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blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

A cuento de todo y nada

Tengo ocho años. Los domingos en esta casa se mira a Tato Bores. Es una tele blanco y negro. No hay otro canal. Semana tras semana avanza en una cuenta regresiva que yo no sé adónde lleva. Un domingo el cartel dice “faltan siete días para…” y yo pienso en otro programa de tele, Las 24 horas, que cambiaba su anuncio todas las semanas y era siempre de lo más estremecedor. Y llega ese día y Tato brinda y el tablado está lleno de globos, de bailarinas, de música festiva. A lo mejor Tato lleva en la mano una copa de champán.

Tengo ocho años. Las boletas son celestes para las autoridades nacionales, verdes papara las provinciales, amarillas para las locales. Se eligen 22 gobernadores. 46 senadores, que sumados a los 254 diputados da 300. Y 600 electores que dirimen quién será el nuevo presidente de la república. Hay algarabía. En esta casa se palpita el resultado con modesta satisfacción. Tengo diecinueve años. Me afeito como para ir a misa. La justicia electoral no tomó mi cambio de domicilio. Hago la fila para votar en la misma mesa que papá. Tengo el pelo largo, soy universitario, escéptico, el pueblo en el que voto ya no es el mío. En secreto, mamá me pregunta. Hijo, ¿cómo se hace para votar en blanco? Camino a casa papá se confiesa: es la primera vez que no meto la boleta completa. Corté, yo por este hijo de mala madre, después de lo que nos hizo, no voto.

Tengo treintaycuatro años. Se me cae el pelo. Soy más escéptico que universitario. Formo parte de lo que llaman mano de obra precarizada. Vi pasar abstracciones insultantes como: obediencia debida, punto final, hiperinflación, indulto, plan bonex, bunge y born, siemens, somisa, hipasam, convertibilidad, ypf, diputrucho, hiperdesocupación, blindaje, megacanje, déficit cero, default, devaluación, pesificación asimétrica, skanska, austral construcciones, casino club, fraude electoral, confiscación de los ahorros previsionales, genocidio estadístico. A un tipo lo votan para esto y asume en aquello. Un tipo vive acá y se presenta a diputado con el domicilio de su abuelita. Adelantan porque tienen miedo, adelantamos porque somos previsores. Me voy con éste porque aquél es un traidor. Este es un traidor pero tiene 27 mil fiscales. El que no tiene fiscales no gana. El que no tiene plata no gana. El que no gana sangra por la herida.

Yo no sé por qué no se vota todo de una vez, seis años para todo y al carajo, dice un viejo. Yo no sé por qué no adelantan las elecciones para el domingo que viene, dice otro. Si pierden, ¿se van?, pregunta un despistado. No, pero si pierden la cosa se pone peluda, dice otro. Entonces, si ganan, ¿vamos a estar bien? Y bien, lo que se dice bien, no creo, dice el mismo.

Tengo diez años. Bajan de un auto, llaman a la puerta. ¿Está tu papá? No, no está. Son los del partido. Andan buscando gente para llevarla a votar. Papá oye la conversación y me pregunta: para qué mentís, ¿no ves que en lo mejor a mí se me escapa un pedo? ¿y qué les decís después? La próxima les decís que ya fui a votar, que vamos bien, el triunfo es nuestro, que es lo que tu finado abuelo les decía a todas estas mierdas. Diez años, ya sé mentir. La próxima vez lo hago mejor.

Tengo treintaycuatro años y ninguna esperanza. Me acuerdo de todo aquello, las banderas, la gente en el obelisco y me pregunto qué nos pasó. O qué les pasó a ellos, no sé. A mi edad debería sentirme parte y sin embargo sólo me siento estafado. No hay boletas de colores, ni electores. Ya no hay una cuenta regresiva ni una fecha que esperar. Podrá esta gente (esta, aquella, la otra, me chupan todos un huevo) calzarse la pilcha de prócer, posar para el bronce, imaginarse que la posteridad les depara el nombre de una calla, de una plaza, de un puerto. O de un cementerio. Podrá está gente (esta, aquella, la otra, todos me chupan los dos huevos) decir que es mejor que otra (de hecho este país es la prueba viviente de que siempre puede venir algo peor), podrán sembrar el miedo pronosticando el caos o amenazar con que el futuro es de la juventud, de los púberes, de los niños, de los lactantes, de los nonatos. Podrán decir lo que quieran. Pero a mi generación le robaron la política, la discusión. Fue un truco de magos avezados. Ellos (estos, los de más allá, los que no es elegante nombrar) se confabularon. Y lo hicieron. El robo más perfecto de todos.

Nos robaron la juventud.

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