días.de.darcy

Icon

blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

La luna y basta

Otra vez me desvelé. Podría echarle la culpa Fringe, a los ojos de Ann Torv, acaso los más hermosos del mundo, pero eso sería igual lavarme las manos. No estoy en ese plan. Por eso es que no había sonado el despertador y yo estaba dando vueltas en la cama, dale que dale, los ojos de Ann Torv, los crímenes de “el patrón”, los misterios de Peter. Los míos. Pero no estoy en ese plan. Todos los misterios son míos. Por qué, ya que estamos, no puedo dormir bien por las noches.
Pensé que debería correr el colectivo, pero llegué a tiempo. Demasiado. El chofer parloteaba con el tipo que vende diarios. Los vende, digo, pero a esa hora, cuando la mayoría de los pasajeros de la estación son empleados públicos en duermevela, su servicio consiste en prestar el diario. Viene una vieja, le hace la seña de rigor, el tipo toma un ejemplar, la saluda, le da el diario. La vieja relojea las policiales. Después viene un tipo interesado por los deportes. Nunca falta el papanatas preocupado por la política. Yo pizpeo los titulares, siempre en letras de escándalo, siempre triviales.
O sea que el chofer leía el diario, lo comentaba en voz alta, lo que, según tengo observado, no es una particularidad que le sea propia. Hay mucha gente que no puede sino compartir su interés por las noticias y contarlas a su manera. De eso, creo, va el periodismo. No hoy, porque estaba viendo Fringe, pero sí ayer, lo recuerdo claramente, el locutor de mi radio favorita decía, casi con desgano, hoy casi no hay noticias. Macanas de él: había muchas noticias, sólo que pocas, ninguna, eran de su interés. Cinco de la mañana, como todos los días, un tipo como yo, sólo que en vez de conciliar saldos deudores y acreedores le las noticias que trae el diario: tuve ganas de abrazarlo, a mí suele pasarme eso de no tener la menor voluntad de hacer mi trabajo.
Eso mismo le pasaba al chofer. Menos diez clavadas, el tipo lo más pancho leyendo el diario, yo en la fila, a escasas seis plazas del estribo, un libro de Vila-Matas bajo el brazo, Exploradores del abismo. Lo encontré hoy, de casualidad, mientras hurgabas debajo de la cama en pos de mi escaso par de zapatos. Me lo compré en el Parque Rivadavia hace cosa de dos años. Debo haberlo leído, pero no recordaba si lo terminé. Entonces, pensé, no estaría mal empezarlo. De hecho, un libro de relatos como este, un libro cualquiera de Vila-Matas, se lee a los saltos. Allí reside del deleite, en suponerlo infinito. Pero me daba pereza abrirlo en plena fila. Parece que uno quisiera hacer roncha ante los salames que len el diario por arriba. Parece que uno la fuera de profundo, cuando en realidad no tiene un peso y medio para gastar en diarios, ni confianza con el diariero para mangárselo cinco minutos y acaba de encontrar de casualidad, en los bajos de una cama destartalada, un libro que recuerda haber leído sólo a medias.
Cuando el chofer se decide a subir deben faltar tres minutos para las siete. Lo digo al tanteo. Camino dos cuadras cuesta abajo hacia la terminal. Puedo medir el tiempo en el largo de mis pasos. Salí con lo justo, caminé sin prisa, llegué a tiempo, él tenía fiaca. Siete menos tres minutos, yo también tengo fiaca.
Anoche, en pleno insomnio, volví a pensar en Inland Empire. Tres horas de de caos, apenas uno hace pie, caen los títulos. Buen argumento para repeler impulsos suicidas. Todavía no hago pie en esta vida, ¿con qué jeta podría retirarme ahora mismo de ella?
Cuando subo, busco mi asiento, contra la ventanilla izquierda y abro el libro. Vila-Matas confiesa estar vacío de este libro. Escribe sobre el vacío hasta quedarse vacío. Los exploradores del libro coquetean con la nada y el todo que supone el vendaval que pare eso que llamamos creaciones. Creatura. Invoca Kafka y lo odio por eso; a su enfermedad, lo que me deja impávido; a las cosas que escribió cuando joven, lo que desata mi envidia.
Hago una pausa, salgo del libro. El chofer está parado casi a mi lado. Se queja de que no le han pagado el boleto. Sin boleto, no podés viajar, dice, pero no a mí, que tengo mi boleto en el bolsillo y apenas lo atesoro porque hoy me ha tocado en suerte una frase sino reveladora al menos digna de comentarla en la oficina: un conservador es un hombre demasiado cobarde para luchar y demasiado gordo para huir. Pienso que toda la vida he reputado conservador a mi padre pero más por relación filial que por ideología. Yo soy el que está demasiado gordo para huir. El ha sido mil veces cobarde.
Ayer discutía con un compañero de oficina sobre los modos de escribir la vida. Hablábamos del libro de un amigo mío; cuentos, todos buenos menos uno, realmente muy malo, lo que par un libro de cuentos roza lo excelente. Le digo que las historias son valiosas pero la ejecución es torpe por momentos. Que le envidio las fuentes. Yo me la pasó acá, sin ver la luz del sol; es natural que escriba sobre ambientes opresivos.
