Hay un día en la vida en que uno no sale de la cama. Se queda ahí, mirando. El sol sale, el sol se pone. Eso no se mira sino que se adivina en los contraste, en la claridad que insiste en colarse por las hendijas de la persiana. Y una cama, claro, y un tipo que no quiere salir de ella, más que claro, que se mira las manos con extraña satisfacción, siguen allí cuando podrían estar en cualquier parte, en París, qué sé yo, apaludiendo a rabiar un saque ganador, o en Camarones, pongamos, donde el mar es más mar y más azul, mensurando a tientas la temperatura del agua. Y sin embargo, decía, siguen allí, pegadas a un brazo, que es decir a una comezón que nace del codo y busca la mano que pelea contra ella, la mano de un brazo opuesto, aunque más no sea sólo en apariencia, y descubre, porque el brazo no es lo que se dice un tonto, que la vida ocurre de a pares. Este brazo tiene sentido en la medida que, llamada a comparecer la comezón, la que nace en el codo y busca una mano, no la vecina, sino otra, cualquiera, ajena y experta, lo asiste otro brazo que acaba en una mano ajena y experta a la hora de componer comezones. Y el deseo de tener deseos. Hay algunos libros en esa biblioteca a medias que es el ropero desvencijado. Y hay un buen catálogo de films parar mirar en la cartuchera de discos. Y tan pocas ganas de sacar la mano primero, el brazo todo después, para dirigir la mano al ropero desvencijado, a la cartuchera de discos, para procurarle al cuerpo el maná de esos cuerpos extranjeros, que alguna vez también habrán sido promesa y amenaza, ganas en pugna con el deseo de tener deseos y su natural antagonista. Pero al mismo tiempo, ocurr el dolor. Es ligero, un pestañeo, súbitamente nacido en el cuarto dedo del pie derecho y del repaso de las circunstancias que pudieron procurarle al dedo a la molestia ninguna hay que merezca la pena figurar en el cuaderno. Cuándo fue y por qué razón que el pie duele, el derecho, en su dedo cuarto, porque el para qué está más o menos claro: es preciso salir de la cama para tomar la medida del dolor, para ver si hay herida o hinchazón, para encontrar algo que sea digno del cuaderno, la ínfima circunstancia que movió a ese dedo, el cuarto del pie derecho, a erigirse en el epicentro de un dolor hasta ahora sin motivos. Después el cuerpo tibio saldrá de la cama. Lo hará por rutina. Sin rezongos. Y el pie derecho, sólo con tal evadir el dolor ese que reside en su dedo cuarto, dejará de pisar como es debido y por aquello de su solidez, por no ser como el agua, idóneo para tomar cualesquiera de las formas siempre que no duelan, la molestia trepará hasta el gemelo, hasta la preocupación, hasta el marcado desnivel de una pierna con la otra al caminar. Y, preguntado por la dolencia, el rengo no sabrá lo que responder.
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