Aquellas cosas nuestras
Publicado por jorgemayer en 28 28e Enero 28e 2008
un revuelto gramajo hecho con los ricos materiales de la infancia, que es decir, por ejemplo, la rugosidad de los dedos de mi padre, dedos suavizados a golpes de aceite y sal, al mero efecto de tomar la mano de mamá, tal vez en misa, después del beso de la paz, de la oración comunitaria, por las vocaciones sacerdotales que ya no hay, por la salud de los abandonados, por los privados de su libertad, por la sabiduría de los gobernantes, por el digno ejercicio de nuestro ministerio, por la voluntad de erradicar de una vez y para siempre el mal de nuestras entrañas, como esa vez que nos escapamos con los melli, era la hora de la siesta y el sol brillaba en nuestras espaldas huesudas, marcada por las huellas de una y mil travesuras, y cruzamos el puentecito aquel que unía los dos extremos del único mundo que conocíamos, para agarrarnos a piñas con Fabi, el hijo del manco, y todo por el amor de una doncella que muy probablemente se llamase Vanesa, y que, francamente, no valía la pena en absoluto, pero lo mismo cargamos en nuestros nudillos la sangre y la tierra y el sudor de la carne de un pobre al calor del estío, y le hicimos partido a los Pérez, que eran más y querían revancha y el Cefe salió a cruzar un desborde mío y me taló a la altura del tobillo y de la pierna blanca cruzada por ríos de tinta verde azulada comenzó a tomar forma una saliente, una muralla curva de puntos rojizos, pero me froté como si hiciera magia y dejó de importarme que la muralla creciera porque no me ocurría pensar que mamá mirase debajo de las medias sucias, tonto de mí, que no sospechaba el baño que me aguardaba, pero no sé porque traigo a cuento eso, que pasó mucho después, tal vez al otro día, si en realidad antes nos preocupamos de continuar la gran aventura, no hubo que pensarlo demasiado, un poco más allá de los Pérez, aunque yo tuviese mi tobillo en compota y el resto no estuviese del todo católico, la emprendimos contra el membrillar de la vieja Pepa, yo no sé lo que nos pasaría por la cabeza, tanto así como para al día de la fecha perdurar en el odio infinito e incurable a cualquier cosa que tenga un vago parentesco con el membrillo, nunca nada tan feo, tan duro cuando verde, pero qué dulce el perfume que deja en los labios la fruta prohibida, y más allá, en lo del viejito Navarro, pobrecito, yo que lo había visto mil tardes a la hora en que el sol se ponía salir del ranchito de dos piezas y baño afuera, siempre la cobijita doblada en cuatro y la vianda, con el rumbo puesto hacia un improbable puesto de sereno en la nunca terminada obra del correo, allende varios años después, la muchachada fervorosa perdería la virginidad a manos de Amparito, tal el nombre de la hembra que se encargaba de los bautismos del barrio, pero hoy no tengo apetito de hablar de ella, ya llegará ese día y tendré para él afilada la punta de mi lápiz, tanto como el viejito Navarro la vez que mi madre y yo tocamos su puesta para pedirle prestada una lapicera, una birome, algo que escriba, y él no tenía más útil que una lata cilíndrica, parecida a la que tenía papá para guardar el tabaco y una noche, imprudente, desparramé tanto a diestra como a siniestra, sólo que él la tenía llena de lápices, nunca entendí para que tantos lápices, para que todos con la punta tan delicada que bien podrían haber oficiado de punzones en el ojo de un asaltante, pero no era esa la época de los asaltos, no básicamente porque todos éramos pobres y en todo caso deberíamos de salir a robar a zonas más retiradas, donde los ricos se apiñaban en monoblocks, lejos del verde, lejos de la paz callada de nuestro arroyito que venía gordo en los tiempos de los deshielos, mierda que habremos corrido alguna tarde en que el cielo se nubló de repente con las nubes más negras que vi en mi vida, mierda porque la crecida a lo mejor se llevaba el puentecito, eso decía papa, yo no sé si para asustarnos, para que no nos alejásemos demasiado del alcance de su poder de policía, yo no alcanzaba a entender, pero un día vino el agua y por suerte estábamos, los melli y yo, de este lado, y hasta fuimos los héroes que rescataron a familias enteras y les dimos casa en nuestra casa y pan de nuestro pan a esos pobres diablos que veían como se les venía el agua negra sin piedad sobre los módicos muebles, la mesa y las cuatro sillas, las patas de la cama, las paredes recién pintadas de blanco para matar el bicherío, y el viejo León muerto de pena, él con su mujercita flamante, una veinteañera que hasta hoy se me ocurre atractiva, que le dio dos hijos a falta de uno, dos de un saque y para colmo tan igualitos a él, esos malditos ojos negros con los que yo soñaba en mis pesadillas, y el Faturita, el tipo que silbaba los mejores tangos y se metía en la cama las raras veces en que le daba por lavar el único pantalón que tenía, en la cama todo el tiempo que el sol se tomaba hasta secar los únicos treintayuno decía mamá y yo no sé de dónde le venía a ella la idea de otros treinta, entonces a papá le daba por remedarla y ella se crispaba, permitía que de su boca escapasen improperios de todos los colores y él se acercaba a ella despacito y le rodeaba los hombros con su brazos de titán y ella se encogía cuando las rugosidades de esos dedos antes del aceite y la sal, de esos dedos que querían quererla y ella tan suelta diciéndole algo me estarás por pedir y ahí nomás le pedía algo, y yo me apartaba con tal de no escuchar, no fuera cosa que me enterase de asuntos que no debía.
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