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blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

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Aquellas cosas nuestras

Publicado por jorgemayer en 28 28e Enero 28e 2008

un revuelto gramajo hecho con los ricos materiales de la infancia, que es decir, por ejemplo, la rugosidad de los dedos de mi padre, dedos suavizados a golpes de aceite y sal, al mero efecto de tomar la mano de mamá, tal vez en misa, después del beso de la paz, de la oración comunitaria, por las vocaciones sacerdotales que ya no hay, por la salud de los abandonados, por los privados de su libertad, por la sabiduría de los gobernantes, por el digno ejercicio de nuestro ministerio, por la voluntad de erradicar de una vez y para siempre el mal de nuestras entrañas, como esa vez que nos escapamos con los melli, era la hora de la siesta y el sol brillaba en nuestras espaldas huesudas, marcada por las huellas de una y mil travesuras, y cruzamos el puentecito aquel que unía los dos extremos del único mundo que conocíamos, para agarrarnos a piñas con Fabi, el hijo del manco, y todo por el amor de una doncella que muy probablemente se llamase Vanesa, y que, francamente, no valía la pena en absoluto, pero lo mismo cargamos en nuestros nudillos la sangre y la tierra y el sudor de la carne de un pobre al calor del estío, y le hicimos partido a los Pérez, que eran más y querían revancha y el Cefe salió a cruzar un desborde mío y me taló a la altura del tobillo y de la pierna blanca cruzada por ríos de tinta verde azulada comenzó a tomar forma una saliente, una muralla curva de puntos rojizos, pero me froté como si hiciera magia y dejó de importarme que la muralla creciera porque no me ocurría pensar que mamá mirase debajo de las medias sucias, tonto de mí, que no sospechaba el baño que me aguardaba, pero no sé porque traigo a cuento eso, que pasó mucho después, tal vez al otro día, si en realidad antes nos preocupamos de continuar la gran aventura, no hubo que pensarlo demasiado, un poco más allá de los Pérez, aunque yo tuviese mi tobillo en compota y el resto no estuviese del todo católico, la emprendimos contra el membrillar de la vieja Pepa, yo no sé lo que nos pasaría por la cabeza, tanto así como para al día de la fecha perdurar en el odio infinito e incurable a cualquier cosa que tenga un vago parentesco con el membrillo, nunca nada tan feo, tan duro cuando verde, pero qué dulce el perfume que deja en los labios la fruta prohibida, y más allá, en lo del viejito Navarro, pobrecito, yo que lo había visto mil tardes a la hora en que el sol se ponía salir del ranchito de dos piezas y baño afuera, siempre la cobijita doblada en cuatro y la vianda, con el rumbo puesto hacia un improbable puesto de sereno en la nunca terminada obra del correo, allende varios años después, la muchachada fervorosa perdería la virginidad a manos de Amparito, tal el nombre de la hembra que se encargaba de los bautismos del barrio, pero hoy no tengo apetito de hablar de ella, ya llegará ese día y tendré para él afilada la punta de mi lápiz, tanto como el viejito Navarro la vez que mi madre y yo tocamos su puesta para pedirle prestada una lapicera, una birome, algo que escriba, y él no tenía más útil que una lata cilíndrica, parecida a la que tenía papá para guardar el tabaco y una noche, imprudente, desparramé tanto a diestra como a siniestra, sólo que él la tenía llena de lápices, nunca entendí para que tantos lápices, para que todos con la punta tan delicada que bien podrían haber oficiado de punzones en el ojo de un asaltante, pero no era esa la época de los asaltos, no básicamente porque todos éramos pobres y en todo caso deberíamos de salir a robar a zonas más retiradas, donde los ricos se apiñaban en monoblocks, lejos del verde, lejos de la paz callada de nuestro arroyito que venía gordo en los tiempos de los deshielos, mierda que habremos corrido alguna tarde en que el cielo se nubló de repente con las nubes más negras que vi en mi vida, mierda porque la crecida a lo mejor se llevaba el puentecito, eso decía papa, yo no sé si para asustarnos, para que no nos alejásemos demasiado del alcance de su poder de policía, yo no alcanzaba a entender, pero un día vino el agua y por suerte estábamos, los melli y yo, de este lado, y hasta fuimos los héroes que rescataron a familias enteras y les dimos casa en nuestra casa y pan de nuestro pan a esos pobres diablos que veían como se les venía el agua negra sin piedad sobre los módicos muebles, la mesa y las cuatro sillas, las patas de la cama, las paredes recién pintadas de blanco para matar el bicherío, y el viejo León muerto de pena, él con su mujercita flamante, una veinteañera que hasta hoy se me ocurre atractiva, que le dio dos hijos a falta de uno, dos de un saque y para colmo tan igualitos a él, esos malditos ojos negros con los que yo soñaba en mis pesadillas, y el Faturita, el tipo que silbaba los mejores tangos y se metía en la cama las raras veces en que le daba por lavar el único pantalón que tenía, en la cama todo el tiempo que el sol se tomaba hasta secar los únicos treintayuno decía mamá y yo no sé de dónde le venía a ella la idea de otros treinta, entonces a papá le daba por remedarla y ella se crispaba, permitía que de su boca escapasen improperios de todos los colores y él se acercaba a ella despacito y le rodeaba los hombros con su brazos de titán y ella se encogía cuando las rugosidades de esos dedos antes del aceite y la sal, de esos dedos que querían quererla y ella tan suelta diciéndole algo me estarás por pedir y ahí nomás le pedía algo, y yo me apartaba con tal de no escuchar, no fuera cosa que me enterase de asuntos que no debía.

