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blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

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Archivos para 'Atlas' Categoría

Apuntes de Trelew

Atlas: los Jones

Publicado por jorgemayer en 5 05e Mayo 05e 2007

Los nombres de las calles de mi ciudad guardan una lógica muy extendida en Argentina: hay marcada preferencia por los próceres. El toque que le es propio corre por la influencia de la vasta colonia galesa. Así, a nadie asombrará la polución, si se me permite la exageración, de calles apellidadas Jones, a las que los lugareños, sin más, pronuncian “shones”. Alguno que otro les dice “shons” y sólo una vez oí a alguien (una locutora) pronunciar “shouns”, aunque la equívoca fonética de la lengua galesa me hace sospechar que las cosas no son tan sencillas como parece.
Si se imagina una cruz cuyos maderos de sur a norte están dados por Yrigoyen/ Fontana/ Avenida de los Trabajadores y de este a oeste por Lewis Jones/ 9 de julio, hay dos Jones en el cuadrante SE: Michael y Howell; una en el SO: Joseph; una céntrica: Lewis; y otra indefinida de la que no sé demasiado más que su nombre: David (que en realidad es David Lloyd Jones). No hay que asombrarse por lo castizo de la pronunciación popular: se las conoce, por orden de aparición, como “máiquel”, “jógüel”, “shósep”, “legüis” y “déivid”, aunque no falta el que a ésta última le llama “déivid shoid shons”.
Otros nombres que me vienen ahora mismo a la memoria son: María Humprheys, Hughes Cadfan, Love Parry Madryn y Eduardo Price. Por supuesto hay una calle que se llama Gales y otra que homenajea a la nave en que vinieron los primeros colonos: Vivero Mimosa. Yo mismo vivo en la calle de un prócer que no viene al caso, eso sí: entre Emilio Berwyn y Edwin Roberts.

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Atlas: Los diarios

Publicado por jorgemayer en 3 03e Febrero 03e 2006

En Trelew, pese a nuestros escasos 100 mil habitantes, tenemos dos diarios: El Chubut y Jornada (en adelante Chubú y Jorná), lo que está a tono con la realidad provincial, que ha parido otros tres diarios para medio millón de habitantes.
La primera lectura es bastante obvia: con tan modestas tiradas los diarios no podrían sobrevivir sino fuera por el generoso aporte estatal lo que, lejos de promover una prensa independiente, impulsa la proliferación de revistuchas que no pasan del par de números, que se dedican a ventilar el conventillo oficial.
Chubú es el más tradicional y, careciendo de mejores datos que los que depara mi observación, no dudo que sea el de mayor alcance. Jorná, al contrario, a lo largo de su historia ha sentido fuertemente los cimbronazos de los ires y venires de la politiquería local.
Chubú es regenteado por un patriarca radical que sólo por tener un diario llegó a ocupar un escaño en el senado de la nación. Jorná, por el contrario, luce remozado y cuenta ahora con una gran cantidad de móviles, el mejor cuerpo de periodistas y ocupa el edificio que antes estaba asignado al casino de la ciudad.
Chubú, acaso por su tradición, se muestra conservador; en cambio el lector desprevenido de Jorná puede pensar que Trelew es un confín de Noruega o poco menos que eso. Es que ha recibido últimamente una inyección financiera de la mano de uno de esos monjes que, entre bastidores, maneja los hilos de la cosa pública. Así, a la manera de Citizen Kane, en pocos meses reclutó a la mayoría de los redactores de Chubú para incorporarlos a la ofensiva de propaganda del gobierno de turno, condenando a su rival a componer a diario un lastimero pasquín digno de los peores alumnos de tercer grado de una escuela primaria.
Yo venía acostumbrado a otra cosa. El diario Río Negro, más allá de ser permeable a los vaivenes de la arena política (como cualquier diario de provincias), presentaba un diseño clásico, fácil de leer, aunque ahora se ha quedado bastante atrás respecto de su competidor, La mañana del sur. Chubú y Jorná son una carrera con obstáculos. Sin perjuicio de ser idéntico el cuerpo del diario en cada punto de la provincia, cada uno presenta cuatro portadas diarias: una para Trelew, una Puerto Madryn, una para Comodoro Rivadavia y otra para Esquel, que hacen las veces de primera página del segmento local, con lo cual uno puede mudar de cosmovisión con la facilidad con la que se cambia de página.
Si a esto le sumamos el escaso nivel de la clase dirigente, el complejo cuadro social, la parálisis económica y la creciente inseguridad estamos frente a un explosivo cóctel que oscila entre el vodevil y la tragedia.
La semana pasada colecté (y extravié) una veintena de titulares de ambos diarios y tal vez intente repetir la operación en breve. Eso sería mucho más eficaz como ilustrativo que esta morosa descripción.
Al pasar, recuerdo dos cosas. La tapa de Puerto Madryn del Chubú, con una foto a media página de un perro lanudo lamiendo una canilla. El epígrafe decía algo así como “ni los perros soportaron dos días sin agua”. Y el remate a una nota del suplemento cultural del Jorná a propósito de la reedición de Poemas Chinos de Laiseca: “celebro la reedición de este libro imperdible (a la primera edición la perdí). Eso sí: la tapa es fiera con ganas”.
Sin embargo, a propósito del exabrupto del reseñista, quiero aclarar algo. Jorná tiene un suplemento de cultura hecho en casa, lo que es bastante decir, y me consta el esfuerzo del editor por mejorar el producto que pone en la calle. Desgraciadamente el panorama local no permite mucho más que eso.

