caminando despacio. Mi cuerpo ya se acomodó a la temperatura de la noche. Tengo ganas de meterme en cualquier bar de mala muerte (como si fuera en Malasaña) y tomar hasta caer de rodillas, pero me estorba esta bolsa y esta botella de vino.
Una cuadra más y un mensaje pide pista: estoy de viaje, voy llegando a Sierra, está todo el pueblo, che, me dice, y yo me acuerdo de esas tiradas que hacíamos de Buster Keaton. Nuestra hospitalidad, se me ocurre, en particular la odisea de ese viaje en tren, donde la gente se paraba al costado de la vía sólo para verlo pasar. Y pienso en mi pueblo, que no es tan pueblo como para que la gente se ponga a ver el tren.
Tené cuidado que pueden agarrarte a piedrazos, le digo, un abrazo.

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