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Chupingo

Publicado por jorgemayer en 3 03e Enero 03e 2008

Por poco lo olvido. En casa de mis padres hay dos perros. Uno blanco, viejo, demasiado fiel para con mi madre y mi hermano. Otro rubiecito, Chupingo. Este es simpático, entrador. Seguramente se lo regalaron alguna vez a mi hermana y ella no tuvo otra que aceptarlo. Es un perro deforme. Durante mi última estadía, Nico, mi hermano, me preguntó si yo sabía cuántos dedos tiene la pata de un perro. Yo sé pocas cosas, pero tengo ingenio para averiguar las que no sé. Para eso estaba el blanco. La respuesta es cuatro, cuatro dedos (por ponerles un nombre) en cada manita. No es el caso de Chupingo. El lleva tres dedos en la derecha y dos en la izquierda.

Pero no me perdono el olvido. Me acuerdo bien del invierno en que lo trajeron. Era una bola de pelos correteando por el patio. Una bola que a menudo quería sentarse, imitando lo que hacían los otros perros de la casa, y no podía. Se iba para atrás como un peso muerto, pero no se demoraba en la caída y se ponía bien. Le vi muchos intentos fallidos. Cada vez me reí con más ganas de nuestro perro sin culo.

Era el legítimo sucesor de otro, el rengo, que sólo andaba en tres patas. Cuando cachorro, su dueño anterior lo había atropellado, dejándole inútil para siempre una de sus patas traseras. No le hizo mella, faltaba más. Era un guardián de ladrido estridente, que corría como un triciclo invertido: la pata trunca, recogida, y la diestra como eje.

El blanquito sobrevivió a la vez en que lo atropellaron. Fue en una de las calles paralelas a la ruta, donde la gente anda entre los pozos a todo lo que da. Fue un golpe seco, quedó dando vueltas. Se levantó, anduvo pelotudo un rato y Nico, su amo, vio como se mandaba a mudar por vecindarios ajenos.

Cuando Nico dio la noticia en casa, todos se alborotaron. Todos menos yo, que estaba de visita y no podía entender que la pérdida de un perro sea capaz de quitarme la primera plana del diario de la familia.

Volvió solo. Los perros no se olvidan de las manos que le dan de comer.

Lo mismo, Chupingo me cae más simpático. Aprendió a sentarse. Supongo que yo, un día que viene llegando, también sabré cómo sobreponerme a una debilidad de ese calibre.

