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blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

There, there

A Puck, el compañero
que nos adelantó en el camino

El miércoles vi Inland Empire, la última película de David Lynch. La tenía en agenda desde hace rato, pero sólo en estos días me he sentido preparado. Lynch, se sabe, en sus mejores trabajos se esmera en complicarnos la vida con rizos y rizomas; de manera que, para disfrutarlo, uno debe sentirse de manera especial. Debe prepararse para lo mejor y para lo peor. Su marca de calidad está en todas partes, pero al mismo tiempo, o acaso por eso mismo, pisamos el fango de lo tenebroso. Se ruega a los señores pasajeros que ajusten sus cinturones. Esto que sentirán será terrible y tal vez, sólo tal vez, valga la pena.

Pero ¿cómo se escribe sobre Inland Empire? Se trata de tres horas de narración caótica en la que, al menos en apariencia, accedemos a tres niveles de realidad. Una mujer llora ante la película que ve en pantalla; hay el rodaje de la remake de una película maldita, que es la que mira la primera mujer; y hay, en paralelo al rodaje de la película, una especie de vía crucis que tiene por personaje central a la actriz que protagoniza la remake maldita. Hay vasos comunicantes entre las tres capas, pero Lynch, fiel a su estilo, no hace más que confundirnos cada vez un poco más.

Los diálogos inconexos, las imágenes tomadas con una cámara de baja definición, la galería de personajes siniestros, el montaje enrevesado, la música que martilla sin tregua, la anárquica suma de detalles que no vienen al caso, operan por saturación. Si el espectador se toma un respiro, sobre todo en la segunda mitad de la película, cuando la fatiga se hace sentir y el dolor en el músculo que Lynch aporrea, la pregunta que se impone es ¿qué se supone que sea esto que estoy mirando, que me lleva de las narices de abismo en abismo? ¿qué es? ¿cómo se llama? ¿cómo se explica?

Hay una o más tragedias y uno o más rostros del horror; hay un destino: una mansión en Pomona en la que vive una mujer amputada junto a un mono. Hacia allí nos dirigimos, sabedores de que la tensa paz que allí se respira se trate tal vez del último de los círculos del infierno.

Mucho se ha escrito sobre el final de Los Soprano. Poco es lo que tengo para agregar yo, que todavía tengo fresco en mi retinas el recuerdo de ese maldito fundido a negro con el que todo se acaba, y cuando digo todo digo también los tres finales posibles, esperados, para los que nos vinimos preparando a lo largo de los ochenta y tantos capítulos.

En el capítulo anterior, o en uno de los últimos, ya no recuerdo, Tony conversaba con Bobby, su cuñado, sobre la muerte, qué otra cosa, ¿no? Bobby lucía de lo más sereno cuando decía que no había de qué preocuparse: todo se pone negro, ya no oyes, ya no ves nada. Ahí termina todo.

Entonces, nosotros, los espectadores desprevenidos, vemos ese fundido a negro que sigue a la imagen de Tony, apenas sobresaltado por una puerta que se abre. Chau, pensamos, acá se la dan, y no. No señores. No se la dan. Tony no muere. Los que dejamos de oír las voces, los que tropezamos con la coraza negra, somos nosotros. Acabamos de morirnos. Tony seguirá haciendo de las suyas sólo que de espaldas a nosotros. Se acabó lo que se daba y sólo tenemos clavado en los ojos un fundido a negro.

Hay una mansión en Pomona, decía antes, que tiene todas para ser el lugar al que todos (¿todos quiénes?) queremos ir, un consuelo, una esperanza. Tal vez allí podamos poner en orden este caos. Hay una mujer amputada, la actriz de la película maldita, la bellisima Laura Elena Harring, que nos tira un beso volado, una melodía que crece y crece, un tipo, ajeno a todo su alrededor, que no deja de serruchar, caen los títulos, se despliega ante nosotros una coreografía que saluda al poder del señor ¿Dónde estamos? Se reunieron los niveles de realidad justo cuando empezábamos a amigarnos con las partes rotas del espejo siniestro.

El jueves me desayuné con la muerte de Puck, un buen tipo, un compañero de ruta, un entusiasta, al que no tuve la fortuna de conocer en persona. No eran las ocho de la mañana y yo leía y releía la noticia con un solo ojo, que pretendía desmentir el llanto del otro. Era jueves y yo sólo quería contarle al mundo que había visto Inland Empire y estaba maravillado, aunque no sabía por qué.

Es que eso que ha perpetrado David Lynch merece un nombre que le sea propio. Si decimos “eso que hace David Lynch” eso que hace David Lynch morirá con él y no merece morir. ¿Por qué, entonces, no hablamos de metacine, de lo que está más allá del cine? Como aprendí en alguna película, there, there, es lo que uno le dice a otro en plan de consolarlo. ¿Qué podría decirme yo ahora mismo que no sea eso?

There, there. Laura Elena Harring nos saluda con un beso volado.

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