días.de.darcy

Icon

blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

Delicada ninfa vagabunda

Padezco la manía de contar, pero soy de esos que se enamoran de su propio relato, en especial de los desvíos que lo alejan de un punto final, de las digresiones, de los cambios de ritmo, al punto de fastidiar a la gente. A menudo me ocurre que me encuentro en una reunión con amigos, de esas abundantes en comida y bebidas espirituosas, todo el mundo reunido en torno a mí, expectantes, a la espera de que al fin redondee mi relato, y no, siempre le saco una punta más, siempre aparece una finta nueva, un atajo que no figura en los cuadernos de navegación que he revisado. En fin, se trata, creo, de novelas orales. Nadie tiene tiempo de oír una novela en tiempo real. En consecuencia se me acusa de borracho y de vueltero y toda la razón les asiste. ¿Y saben qué? A mí no me importa. Más preocupado estoy por ciertas batallas que se dan en mi cabeza.

Me pregunto, por ejemplo, ¿no será que desprecio mi lugar en el mundo, la parte de la historia que la historia ha querido para mí? Empecé a pensar eso una tarde calurosa. Escuchaba una canción de Babasónicos, Fox, esa que dice: delicada ninfa vagabunda, y caí en la cuenta de que la palabra ninfa no acusa el trajín cotidiano que sufren, por caso, mis camisas, el teclado que ahora mismo aporreo, la piel de mis dedos gastada de veranos, el aire que respiro, la salud de los enfermos, y de inmediato pensé en ella, la recordé vivamente. ¿Así que yo también fui una ninfa? Eso me escribió alguna vez a vuelta de un correo en el que yo le mostraba el lado asoleado de esta vida que traigo a los tumbos. En efecto: en esos días ella era una ninfa, una profesora jovencita, de las tantas que abandonaban la cuna de sus estudios con la idea de forjarse un destino, y caían a ese punto amarillo que en el mapa ha sido mi pueblo. Lástima que yo apenas tenía trece años y, lo mismo que ahora, no estaba en condiciones de formular una oferta que la tentara. Lástima. Era profesora de historia, jovencita, con ideas renovadoras, y se le había puesto en la cabeza que quería que ese año encaremos la titánica empresa de escribirle una historia al pueblo, algo que nadie había intentado antes, de modo que no había libros que consultar, sino documentos dispersos que rastrear, voces a las que oír y un puñado de adolescentes en plan de jarana a los que convencer de lo grandioso del proyecto. Puedo decir que el trabajo fue de provecho. O que al menos la pasamos bien en el intento.

Lo único que hacía ruido era el jovencito que se sentaba  adelante y siempre traía a colación un tema que dispersaba al resto de la clase. Cada uno de esos martes, el jovencito de la primera fila trajo las nuevas de lo que sucedía en Europa. Corría el año ochenta y ocho y los hechos se sucedían, vertiginosos. El muro, por su propio peso, se derrumbaba. Ya nada sería como hasta entonces, pero ¿cómo abordar la Historia si las historias no dejan de eslabonarse? Qué interesante, decía ella a cada nueva aportada por el jovencito de la primera fila, pero no nos dispersemos, ya habrá tiempo para ocuparnos de eso. Ella no tenía manera de aproximarse a lo que sucedía dentro de la agitada cabeza del chico. El, secreta, paciente, obstinadamente, articulaba cada nueva como si edificara una catedral. Pero nunca manejó bien los tiempos. El ciclo lectivo acabaría pero todavía no el nuevo gran capítulo de esa historia, y el año ochenta y nuevo traería en sus alforjas un nuevo plan de estudios, un nuevo profesor y el tedio resurgido de las cenizas.

Yo creo que desde ese momento el jovencito aquel empezó a tomar idea del rol que la historia le asignaba. El muro, en su convicción, no cayó por la debacle de un sistema político. Nada de eso. El muro cayó porque él estaba enamorado de su profesora de historia. O mejor: el muro cayó porque él necesitaba un tema de conversación.

Archivado bajo:-rtf-, Amarcord

Leave a Reply

CATEGORÍAS

Archivo