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Apunte para el cálculo de las dimensiones de este mundo

Publicado por jorgemayer en 27 27e Septiembre 27e 2007

Uno no puede hacerse a la idea de lo ancho que puede resultar este mundo hasta que le llega el día en que se pone a inventariar a esa gente que no vea hace mucho, de la que perdió todo rastro y sin embargo siguen estando allí, ocupando algún estante de los más retirados de la memoria. No quiero pensar mucho, ya es tarde para eso, ni tomarme el trabajo de establecer prelaciones de ningún tipo, pero si me detengo un segundo, y me pongo la consigna: nombres de personas que hace mil años que no veo y sin embargo… treinta segundos a partir de este momento y comenzamos YA! me preguntó quién habrá estrujado los pechos de Ivon, dónde es que habrá colgado Leandro su saco de corderoy cargado de gotas de lluvia, qué habrá sido de María José, que se hacía acompañar por mí a los barrios más profundos de la noche, qué de Vanina, de la que ya no soy ni un recuerdo, o de María de los Angeles, ¿un pensamiento?, ¿la sombra de una sombra?, ¿y de la flaca Silvia, que me gustaba cuando teníamos once?, ¿y de Yanina y sus piernas más blancas que la leche?, ¿y de Cardenón, que empezó tarde y abandonó temprano esa carrera que le quedaba grande? y del Huencho, que decía venir corriendo cada mañana por lo complicado de las calles de su barrio, ¿seguirá Nelson gambeteando perros y charcos enfundado en su único traje gris o se habrá comprado otro? ¿qué habrá sido de la Silvia que me gustaba cuando ya teníamos treinta? ¿y de Mónica, la madrileña? ¿y de esa otra María, la que a la hora de la siesta me reprochaba que no me pusiera a escribir? ¿y de Olguita, que fue la primera en decirme que yo era hombre de genio? ¿y de Mauri, que sólo rezaba mientras hacía caca? ¿y de las orgías del padre Hilario? ¿y del Chivo, el taxista que llevó a mi padre al hospital a que me pariera? ¿y del Mono, que fue el enfermero de ese parto? ¿y del Monito, su hijo más chico, el que pensaba que yo sabía mucho de música cuando apenas si leía, y de vez en cuando, la Pelo, la Musiquero?, ¿y de Calvón? ¿se habrá hecho una vida o seguirá sirviendo cerveza a los buenos para nada que ocuparon mi lugar y el de los de mi barra? ¿y del Rata, el Gallego, el Negro, la Bruja, el Búho? ¿y de sus padres, sus madres, los amantes de sus madres, los acreedores de sus padres, el extraño néctar que tanto tiempo nos mantuvo juntos incluso a la distancia? ¿y del viento rubio que peinaba el pelo de Carina? ¿qué habrá sido de mí? Eso es lo que estoy preguntándome. Y ya han sido más de treinta segundos.

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La señorita Roldán/10

Publicado por jorgemayer en 4 04e Junio 04e 2007

El Negrito salió a su viejo, bastante incivilizado. Suerte que tenía un hermano más chico, el Cachete, que resultaba bastante dócil para los arrebatos de violencia. Cachete sí que era divertido. Por la perpetua necesidad que hay en los pueblos de quejarse, por todo y por cualquier cosa, ante gente importante, gente que ponga la oreja de puro comedida, o ante quién sea y bajo cualquier motivo, el Negro, el padre de los pibes, marchaba a la municipalidad una vez a la semana. No sé cómo lo tratarían en el palacio municipal. A lo mejor lo atendían con las evasivas de siempre, que sí, que no, que esto y aquello, que dejame que lo charlamos con Miguel y por qué no te das una vuelta la semana que viene; o les caía simpático y lo tomaban para el churrete y éste no terminaba de darse cuenta. Pobre hombre. Tenía un pantalón de salir y una camisa blanca, el pelo renegrido y la piel castigada por el más virulento de los soles. Era bastante mal hablado pero muy laburante, eso sí. De vez en cuando castigaba a su señora, la Olga, una gringa regordota que ni siquiera lloraba. Yo la he visto en sueños a la Olga, apenitas después de que supe de que había muerto, y en esa gesto de llanto soterrado la entreví como una estampita, como la virgen María, una mina más, entre muchas otras, a la que el destino confinó a un barrio de callecitas de tierra, una mujercita que no conoció más amor que el de un solo tipo, un imbécil, un corazón flaco con la cáscara dura, que no sabía otra cosa que trabajar desde que se levantaba y hasta bien entrada la tarde y después apurar uno o dos vasos de Concilio para olvidarse de que el mundo es mundo y ajeno y después cascar a esa mujer que nunca entendió nada.
El Negrito salió al viejo. A sus pocos años ya sabe que las mujeres son iguales a los hombres nada más que les cortaron el bicho. El Cachete, en cambio, monta uno de los rastrillos de su padre y enfila hacia el norte. A dónde vas, Cachete:
–A la muycilipá.

