Cuando volvió a preguntarme de qué va el libro, yo por un momento pensé que es una piba de lo más distraída, que apenas si se acuerda lo que ha hecho hace cinco minutos, que es capaz de las mil y una distracciones hogareñas, que es capaz de una tarde llegar a su casa y no darse cuenta que está ardiendo: pero antes que eso preferí pensar que a ella le gusta el modo que yo tengo para contar las cosas. Así que de nuevo, gustoso, voy a la carga. Lo malo es que que ya debería acordarse por qué es que sucede cada cosa. Un día hablé de Holden Caulfield y le dije voy a regalarte ese libro. ¿Sí?; pero muchas, muchas gracias, dijo ella, como si ya lo tuviera en las manos. Ahí pensé que era una tontería anunciar los regalos que planeamos, los que aún viven en un estado de promesa interior. No lo había terminado que ya pensaba: voy a regalárselo. Va a leer a Salinger y se va a dar cuenta de que escribir es mucho más sencillo y más complejo de lo que parece. Que cualquiera puede alinear recuerdos adolescentes y hacerlo de modo interesante. Que no cualquiera puede hacerlo con la misma sencillez que él. El guardián abre puertas. De eso debo haber hablado la primera vez que le conté el libro. Y la segunda, varios miles de litros de agua bajo el puente después, también dijo: pero cómo va a ser un regalo si no tiene dedicatoria y yo pensé, aunque no se lo dije, que es un crimen meterse uno bajo la carnadura del regalo. Yo amo los pocos regalos que me han tocado en la vida porque vienen sin firma. Es preferible afirmar a firmar. El que regala, afirma. El que firma, niega. Pero dije: la próxima vez que me preguntes por Holden Caulfield voy a escribirte una dedicatoria en algún apartado rincón de ese libro. Entonces no me cuentes nada sobre Holden, dijo ella. Entonces contame por qué me lo regalás. Lo regalo porque me gusta hacer regalos. Me gusta regalar libros. Me gusta regalar libros que me gustan. Me gusta gustarle a la gente en los libros que regalo. Es mi modo de intervenir vidas. En alguna serie yanqui vi que le llaman intervención a la visita que hacen los allegados al drogadependiente. Ilusos: creen que alguien puede apartarse de una adicción sólo porque otros van a visitarlo, a pedirle que deje, a enseñarle por qué. Yo regalo el guardián porque todos en algún momento de la vida nos extraviamos en un campo muerto. Y no nos gusta nada. Alguien nos pregunta qué es lo que más queremos en el mundo y no tenemos una punta de algo. Nada, ni para mentir. Entonces se me ocurre que es buen ejercicio ir a la caza de Phoebe. Ella nos preguntará de nuevo. ¿Qué es lo que más querés en la vida? Cuando eso suceda, ya deberíamos tener masticada alguna respuesta.
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Genial… así de simple.