Siempre desconfié de la corrección de textos. Hay una parte higiénica, digamos, que se endereza a cortarle las alas a la libertina conjugación de un verbo, que pone los acentos en su sitio -y en ningún otro-, que vuelve a su lugar a las letras bailarinas, tan amigas de posarse allí donde no deben; pero hay otra fase de la corrección, malsana a mi entender, que pretende arrancar a lo escrito, al objeto parido por el escribiente, del tiempo al que pertenece. Mañana a la tarde, después de comer, pongamos, yo podría sentarme a revisar esto que escribo a las once y media del primer día oficial de la primera y no sería lo mismo. Afuera no estaría levantándose la helada que nos visitó anoche, yo no tendría los dedos duros. Yo estaría sentado ante mi propia máquina, con su lógica caprichosa en la distribución de las teclas, y no en esta, la de la oficina, harta ya de trajinadas inútiles, de chats a destiempo, de correos de los que hube de arrepentirme un instante después de darle al send. Y me odiaría por hacerlo. Quiero decir: es sano -y hasta estimulante- emprolijar lo que uno hace, pero eso otro, la vocación delictiva de volver al lugar del hecho al mero efecto de borrar las huellas, me hace ruido. Debo ser un estúpido por manejarme así con la vida y doblemente estúpido por contarlo con aires de apología, como si fuera algo digno de imitarse. No digo que no, qué va, tampoco que sí. Soy un tibio, ni falta hace que lo diga.
Pero esto viene a cuento de otro texto, uno que ya nunca verá la luz del sol. Lo escribí en esta máquina, la de la oficina, huyendo del pegajoso sonido de un disco de rock argentino y de testarudos teléfonos que nunca dejan de sonar y de visitas de extraños que vienen a reclamar lo que se les debe, cosas así. Nadie me creerá, pero al momento de concebir ese texto, al empezarlo, no sabía donde me conducía.
Marchaba briosamente pero con todo el ánimo de extraviarme y loco de contento estaba cada vez que cerraba una parrafada y no me atacaba el deseo de volver sobre cada uno de los renglones para comprobar si, alla Stevenson, todas las palabras miraban en la misma dirección. Yo no pienso en las palabras, sólo pienso en la musa; que ella se ocupe de las palabras, que para eso yo le rindo pleitesía.
Pero a medio camino en el texto, dejé mi ubicación y salí a fumar un cigarrillo. Volví y en la pantalla de mi máquina me saludó el logo de windows sobre fondo negro. Me lamenté por letras echadas a la nada, pero apreté los labios y dije: si esto estaba dentro de mí hace media hora, no hay razón alguna, ni siquiera un cigarrillo, para que esas vaguedades no sigan estando allí, tal vez en otro orden, tal vez con alguna merma, como si en mi casa hubiese recibido en mi ausencia la visita de funcionarios judiciales en plan de allanamiento. O un asalto, que es casi lo mismo.
Y no. Podía recordar cada uno de los tópicos pero el texto me resultaba esquivo. Es la lógica del saltimbanqui. Un pájaro comió las migas que fui dejando en el camino. ¿O habré sido yo, maestro? El consumoo de nicotina, dice la prensa, inhibe la generación de la hormona que sirve a la costrucción de recuerdos. Como si la memoria fuese una casa y cada una de estas hormonas, sujetas al desgaste, a la polución, al paso del tiempo, fuese un ladrillo. Y cada ladrillo gastado, un objeto a remplazar por otro igual, un poco más nuevo, justo ahora que la fábrica, por culpa de los afanes tabáquicos, trabaja a reglamento. Será.
Hablaba del fin del invierno, de una película española -La teta y la luna- que no es buena pero me hubiera gustado dirigir. O producir. O escribir. Ya que no actuar, porque en todo caso yo soy el niño ese, el de la película, que anda por la vida buscando la teta de la que intempestivamente fue privado. De lo mucho que me gustan las chicas con botas. Del efecto que provoca en mí el fin del invierno, la infausta fecha en que dejan de verse en las calles, las orondas chicas que abrigan sus pasos en botas. Y de una incursión en el jazz, You must believe in spring, de Bill Evans y su banda, que merece la pena escucharse largo, vaso de whisky en mano, en particular el track conocido como Suicide is painless, que a veces le viene a uno de perillas. Y que bien se merece este título.
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Un numen, una musa. Y buscar alguna señal en la construcción espontánea. Podría ser la imagen de unas botas en movimiento mientras resuena You must believe in strin. Y olores, quizás. O todo eso, o nada de aquello. Sólo un estímulo inusitado. Un impulso y la cadencia del jazz, mientras ves cómo amanece.
Grandes salutes Jorge.
Suelo ver cómo amanece por la ventanilla del colectivo que me trae a mi trabajo. Echo de menos, cómo no, la dulce época de la vida en que el día me sorprendía en las páginas de algún libro más o menos simpático. No hay hora mejor en lo que queda del día.
Como siempre una gran entrada. Lo de la prosa acomodando las letras me parece la metáfora justa para el que escribe sin ánimo de lucro, para el que siente que escribir es algo que te nace y te satisface, que cumple un ciclo reproductivo a nivel mental. Los otros, los que usan editores, los que se pasan horas y horas pensando cómo quedará mejor un párrafo o dónde colocar el gancho para que el lector sonría o quede atrapado me suena más a escenario hollywoodense, a comida chatarra, o simplemente a éter, sí, a algo que no es nada, tan solo nada.
Un abrazo, Jorge.
Agradezco tu generosidad comentaril, Miguel.