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blog de Jorge Mayer. Trelew, Patagonia.

Almacén de barrio

Sólo por la escasez de cerveza fue que recalé en el almacén del barrio.
Por lo común, soy cliente fiel del mismo hipermercado. Allí hay todo lo que necesito e incluso un poco más. Cualquiera que tenga alguna noticia de marketing sabe que es casi imposible encontrar un mismo producto en la misma góndola de una semana a la otra. Siempre se modifica el camino frecuente. Siempre algo aparece en el medio que nos distrae. Buena parte de nuestras distracciones se convierten compras evitables. En productos que levantamos por compulsión. Por curiosidad. Por mero desatino. Hay mérito de quien vende. No en vano todo esto está prolijamente estudiado.
Una confesión: hace unas pocas semanas, en mi recorrida habitual por el hipermercado tropecé con un puesto que vende neumáticos. Qué buenas gomas, pensé. Como si supiera de gomas. Justo yo que no tengo coche. Que no sé conducir. Que es posible que nunca aprenda a conducir. Pero se me antojó una frase grata. Qué buenas gomas. Toqué y seguí con lo mío.
En el almacén del barrio no puede ocurrir algo así. No de esa manera. De entrada nomás, cuando uno se topa con la cortina de plástico desflecado, ya accede a un distrito vecino al asco. La higiene del lugar es más bien poca. La clientela, agobiada por los intensos calores de la época, se agolpa delante del mostrador a la espera de su turno. En general, el que atiende es el dueño, un tipo calvo, de buenos modales, y alguna de sus hijas, chicas no muy agraciadas que se enfundan en un delantalito celeste, pero simpáticas. Eso es lo bueno: uno entra y, por más que jamás haya puesto un pie en el lugar, ya se siente cliente. Allí volví a ver la libreta del almacenero. Allí todavía se compra al fiado. Allí la gente cree en la gente. O se deja convencer, que es casi lo mismo.
Por eso no me llama la atención escuchar el diálogo que se da entre un viejito trajeado, como recién salido de la iglesia evangélica, que pide pan. Pan no me queda, dice el dueño, pero le puedo ofrecer ayuyas. Ante el gesto extrañado del viejito, el dueño vuelve a la carga. Son estas, señor, y le puedo vender cinco, cuatro, dos, ninguna, las que usted quiera. El viejito compra.
A mi turno, pido cerveza. Dos Quilmes frías. Quilmes fría no me queda, dice el dueño, sólo al natural. Pero tengo ayuyas. Sí, muchacho, y te puedo vender cinco, cuatro, dos, ninguna, las que vos quieras. Pero a mí no me gustan las ayuyas.

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2 Responses

  1. Ana C. dice:

    ¡Y el olor de los almacenes de barrio! Una mezcla a papel, a queso y salamines, a bolsas de arpillera, a fruta descompuesta, a piso de madera y querosén. Ya deben quedar pocos por tu barrio. Por eso nomás yo compraría las ayuyas.

  2. DARIUS dice:

    Jorge, perdoname pero tengo que decirtelo .. QUE PELOTUDO QUE SOS..gracias a tipos como vos estamos sin futuro en este pais.

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