*
nueve / ocho / siete / seis / cinco / cuatro / tres / dos / uno

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La señorita Roldán/9

Publicado por jorgemayer en 21 21e Mayo 21e 2007

-Mierda, dijo el más brillante de la clase, marcando la erre, moviendo a la profesora de literatura a una media sonrisa que nadie le creyó del todo. O al menos no le creí yo, que era una pieza más del círculo que habíamos formado con la excusa, la vil excusa, de que todos nos viéramos las caras, como si eso sirviera de algo.
Soy ingrato. El círculo, al menos en las clases de literatura, tenía una pequeña utilidad: ordenaba las lecturas. El libro que leíamos, o el retazo fotocopiado que hacía sus veces, se iba pasando de mano en mano y no se detenía hasta que todos hubiéramos leído al menos un tramo. Se suponía, se supone incluso hoy, que la lectura en voz alta ayuda a muchas cosas.
Valeria, a quien le tocaba en serie leer esa última lisura, no debía estar de acuerdo con que toda lectura en voz alta fuera útil. Delicada como nunca, se dirigió a la profesora con excusas para no leer la palabra mierda, y así, merced al oportuno imprevisto, el más brillante abrazó la chance de decir a viva voz mierda, marcando la erre.
La puesta en común, que también para eso estábamos en círculo, mirándonos las caras, tenía algo de puesta teatral. La profesora preguntaba, uno o dos respondían, el resto asentía o decía lo mismo que los anteriores, palabra más palabra menos, nadie entendía nada. Entonces la profesora debió sorprenderse cuando le preguntó al más brillante qué es lo que le había dejado el libro, el bendito libro del coronel que esperaba una carta que nunca llegaba y el más brillante dudó por un segundo, tomó fuerza no sé de dónde, y ajeno como era a todas las formas de la esperanza, y por lo tanto con locos deseos de estrangular al gallo, y al coronel, y al no tiene quien le escriba, dejó caer, implacable, tres palabras:
-Nada. Absolutamente nada.

*
ocho / siete / seis / cinco / cuatro / tres / dos / uno

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La tiranía de los relojes blandos