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Atlas: los pasajes

Publicado por jorgemayer en 9 09e Julio 09e 2005

A los callejones aquí le llaman pasajes. Es ley no escrita que lleven por nombre el de alguna provincia argentina, aunque exceden largamente el número de veintitrés. A ese número deberíamos restarle cuatro, que corresponde a provincias de alta alcurnia que se han considerado merecedoras de prestarle su patronímico a calles. Según entiendo, se trata de las calles al oeste de Ramón y Cajal, esto es: Buenos Aires, Entre Ríos, Santa Fe y Corrientes. Allí los pasajes tienen nombres más vanidosos: Chubut, Patagonia, Cruz del Sur.

Hay que ser valiente para vivir en un pasaje. En la mayoría de los casos son tan estrechos que apenas si cabe un auto estacionado. Ajenos casi por completo al tránsito, hay pasajes -como el San Juan- que albergan sin rubor enormes canteros que sólo riega la lluvia. La lumbre pública también se les niega de modo ostensible de suerte tal que nadie se acerca a ellos.

El pasaje La Rioja, uno de los más céntricos, tiene un par de seudónimos que pueden concitar la atención del desprevenido. Alguna vez se llamó El callejón del gato. Al tiempo de la redacción de este opúsculo nadie ha podido esclarecerme respecto del origen de un nombre tan coloquial. Más pretencioso resulta Pasaje Floridita. No es un secreto para nadie que estas son tierras se poblaron mediante migraciones internas. Quien más, quien menos, todos despreciamos a nuestra casa adoptiva y preferiríamos ser porteños para jactarnos de alguna cosa. Queda claro que los alardes peatonales del pasaje se deben más que nada a la hostilidad que representan para el tránsito de vehículos antes que de un afán de fomento de la cultura peatona.

Hacia el límite este del centro de la ciudad está el pasaje Los Andes. Es notorio que a la hora de su bautismo se habían agotado ya los nombres de provincias argentinas. Tanto es así que a unos cien metros antes está el pasaje Posadas. El que escogió un nombre tan duro fue sin duda un visionario: en los días de lluvia es tarea más sencilla atravesar la cordillera que salir indemne de la violencia de los charcos.

Sólo por un aviso clasificado en un diario pude dar con él, en realidad sólo con su nombre y un teléfono. Eran tiempos más miserables que éste, y despojado de la que había sido mi habitación debía conseguirme un techo antes de que cayera la noche. Una voz femenina me dijo: el pasaje está entre Urquiza y Alem, el departamento entre Italia y España. No pude imaginarme, a tenor del prestigio de las calles circundantes, que un desolado paisaje del medioevo estuviese tan cerca de la Plaza Independencia. Sin embargo conchabé el alquiler a media tarde.

Maldita la hora en que vi ese aviso. Maldita mi pobreza y los apremios. Casi dos meses viví allí. Nunca abrí la ventana que daba al pasaje. Apenas no me privé de espiar cada vez que oía un ruido extraño, que es decir casi todos ya que no andaba ni gente, ni autos ni había perros en cinco cuadras a la redonda. Se da cuenta, me dijo el señor García Barredo, una docena de veces hemos firmado petitorios para que pavimenten esta cuadra de mierda y la municipalidad nada de nada. Mi marido es un infeliz, me dijo poco tiempo después su esposa, siempre le digo que así espanta a los inquilinos. Y ni falta hubiese hecho que me lo diga. El día en que firmé el contrato no terminaba nunca de llover.

Hija de puta, me metiste (pusiste) los cuernos, le oí decir una vez a un joven fuera de sí. Acto seguido le propinó una golpiza feroz a su chica hasta dejarla en el piso. En eso se bajan del patrullero tres formidos agentes del orden. El más bajito antes de darle la voz de alto le encaja un cortito al mentón que lo tira de culo a un charco. Yo espío por una rendija de mi ventana y veo que los otros dos policías lo cortinan. Ya en el piso el interpelado por la cornamenta, comienzan las patadas y desde el suelo se le escuchan unas palabras imperativas en plural. Nadie le hace caso. Terminado el trabajo, se retiran los agentes y yo salgo al pasaje. El polícía líder avisa por radio: incidente menor cesado mediante reconvención verbal, cambio.

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