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blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

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I´m gonna give you the slip

Publicado por jorgemayer en 16 16e Abril 16e 2008

Si no mal recuerdo, mi yo de hace unos años gastaba sus mañanas en una mal llamada oficina pública.

Si lo digo así, tan suelto, es porque esa oficina pública ya no existe. Algo hizo el tiempo con ella y, si es tan sabio como la gente cree, haríamos bien en pensar que lo hecho ha sido lo correcto.

Gastaba, digo, y ya no gasta, porque yo ya es otro tipo. Pero sin embargo el gasto, que no la pérdida según me lo han enseñado mis maestros contables, sólo era de tiempo.

Lo escribo, lo veo escrito y me parece una patraña. Lo único que puede perderse es el tiempo; el resto se maquilla, se transforma, cambia de manos. Pero no ahondemos.

Mi yo ocupaba un escritorio cerca de la puerta de salida. Mi yo era el encargado último de echar un vistazo a la documentación antes de girarla al archivo. El archivo era un lugar remoto o el subsuelo, ya no lo recuerdo. El caso es que las horas se iban mientras mi yo leía la política hecha carne.

Por hache o por be, cada uno los trámites en los que mi yo era llamado ha intervenir se habían truncado. Entre hache y be se forjaba una vasta y morosa literatura de la dilación. Las excusas de las que se valía el funcionario competente para desligarse de aquello a lo que su investidura lo obligaba eran de lo más floridas.

La mal llamada oficina publica abarcaba demasiadas funciones pero su funcionariado se sentía cómodo hablando de fomento a la producción primaria. El estado y la producción, cualquiera lo sabe, tienen bien poco que ver. Como las rectas paralelas, sólo se cruzan en el infinito.
So pretexto de mejorar la especie, se importaron unos raros bichos al que los papeles bautizaron castrones de angora. El pueblo, no obstante, acaso por su perfume poco grato, siempre los conoció como chivos.

Los chivos viajaron en avión. Algo debía fallar y, de toda la tramitación, eso es lo único que se cumplió puntual: la fatalidad. Llegaron tarde, con el pelo crecido. Algún otro ruido impidió que se los internase en una cabaña adecuada a los fines originalmente previstos. Lo cierto es que todo el calor de diciembre se desplomó sobre el breve corral en el que doce fieras embravecidas bailaban una danza siniestra.

A esto lo supe leyendo el informe -desesperado, descarnado- de un ingeniero agrónomo. Y si resalto su condición profesional es porque siempre me ha gustado mucho leer informes técnicos. Me gusta la forma en que cada ciencia se forja su propio acervo y el modo en que lo retuerce hasta dar lugar a un idioma casi por completo ajeno al idioma padre que lo parió.

Los agrónomos no gozan de buena reputación entre los ingenieros. Los ingenieros no tienen buena relación con la palabra escrita. El informe, ya lo imaginan, era desopilante.

Como si fueran soldados de alguna tribu punk celebrando Transmission de Joy Division, los bichos se daban todos contra todos, hasta que, al fin, uno se daba contra el piso. En ese momento iban todos contra el caído. Hasta matarlo.
Estos días me ha visitado varias veces la imagen del pobre infeliz al que, culpa de un inoportuno mal paso, todos le cayeron encima. Ante el indicio de un ejemplar poco digno, la tribu lo ajusticiaba.

Lo ajusticia.

El ser humano, pensaba, no se maneja de un modo muy diferente. Hagamos leña que se viene el invierno.
Lo extraño es que un tipo se mande un moco y le caigan todos encima y antes -o después, poco importa cuándo- otro tipo se manda el mismo moco -o uno muy parecido o uno más gravoso- y el mundo siga su curso como si nada.

Eso sucede y no muy lejos de aquí.
No sé por qué lo harían los castrones, pero me late que hay una explicación para la conducta de los bípedos implumes.

Cuando el moco se lo manda un tipo que no vale nada, todos le caen contra él no por la razón episódica sino por la estructural. Si el moco es cometido por un individuo que goza de una cierta reputación a nadie le importa. Todos saben que, más temprano que tarde, el tipo volverá de su espasmo.

Cuando eso suceda nadie tomara nota de su rubor.

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