Publicado por jorgemayer en 16 16e Mayo 16e 2007

Tranquila, bicho, le decía papá a mamá, dos semanitas más y da vuelta el mes. Esa era una de sus frases de cabecera. Hace mucho que no se la oigo decir. Hace mucho, para ser sincero, que no voy por mi casa. Fantaseo con que él haya incorporado alguna variante a la frase afortunada en su poco decir. Después de todo, ésta no es otra cosa que una versión del viejo y querido dios proveerá. Al final nunca dios proveyó de un carajo más de la dicha de la vida, que por desdichada que sea sigue siendo vida y a nadie, ni siquiera a dios, puede reclamársele merma alguna. El caso es que a mí desde muy chico se me antojaba que el almanaque también podría llevar la forma del reloj. Lo imaginaba con una sola aguja, arrancando desde las seis, trepando primero y cayendo rauda cuando el año se nos va de las manos. De hecho siempre es así. Al principio, cargados de objetivos, de culpas, de preguntas para las que no hemos sabido encontrar respuesta, el año es cuesta arriba, pero basta que lleguemos a las nueve, a mediados de marzo estoy queriendo decir, y la cosa cambia de color. Hay algo de alivio en el aire, algo de ahora sí, boludo, metele que son pasteles, y a nadie le da por preocuparse mucho por lo mal o bien (mal) que haya invertido ese primer tramo. Ya en junio, julio, uno comienza a ponderar el tamaño de lo que falta por hacer. De un lado ve las titánicas empresas que se propuso durante los brindis festivos y del otro los magros resultados y se hace planteos. La puta madre, se fue la mitad del año y casi todo el pescado por vender. Y sí, en efecto, a mitad del año ya estamos perfectamente jodidos. La aguja cuesta abajo marcha a la misma velocidad que cuesta arriba, pero quién nos quita de encima la ilusión óptica que verifica el cumplimiento de la ley de gravitación. No hay nada que hacerle. De julio en adelante todo asume un vértigo que llegando a octubre, a noviembre, alcanza ribetes payasescos. Diciembre es un puto descajete.
Dos semanitas más y da vuelta el mes, diría papá. Sí, ahora lo veo con claridad. El sueña con el mismo reloj que yo acabo de describir, sólo que, hombre de pocos recursos y horizontes, ave de vuelo corto, piensa en términos de mes como yo pienso en año. En un año me recibo, en un año me mudo, en un año me enamoro y me caso. El, en apenas un mes, cobra el sueldo, paga cuentas, verifica la llegada de la regla en su mujer, incumple viejos planes, hace nuevos planes. Su reloj, en suma, tiene dos agujas y sólo le da bola una, la mayor. Y lo bien que hace.

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El pecado

Publicado por jorgemayer en 9 09e Mayo 09e 2007

¿Y por qué mi hermano habría de enamorarse una mujer mayor? No lo sé. Podría esbozar alguna teoría, y creo que de hecho voy a hacerlo, pero a poco transitar, digamos a la altura del tercer renglón, me doy cuenta de que la catequista no podía ser muy mayor. Las catequistas suelen ser jóvenes. Duran en la iglesia lo que tarda un hombre en llenarles la panza de huesos. En general, y como vienen las cosas, si tienen un trabajo, se aferran fuertemente a él. De lo contrario pasan a engrosar la lista de beneficiarios de un plan de asistencia social. Según entiendo, a myor cantidad de hijos se incrementa la asistencia, entonces no es del todo asombroso que se hable de la tarea de tener hijos como “hacer salario”. Si tienen mucha suerte y el hombre no las abandona, como es de estilo, se van a vivir juntos. La iglesia no soporta eso. Es vivir en pecado. Muy rara vez se casan. Pero en cualquier caso, dejan la catequesis para convertirse en madres.
Debería decir que los hombres sólo se enamoran de mujeres, que las niñas, en el mejor de los casos, sólo son útiles para jugar, pero eso es apenas una intuición. No podría aseverarlo. En primer lugar porque debería decir algo temerario y en cierto modo lo estoy diciendo: es a partir de cierta edad que los pequeños hombres quedan interdictos para todo lo que sea juego. Ahí se enamoran. El primer amor marca para siempre, hiere de muerte. La pérdida de esa capacidad, la conciencia de esa amputación, los hace tristes. Pero mi hermano no es un tipo triste y yo no sé qué es el amor y mucho menos qué es enamorarse. Imbuido de mi fe palabresca confieso que me aterroriza el amor en tanto palabra. ¿Qué tan grande es el amor que para hacerlo verbo hay que meterse dentro de él?
Yo sí soy un tipo triste. Yo no conozco a mi hermano.

