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blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

Los nombres y sus cosas

De golpe lo veo al Negro, el de siempre, tan distinto, el de antes. Quiero decir: es el mismo, el par de tajos en la frente, el pelo crespo cortado al ras, la napia de boxeador a lo Belmondo, pero otro: el pelo ceniciento y los ojos cansados y la gola tremebunda de las noches de la radio hecha pedazos, un fantasma de aquella otra que aligeraba las madrugadas de los caídos en desgracia, de los camionerios y, por qué no, la de esos que ahora uno llamaría fans y antes, cómo decirlo, no existían, o sí, lo hacían de otro modo, los seguidores, los habitués, los que no tenían para con el Negro nada que no fuera un cierto cariño, una cierta ternura, acaso nacida de esa voz de manso cañón, de volcán en retiro efectivo, pero que ahora se trae otros planes, como si el tiempo le hubiera achurado el entender, lo hubiese agarrado con saña, con la rabia de muchos años, de los duros y de los blandos, de estos y de aquellos, que te dice Loco, escuchame una cosita, vos no te das cuenta, vos no valorás una mierda, ahora andás lo más pancho, ese pelito larga y la berba, cómo se llama ¿candado?, bueno, la berbita candado, esos pantalones todo rotos, ¿y lo hacés por moda, no?, porque, hasta donde yo sé, a vos no te falta, pero mirate un poco, o querés que te cuente yo. Antes era todo distinto, el pelo cortito, nada de hablar fuerte, eso era cosa de la milicada nomás. No habían los Beatles, toda esta cosa moderna, puro ruido a latas. ¿A vos te gustan los Beatles? Había como demasiado respeto para la gente mayor. Por ejemplo, yo, acá donde me ves, jamás de los jamases, le contesté a mi padre. ¿Y sabés por qué? Porque si le contestaba me rompía la crisma. Así nomás, loquito. Nosotros, ahí donde ahora me ves, viejo y choto, canoso y lleno de achaques, nosotros inventamos la juventud, papito. Ustedes no lo valoran, pero qué sabrán. Para ustedes aquello no significa nada. Nunca lo van a leer en un libro de historia y si lo leyeran qué. Hay cosas que uno no entiende si otro se las cuenta, salvo que uno elija creer y eso es un trabajito. Hay que aprender a creer. Al principio cuesta un huevo. Yo también fui como vos. Ya sé, no el pelito largo, no esos alardes de, cómo se llama, la cosa intelectual, nada de eso, un pibe sencillo. ¿Sabés cómo me decían de chico? Gatiquita. Mi sueño era pelear como Gatica, que era un negro cabeza igual que yo, y mirame ahora. Mal no me fue, ¿no? No me quejo. Hay un montón que quedaron en el camino. No me arrepiento de los años que pasé adentro ni de los que tocaron afuera. De todos aprendí un poco, pero, y esto es lo fundamental, por eso me gustaría que te lo metás en la cabeza: nosotros inventamos la juventud. Si vos sos esto que sos ahora, y de a ratos de jactas, es porque nosotros peleamos y vos ¿sabés cómo? ¿sabés cuánto Ni la menor idea tenés, pendejo. A veces me parece mentira que el tiempo haya pasado y lo que hicimos no sirva para nada, que todavía nos miren de reojo y piensen que nosotros éramos loquitos, pero es cosa de tiempo, un día, y a eso espero verlo, nos van a reconocer como lo que somos. Yo, este y vos, sabés qué, compramos dos boludeces, y salimos a tirar petardos, ¿te parece? Una noche de estas, no hace falta mucho. Me gustaría que sientas la misma adrenalina que yo sentí. La primera salida, esa emoción. Nosotros tres, dos boludeces, un par de horas, ¿sabés qué? Volvemos loco a todo el pueblo, nos mandan gendarmería. Dale, un día la hacemos. Salvo que en eso entre el Gordo, que recién era éste y no el Gordo, que lo para en seco y le dice, para mi desilusión, Negro, dejate de embromar, ya sos grande. Y aparte otra cosita: yo vi el mismo documental que vos.

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