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blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

Hae Puellae

Tengo para Esquel el peor de los recuerdos, lo que se ajusta a su geografía de pueblo venido a más entre cerros que lo asfixian. Siempre hace frío. Quizá el viento no deja nunca de soplar, aunque bien suele suceder que uno vincula el viento a esos sitios en los que no desea vivir. Falsas postales venidas de Hollywood nos han enseñado que la felicidad sólo tiene lugar allí donde el viento no sopla nunca y el paraíso tiene semblante de siempre sol, aunque eso de llamar sol a cualquier cosa, eso de poner frase por medio la palabra siempre, habla de cartón pintado y también, cómo no, de mí. Quisiera encontrar la plaza del centro. Estoy seguro de que se llama San Martín, como todas las plazas en los pueblos, salvo en Trelew, que se llama Independencia, pero es algo que nunca podré corroborar: no tengo a nadie aquí y sabe dios qué tan lejos esté de la plaza, del centro. En otras partes hay el candor en las mejillas de la primera semana de diciembre, pero esto es Esquel y el sol es el pibe más tímido de la clase y la maestra le ha ordenado se siente adelante sólo para oír su voz. Pero no. Figura presente en el parte diario pero nadie sabe gran cosa de él.
Voy al hospital. Deben ser las seis de la tarde. Tuve un par de horas para comer y reponerme de lo acontecido en la mañana, que no ha sido poco. Un vuelco de autos, un puñado de amigos lastimados, el viaje al pueblo desde el puesto de campaña de una constructora vial en una unidad de bomberos, sangre, ambulancias, una camilla que carga el peso en mis hombros de alguien que siempre pesó más que yo, el abrazo derrotado a una amiga en la puerta del hospital, a sus lágrimas de la más pura impotencia y el horror al horror mismo. Ahora apenas tengo idea de los puntos cardinales. Aquel cerro debería ser el norte, tal que una caminata de veinte cuadras me llevaría al siniestro vecindario donde se ublica el hospital, un cana en la puerta. Por la mañana, para mi ataque de nervios, el cana ofreció un vaso de agua que yo acepté como una postal venida de Hollywood. Nunca lo olvidaré.
Pero el norte no es el norte y no hay ninguna plaza San Martín que salga a mi encuentro y camino las calles en zigzag con tal de arrimarme a los carteles que anuncian el nombre de las calles, como si pudieran decirme algo entre todas estas caras extrañas. Al fin, un conocido, ¿dónde vas?, ¿al hospital?, ¡me estás jodiendo!
El pueblo asfixiado entre los cerros, la pizarra muda mira a los ojos al alumno de ojos ausentes, el más solo de los lugares de este mundo.

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