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Un hombre con 5 ó 6 pirinchas de barba

Publicado por jorgemayer en 7 07e Mayo 07e 2007

Antes, mucho antes de que a mí me creciera la primera barba y forzara a papá a que me enseñase los secretos de la buena afeitada, las grandes cosas de la vida sucedían en la iglesia. O estaban relacionadas con ella. Eramos lo que se dice una familia militante. Papá, allende sus pagos, trabajó para el obispado. Yo nunca hubiera creído eso. Pensé que apenas había sido un muchacho de la Acción Católica, que no sé por qué siempre me pareció que era un buen lugar para levantar minitas. Total, estando ahí uno ya tiene quién dé fe pública de lo buena persona que es. Lo demás, como en el resto de la vida, ya corre por cuenta del levantante. Decía que no lo creía pero hace poco me he quedado sin asunto: a poco de iniciar su trámite jubilatorio, comprobamos que todas y cada una de las empresas piratas para las que papá trabajó habían ingresado las cargas sociales, todas menos una. Y no, no voy a nombrarla.
Papá me enseñó a afeitarme algún domingo de agosto. Estábamos por ir a misa y la pelambre negra que tenía encima de mi boca era poco presentable. Por esos tiempos yo me cortaba la pelusa con una tijera. Ha de ser sugestión, o engaño nacido en el recuerdo, pero ese pibe de trece años tenía una barba mucho más tupida que este viejo de más de treinta. En ayunas, siempre en ayunas, Jorgito, así no te cortás, decía papá. Nunca supe que tendría que ver una cosa con la otra. Es más: nunca le llevé el apunte y, como cualquier hombre, una de cada cinco veces me corto. Me corto y no le doy importancia. O no me doy cuenta. Y salgo a la calle. Y por alguna extraña razón que escapa a mis conocimientos, mi sangre, la sangre que corresponde a las veces que me corto mientras me afeito, tarda en salir. Entonces estoy en el kiosco, en clases, o en el trabajo mismo y noto que la gente me mira y se sonríe. Ahí es cuando empiezo a verificar la afeitada. Como no tengo espejo, lo hago al tacto. No es raro encontrar algún pelito demasiado largo que ha plantado bandera en esa zona limítrofe que uno desearía no afeitar. O siento que las patillas son tierra de nadie. Hay un pelo acá y un pinche allá. Pero a mí eso no me aflige. Al menos no tanto como encontrar esa mota de sangre seca a un costado de la boca. Esa mota suele ser más bien gruesa y cagarse en la ley de gravedad, tanto que a menudo toma una forma prominente digna de celebrarse. Claro que también al tacto uno termina por barrer la prominencia. La sangre vuelve a manar. Un asco. Imagínense que uno está en el kiosco, en clases, en el trabajo, y de pronto aparece un tipo que se lleva la mano a la cara hasta sacarse un hilo de sangre por poca que sea. No es una cuestión de cantidad. La sangre, como el resto de los fluidos de nuestro cuerpo, no goza de buena prensa. Si uno ha de flagelarse, es mejor que lo haga en privado. Es lo mismo que sacarse los mocos. O hacer pis. O incluso peor porque ahora se han puesto de moda unas ciertas enfermedades que agravaron el mal concepto que ya tenía la sangre. Pero todo eso se areglaría, según mi padre, si yo me afeitase en ayunas. Lo que pasa es que yo nunca le di mucha bola lo que me dijo mi padre. Así me va, podría decir él si es que me oyera decir esto.
A mi hermano menor no le importa afeitarse o dejar de hacerlo. Total, que él tiene cinco o seis pirinchas, para colmo dispersas. Presiento que papá nunca le dijo que es mejor hacerlo en ayunas. El no necesita que lo guíen con mano de hierro, nunca como yo. Al contrario, él, crecido y todo, era un ferviente religioso que participaba de muchas actividades en la parroquia. Para levantarse minas, diría, con justa razón, un desprevenido. Un día de estos, se apareció por lo de mi padre, y a propósito de pedirle un favor, porque ellos viven del favor ajeno, el cura del pueblo. Así, como quien no quiere la cosa, puso en autos a mi padre de una situación incómoda. Mi hermano le andaba arrastrando el ala a una catequista. Mucho mayor que él, por supuesto. Nunca tuve la suficiente intimidad con él como para preguntarle y saber la verdad de los hechos, así que he tenido que conformarme con la versión que me dio mi madre, que no se aparta de esto que vengo diciendo. El tipo le tenía ganas a la catequista. La catequista era más grande que él, que es poco más que un niño con cinco o seis pirinchas por toda barba. Papá reclamó, por supuesto, las explicaciones de rigor. Mi hermano lo paró en seco: ni él, ni el cura ni el comisario tenían ningún derecho a meterse con su vida privada. Así fue como abandonó la fe.

