El que quiera jactarse de haber visto todo Woody Allen no puede perderse Wild man blues, el documental que Barbara Kopple filmó a propósito de la gira europea de Woody y su banda de jazz.
La música que toca Woody, es bueno decirlo de una, tiene algo de fiesta cavernícola, pero no por eso es menos grata al oído.

Siempre me gustó aquello de que Woody Allen no asistía a la ceremonia de entrega de los Oscar porque se hacía el día en que él tocaba el clarinete. Nunca me lo creí del todo hasta que hace no demasiado tiempo di con un par de discos de la banda. ¡Y lo bien que sonaba!
O sea: actuar, dirigir, escribir libros (más allá de que a mí al día de hoy todavía no me ha gustado nada que el buen Woody publicara con forma de libro) y encima tocar el clarinete huele a exceso, pero el tipo es un artista cabal, con todas las letras, y si toca el clarinete del modo en que lo hace es porque no puede evitarlo. Rompe el envase que lo contiene. Es -derechamente- un elogio de la desmesura.
Entonces lo vemos a sus anchas, marcando el ritmo con el pie, agradeciendo los aplausos con la voz titubeante que hemos visto ya en tantas películas, o retraído, agobiado por los fans que bajo cualquier pretexto se acercan a manifestarse incondicionales y admiradores, y también en la intimidad, en compañía de Soon Yi y de su hermana, en compañía de unos padres que, a poco de verlos actuar le pintan a uno esa imagen desagrable imagen que es propia de cualquier padre.
La épica toma por asalto la escena en Milano, cuando, en pleno show, se va la luz y la banda, después de un instante de desconcierto general, sigue tocando. Casi como la orquesta del Titanic y el humor, más adelante, cuando Woody exhibe, sin orgullo, la placa que los bomberos de Milano le obsequiaron a propósito de tamaño evento. La excusa es haber salvado un par de centenares de vidas, pero el tipo no hizo nada, sólo siguió adelante con su show. El padre de Woody, más bien corto de vista, leerá crazy Woody allí donde dice grazie Woody y la madre, bicho singular como pocos, le reprochará no haber sido farmacéutico, no haberse casado con una jovencita judía, y cosas así, que sin pretenderlo iluminan el por qué de la tristeza del artista.
Hace poco, en una de mis series favoritas, Lie to me, alguien dejaba caer el dato, tan apócrifo como revelador, de que, a igual de formación y equipo, los bomberos estadounidenses mueren en proporción de ocho a uno frente a cualesquiera otros. En Estados Unidos, dice alguien, hay un complejo de heroísmo.
Sin embargo, pienso, el heroísmo bien entendido ve su estirpe mancillada con tanto sacrificio inútil porque no hay heroísmo mejor que hacer eso que a cada uno le toca, sin pena ni alharaca, en homenaje a la misión que al tiempo de los dones, otro eligió para cada quien.
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