Me prometí escribir una línea al día. Las líneas que escribo en privado tienden a su destrucción, un poco por autocrítica, otro poco por lo limitado de mi hábitat natural, de suerte que lo mejor es que deje la línea de hoy escrita acá mismo. No importa qué tan mala sea, que carezca de todo sentido, que a nadie le importe. No importa. Es como tomar un medicamento. No me gusta tomarlo, pero si no lo hago quién sabe me muero. Entonces, ¿qué cuesta?
Pues bien, sólo por rellenar el espacio. Hoy me dediqué por entero a romper papel. Lo único que hice en el día de hoy fue destruir. Al principio me costaba un poco, como que me daba cierta nostalgia. A ver: había algunos incunables, de la época en que no tenía computadora y transcribía mis apuntes a mano. Romperlos me dolió más que nada en el mundo. Quizá porque fueran los primeros. Quizá porque las hojas estaban escritas con la prolijidad de una Remington y las hojas se habían teñido de un hermoso amarillo agravado en los bordes. Y trabajos práticos de la facultad. Y diarios viejos. El advenimiento es uno de los modos conclusivos de la. Craj.
Y cartas de amor nunca enviadas. Qué desastre he sido todos estos años. No conozco nadie al que se le arrumben las cartas en un desván. A mí se me arrumban. Yo las tiro. Pero antes me fijo a quién iban dirigidas. A veces el nombre resulta tan hueco que me parece mentira haberme tomado ese trabajo. A veces el recuerdo es tan fresco, y tan grande la bronca, y tan grande la letra, que el craj suena a fractura de clavícula, a golpe de estado, a quiebra fraudulenta, a homicidio agravado por el vínculo.
Pero yo rompo.
Rompo porque me gusta.
Rompo porque tengo ganas de vivir más a lo ancho y tanto papel en casa, tanto papel en vano, comienza a apretarme el cuello. Y la nariz. Y la razón.
Rompo hasta que me canso.
Rompo hasta que encuentro algún papel que me resulta vagamente necesario.
Rompo hasta leerlo.
Hasta que se me llenan los ojos de lágrimas.
Dudo entre escribir lo que allí dice en otra parte y romperlo o guardarlo así, con la suma de los daños, con la suma de los años, con todos los perjuicios. Los prejuicios. Pienso un poco y lo rompo. Si tanto me gusta, podré volver a escribirlo. Si de verdad lo sentí alguna vez, tendré espaldas para hacerlo de nuevo.
Y así, las horas.
hola fander!
¡Hola, rubia!
Mirá vos!, justamente yo quiero recibir una carta de amor al día, y responderla..pero como me llegan entonces tambien rompo las contestaciones a cartas que nunca recibo.
No entendí nada. Tenga a bien traducirme, che.
“Y cartas de amor nunca enviadas. Qué desastre he sido todos estos años. No conozco nadie al que se le arrumben las cartas en un desván. A mí se me arrumban. Yo las tiro. Pero antes me fijo a quién iban dirigidas. A veces el nombre resulta tan hueco que me parece mentira haberme tomado ese trabajo. A veces el recuerdo es tan fresco, y tan grande la bronca, y tan grande la letra, que el craj suena a fractura de clavícula, a golpe de estado, a quiebra fraudulenta, a homicidio agravado por el vínculo.
Pero yo rompo.”- dijo él.
Ella respondió-”mirá vos, y yo que quiero recibir una carta de amor por dia y responderla….nunca me llegan, entonces también me da por romper (en la cabeza, porque ni llego a escribir) posibles contestaciones.”
El se quedó pensando en qué clase de correspondencia puede darse entre dos que rompen todo lo que escriben.
Ah! yo creo que es una perfecta correspondencia (donde correspondencia no debe entenderse como el intercambio epistolar).