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La señorita Roldán/8

Publicado por jorgemayer en 25 25e Abril 25e 2007

Hace ya casi veinte años de la última vez que le pegué a una mujer. Acabo de recordarlo. Esas cosas tiene la mente –o el cuerpo, quién lo sabe– que sin interpelación previa, y tal vez a causa de esa predilección de los hombres por las cifras terminadas en cero, nos encontramos, de improviso, con una escena que tiene ya diez años. O quince. O veinte. O son trece y parecen diez. O son doce y parecen veinte.
Pero de esto sí que hace veinte años y no sólo hoy viene a mí el recuerdo sino que se trata de una visión que me toma por asalto con cierta recurrencia. Me toma, digo, como algunos sueños que ya soñé cientas, miles de veces.
En un tiempo que ya no es me daba por soñar con que andaba por la calle en medias. No lo notaba a mi paso las piedras o las ranuras de las baldosas, tampoco el frío ni la humedad. Sólo me perturbaba la mirada de todos los transeúntes. En el sueño no había sola persona que, a su paso, no se detuviera a mirar mis pies casi descalzos. Así, llegado un punto de la marcha, sentía la multitud de miradas en mí clavarse como dagas que se sucedían las unas a las otras, cada vez más alto, cada vez más profundas, al punto de que yo sabía –por esas cosas de los sueños– que poco venía faltando para que yo quiebre ese estado de cosas con un grito. Y de hecho creo haberme despertado gritando más de una vez, o que al menos estuve tentado de hacerlo, como me pasa cuando retorno de un modo brusco a la vigilia y siento de un modo inexorable caer sobre mí el desamparo.
Otras veces me soñaba en caída libre. Nunca terminaba de caer. Esa era la pesadilla, el hecho de imaginarme planeando por los cielos de los cielos sin sospechar siquiera la inminencia de algo que me detenga. Para esos casos no había modo de escapar. Entonces, ya empapado del sueño, me daba al placer de viajar de todas las formas imaginadas y la condena era precisamente la certeza de nunca agotar las posibilidades que se me abrían, y ante el estupor emergía la tentación de asirme fuertemente a lo primero que se apareciera: las maderas de la cama. Siempre así. Siempre menos una vez, en la que sentí en mis pies, porque en verdad lo sentí, la loza de un techo, y satisfecho por la concreción de mi última hazaña, y en extremo feliz por haber conseguido la panacea, abría como podía los ojos a la oscuridad y me hallaba somnoliento, turbado, con una agitación que entorpecía mi respirar.
Pero esto otro no es un sueño sino la pura realidad de un día, el día en que le pegué a una mujer por última vez. La mujer por entonces no era más que una niña de mi edad. Tenía por nombre Ivon y era la más linda del grado, o por lo menos la que yo hubiese elegido si me daban esa chance. Tenía unos rulos negros estirados y unos ojos que falsamente presagiaban un linaje oriental. A pesar de ser vecinos de banco eran pocas las veces en que charlábamos. Se me ocurre que no teníamos otro tema que no fuera articular la manera de copiarnos en los exámenes y eso era suficiente para que cada quien esté contento con el vecino que le tocaba en suerte. Pero en secreto yo tramaba conversaciones que nunca me salían. A veces, también en sueños, la invitaba a tomar un helado y le contaba que me gustaba, pero ella no me atendía, o atacaba con mayor saña de su lengua la resistencia del helado. Otras me suponía enojado y fantaseaba con la posibilidad de no dejarla que se copie de mí, pero desechaba esa idea cuando me daba cuenta de que tal vez eso perjudicase mis calificaciones. Las cosas en casa no estaban tan bien como para darme esos lujos.
Pero un día, a propósito de no sé qué tontería de niños, me enojé mucho con ella, algo que no me había pasado. Entonces, sin pensarlo demasiado, resolví acercarme a ella y reprochar las cosas que decía o hacía en mi perjuicio. Ya cerca de ella, cuando estaba a una distancia que no excedía del largo de mi brazo, no sé qué fuerzas guiaron el revés de mi mano derecha hasta su mejilla, y de ahí en adelante todo lo previsible. Alguien se enojó conmigo, otro me justificó, un tercero consoló a la mujer ofendida. Yo, simplemente, volví a mis asuntos, pero no pude prestarles demasiada atención. En mí mano todavía no se marchitaban las huellas de mi acto. Y todavía lo espero.
*
siete / seis / cinco / cuatro / tres / dos / uno