Me cuentan: hay un tipo que usurpó la casa que le alquilaba a un inquilino que no le pagaba. Aprovechó la volada, cambió la cerraduras y chau. El inquilino tenía a su nombre los servicios: gas, luz, agua; se los cortó todos. El dueño-usurpador se quedó, atrincherado, sin servicios. Al poco tiempo perdió el trabajo. Su casa es ahora una tapera. Pienso: qué bueno y no escribo nada al respecto.
Me cuentan: un fulano y una fulana quedan embarazados. No eran novios ni nada y de la noche a la mañana pasaron a vivir juntos, ella, él, la hija de ella y sus dos perros. No se llevan a la perfección pero tienen la situación más o menos controlada, salvo por uno de los perros. Se supone que el animal está celoso. En plena noche caga al lado de la cama. Del lado de él, por supuesto. El se levanta, pisa la mierda, putea, limpia y piensa que hay que deshacerse del perro. Ella, comprensiva, consigue un líquido que inhibe en el animal el deseo de marcar el propio territorio. El perro se siente un exiliado. Se rasca el cogote hasta sacarse sangre. El veterinario dice que está deprimido. A ninguno se le ocurre qué hacer. Yo digo qué bueno, pero no puedo escribirlo.
He dicho de mi padre que mil veces se ha portado como un cobarde. Pienso: ¿y quién no?
El chofer no quiere arrancar. Amenaza con llamar al supervisor. El pasajero insolvente no se mueve de su sitio. El chofer toma su teléfono y marca un número. ¿Estás muy lejos de acá?, pregunta, es que tengo un problema.
El chofer acaba de reintegrarse después de algunas semanas. Estuvo de baja por las lesiones que le provocó un accidente. En la ruta, un borracho imprevistamente se cambió de carril y dio de frente contra la unidad que ahora yace en un cementerio de chocados a mitad de la ruta. Durante unos días sentí angustia por él, al cabo uno que, como nosotros, se levanta las cinco de la mañana para hacer un trabajo que no le gusta. Alguien me contó que vive en una casita en las afueras. No tiene luz ni gas. Cada vez que pienso que hoy se bañó con agua helada me corre un escalofrío por la columna vertebral. A veces lo saludo y responde; otras no. A veces no lo saludo y me deja en evidencia. Todo depende del humor con que lleve esa mañana.
Uno de los relatos de Vila-Matas, me río, habla de un tipo que viaja siempre en el mismo colectivo. Según él es un ladrón de historias, de gestos, de frases. Me río porque acá la gente es por demás gris. Nadie habla con nadie. La mitad del pasaje va dormida; la otra mitad está muerta y en esa fe nos vamos educando los habituales del 26. Un día te querés acordar y se sentó a tu lado la más linda del colectivo, lástima que no tenés nada par decirle, salvo “¿me das permiso? cuando te estás por bajar y la chirucita te hace lugar para que pases y vos sabe dios por qué le das un leve puntapié. Durante medio segundo pensás que sería sano darte vuelta par pedirle perdón pero tenés miedo de perder tu parada allá en la esquina y pensás que fue una pavada sin intención, que ella no tiene ningún derecho a que vos te rebajes al punto de pedirle perdón. Y te bajas sabiendo que jamás la piba más linda del pasaje va a sentarse a tu lado.
Suena el teléfono del chofer. Tiene como ringtone una canción de Paloma San Basilio. Guardo mucho cariño para la música que le gustaba a mi madre. Puedo reconocer cualquier canción al segundo acorde. Debe ser el supervisor. Ojalá se apurase.
Este chofer, este mismo, ningún otro, me llevó gratis una vez. Siempre me he creído buen tipo, aunque sé que muchas veces me comporto como un imbécil y soy de los que piensan que si un amigo se comporta como un imbécil, antes que amigo, es un imbécil. Esa vez, hace mucho ya, le mostré que tenía la mitad de las monedas, que se las daba y él me dijo que me dejara de joder. O pasá nomás. O no levantés la perdiz y yo me senté en un asiento sobre la ventanilla izquierda, me quedé piola. En secreto, fui feliz.
Llega el supervisor. También lo conozco. En mis años poderosos, él también se codeaba con lo más granado: era chofer un altísimo funcionario, se cogía a mi jefa, me saludaba. Ahora es una especie de patovica en una empresa que se cae a pedazos, quizá una vez al mes se coja su señora, no me saluda.
¿Por qué no querés pagar?, le dice al pasajero insolvente. El tipo atina a decir que no tiene plata, que está allí porque el chofer lo dejó subir, que tiene que ir a trabajar.
Vila-Matas anotó un par de tonterías sobre Kafka y eso de explorar el vacío. Es joda. Ni Kafka ni él deben tener ni pálida idea de lo que es hurgar en una billetera vacía cuando hay que pagar los tres morlacos para viajar.
El tipo se baja. El colectivo arranca. Me detengo en una frase del libro: la luna es la luna y basta. Sí, a la luna poco le importan los pasajeros insolventes, los perros celosos, los golpes del agua helada sobre una espalda desnuda.

Archivado bajo:-doc-, Espasmodia

One Response

  1. Rítmico. De esa cotidianidad que nos arrincona por momentos o nos revela algo muy subrepticio. De todas esas cosas rabiosas y disconformes.
    Pequeños acontecimientos que leí sin distraerme. Ea, pienso. Así van los ritmos.

    Fander, te envío un salute al ras de la madrugada.

Leave a Reply

CATEGORÍAS

Archivo