¿Habrá tomado los remedios? Es lo primero que uno se pregunta. Bah, lo segundo en realidad. Lo primero que uno piensa cuando el teléfono suena a esa hora es quién carajo será. Acto seguido, o en el mismo acto, yo qué sé, apenas superada la intriga y puesto nombre y apellido a la voz que dice ¿holá?, se impone hacer de la urgencia un hecho objetivo. Por un lado uno desea que lo peor haya sucedido, no sea cosa que los duendes del sueño hayan sido decapitados por una tontería pero al mismo tiempo hay un deseo, no sé si más fuerte, o más débil, en todo caso un deseo concomitante de que el llamado tenga por fundamento una excusa baladí: nada, no sé, ¿cómo andás vos?, tenía ganas de escucharte y pensé cuánto hace que no sé de este tipo, qué bueno juntarnos a tomar unos mates, no sé, o alguna cerveza, si es que nos juntamos a la tarde y hace calor. Por una u otra vía, uno, el que atiende el llamado impertinente, está jaqueado, lleno de estupor, la vista puesta en los duentes decapitados, los ojos pegados, la piel bruscamente abandonada del calor de las mantas, aturdido. Sí, ¿cómo estás vos?, dice uno por decir algo. Algo que no sea porque no te vas a la madre que te parió, che, que te costaba esperar para llamar a una hora un poco más católica. Esto no es una casa de familia pero los solos también merecemos un poco de respeto. Es más: si hay que faltarle el respeto a una casa, es preferible que sea a una casa de familia. Después de todo, una casa de familia dispone de todas las comodidades que la obligación genera. Pienso en esos utensilios delicados que uno no tiene a mano. A casa no vengas a pedir prestada una bordeadora. Ni hilo de coser. Ni el diario del domingo con todos los suplementos. So yo, che, dice la voz, ¿podés venir?. ¿Ahora?. Sí, ahora mismo, y pedí una ambulancia. ¿Qué?. Sí, una ambulancia, que me está sangrando la nariz. Y entonces pensás que es tu viejo y que los años no vienen solos y que lo peor del caso es que eso que traen los años es una especie de malón que barre con todo lo habido, la sensatez en primer lugar. Bueno, ya salgo para allá, pero vos ¿estás bien? Sí, querido, no creo que sea nada para preocuparse, pero no demores. Y uno sale, medio con los pantalones en la mano, pone la llave en el encendido de la catrasca que tiene por auto y comprueba que no tiene casi nafta. Y que no ha pedido la ambulancia. Entonces, perdido por perdido, vuelve, toma el teléfono y pide una ambulancia. ¿Es una emergencia, señor? Sí, una persona mayor, una hemorragia, sí, la nariz, señorita, y de inmediato se da cuenta de la estupidez que significa pedir una ambulancia sólo porque a alguien le sangra la nariz. Ella se despierta y alarmada por lo que acaba de escuchar dice esperá, lleva algodón y agua oxigenada, eso es santo remedio. ¿Sí?, dice uno, incrédulo, a la par que decide que no va a cargar nafta, porque en una de esas hay que hacer cola y estamos en medio de una urgencia. A gatas, con esa meadita de gato que había en el tanque y no sin antes haber puteado por no haber cargado combustible la noche anterior, y comprado puchos y forros, uno llega y no repite la costumbre de llamar a la puerta de la casa del padre con dos golpes sino que entra, directamente, que no es este el momento de guardar las tradiciones y apenas abierta la puerta ve al paciente en medio de un cuadro que bien podría ser el de alguno de las películas de Polanski. Hay sangre por todos lados. El paciente echó mano a sábanas, toallas, servilletas, pañuelos, y la sangre allí, en todo su esplendor, manando, parsimoniosa, de la nariz. Pero papá, esto es un horror, decís vos, por decir algo, y le das con algodón mojado en agua oxigenada, total, la ambulancia tan rápido no va a atender al caso del hombre mayor con hemorragia nasal. Tenés ganas de echarle la culpa y apenas lo mirás. Desde ayer a la tarde estoy así. tenés ganas de decirle que ningún cuerpo puede estar doce horas sangrando. Ni siquiera pude dormir. Y al rato, en la clínica, el médico te asegura que dentro de todo es una suerte que no haya tomado los remedios, sino no la cuenta. Qué importa, pensás y no tenés a nadie para decírselo. Pensó que solita se le iría la sangre, así como vino. Por eso es que la máquina no detecta el pobre score de la presión arterial. Ser viejo, che, es no tener buenas noticias para dar, le comentás a otro, un amigo, alguien que pasaba por ahí, y pensás en los duendes decapitados. Qué va a llamar, pensará que estoy más que ocupado con mi chica y que él es un estorbo a mi diversión, una carga. Y en efecto, che, si no hay buenas noticas para dar, ¿para qué llamar?
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