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2 de abril

Publicado por jorgemayer en 3 03e Abril 03e 2007

Hay demasiadas cosas de mi infancia que me gustaría recordar. Recordarlas con exactitud y no instalarme en la duda de si una cosa sucedió o no. No tendría a quién preguntarle, de todos modos. Y si lo hubiera, no estoy seguro de que me interese conocer la verdad por boca de otro. Creo que a nadie le interesa que le cuente qué hizo o dejó de hacer. Sólo el convaleciente de una noche de borrachera. Y no en todos los casos.
Del mismo modo, por una ley no escrita que todo lo compensa, como en pos de un equilibrio universal a costa mía, hay muchas otras cosas que recuerdo y preferiría no. Algunas escenas de la vida familiar, los gusanos de la pobreza cimiento de la estructura, los tantos domingos en la iglesia, el día en que algunos amigos dejaron de serlo, los tanques por la ruta, nuestras manitos niñas que los saludaban a su paso, las voces que imitaban el ruido de los Pucará, la honda emoción que nos provocaba la marchita, el bendito redoblante que la quebraba en dos.
Y los apagones, aunque a mí no me pasaba por la cabeza que el deber de apagar las luces a las siete de la tarde tuviera algo que ver con la guerra. Los apagones no me daban temor ni mucho menos. Al cabo, a los pocos días, papá decidió que no tenía mucho sentido el apagar las luces, que bastaría con poner frazadas en las ventanas y ya. Era otoño. Puede que a la hora de acostarnos las mismas frazadas volviesen a su sitio habitual. No lo sé.
Sólo el paso del tiempo me informó que los apagones eran para evitar bombardeos. Sólo mucho tiempo después supe que mi pueblo no podría jamás haber sido un objetivo militar. Era poco en comparación a otros puertos, a otros puertos que incluso estaban más a mano. Y desde no hace mucho me asusta la mera posibilidad de que les diera por invadirnos. Nunca tuvimos con qué defendernos. Nunca habrían tropas ni armamentos para proteger tan enorme territorio.
Basta hacer un viaje desde la costa hasta la precordillera para darse cuenta de la inmensidad de este templo inhabitado. Bastaría para darse cuenta que las islas Malvinas siempre han sido un capricho. Y los caprichos no saben de razones. Mucho menos si al frente de las cosas del estado se encuentra un demagogo, un demagogo que hace juego con un pueblo pusilánime. Me refiero a ese año, no a éste. Aunque.
Ayer tuve ganas de enamorarme de una chica de veintiséis. Por qué veintiséis, me preguntaba mientras trataba de llamar al sueño. Trece por dos, me respondía. No, no es eso. Y si no es eso, qué se supone que sea. Una chica de veintiséis, por más que hubiese crecido a la vera de la ruta por la que marchaban los tanques, no tendría memoria de eso.
Quizá fuera como mi hermano, que hace algunos años, mostrándome una página de su libro de la escuela, señalaba un punto del mapa. Estas son las Malvinas, decía, suficiente, acá hubo una guerra. Hace mucho, en los tiempos del Cabildo.

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