La vez que tuve trato con un pibe tartamudo, perdí. Un libro, no gran cosa. Un buen libro. Me gustaría tenerlo, repasarlo de vez en cuando. Me gustaría que ocupase un sitio en mi biblioteca, porque era un libro de esos que da gusto leer; pero ya lo había leído y el destino de esos libros, los ya leídos, es, creo, la biblioteca de otro, un hueco por llenar. Acabo de acordarme de él. Oía a alguien en el teléfono. Hablaba a los gritos. Al rato se excusó. Dijo que del otro lado de la línea había un tipo que quizá estaba en el subte o que por alguna otra razón no podía escucharlo con claridad. Por eso gritaba. Me dio por preguntarle: cuando charlás con un tartamudo, ¿te ponés a tartamudear? Pero no me quedé con eso. Después de todo, como humorada, era de lo más pedestre. Y fui a preguntarle a alguien que trataba con un tartamudo. Se sorprendió. Me pregunto: ¿Es que nunca charlaste con un tartamudo? Y la verdad es que yo no he charlado jamás con ningún tartamudo, salvo, claro, con este pibe, al que yo conocí como Adrián. Hablás, me explicaba, y a los cinco minutos de charla ya estás tartamudeando vos. Inútil anotar que en esa situación uno pasa a sentirse un estúpido, me decía. ¿Y por qué lo harías? volví a la carga, ¿por solidaridad con él? Mucho después de Adrián y el libro robado, alguien me contaba sobre él. Lo conocí en el noventaydós. Tomábamos clases particulares de algo, de física, si no me acuerdo mal. En eso entra una piba nueva. Dice llamarse Andrea. O Natalia, qué importa. A todo esto, se incorpora Adrián, como para darle un beso a la nueva compañerita y, a modo de contraseña, o como para entrar en confianza, deja caer su nombre: Esteban. Al rato, cuando los ecos de la clase y de la nueva compañerita se acallaron, alguien le preguntó. ¿Esteban? Y Adrián dijo: Sí, es mi segundo nombre. Si quiero decir Adrián, tartamudeo. Cuando quiero que salga de una, digo Esteban.
Archivado bajo:-rtf-, Espasmodia